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Como todos los años por estas fechas, aquí en el viejo continente está a punto de comenzar la liga de fútbol. Y yo, como últimamente me da por hacer, frente a los temas mundanos de la vida, reflexiono y rescato de lo más profundo mis primeros recuerdos futboleros. Los jugadores siempre fueron queridos, endiosados y privilegiados. Sin embargo, cuando yo era niño, el fútbol – valga el machismo irrenunciable de la expresión – era un deporte de hombres. No era que no llevaran el pelo largo, ni que no simulasen un poco al recibir una falta. Ni siquiera era que los futbolistas gays no salieran del armario – como, por otra parte, hoy en día continúa sin suceder -, simplemente se trataba de que eran hombres de carne y hueso, que se ganaban bien la vida jugando al fútbol, un deporte noble, que embanderaba los méritos del trabajo en equipo, del juego colectivo y en general los valores del deporte. Todo un ejemplo para los niños y para el ciudadano medio. Y no se trata de que no hubiera cosas condenables, por ese entonces, en el mundo del fútbol. Había excesiva violencia (tal vez más que ahora), y en el año 1981, por ejemplo, el traspaso de Diego Armando Maradona al Fútbol Club Barcelona se cifró en la astronómica suma de ocho millones de dólares. Una auténtica obscenidad para la época, aunque incomparable con los noventa y seis millones de euros que pagó el Real Madrid por el pase de Cristiano Ronaldo.

Solamente treinta años después, los jugadores de fútbol – al menos la mayoría de ellos, descontando honrosas excepciones – son de todo menos deportistas. Son empresarios, vedettes, famositos de medio pelo y millonarios excéntricos. Todos los veranos asistimos a escándalos por traspasos – como por ejemplo el del Kun Agüero este año –, porque niñatos malcriados que ganan sueldos de siete dígitos no se sienten queridos, o no son lo suficientemente felices en un club como para continuar defendiendo sus colores, olvidando sin pudor todo lo que ya se ha hecho por ellos. Y la sociedad civil – nada más y nada menos que cada uno de nosotros -, en lugar de darles lo que necesitan, que es una patada en el culo y mandarlos a trabajar, los consiente aún más, avalando públicamente su condición de malcriados de lujo y prepotentes a sueldo, su falta de sensibilidad con la situación mundial y su único compromiso vital: su cuenta corriente.

Pero esto no acaba aquí, porque el cotarro está dirigido por empresarios multimillonarios, que se sientan alrededor de suntuosas mesas ovales a presidir los clubes, entonando en voz alta un mea culpa falso y vacío, y declarando públicamente que pierden su propio dinero, pero que aman tanto sus colores que están dispuestos a todo para llevar a lo más alto al club de sus amores. Estos señores consienten a los malcriados de turno, pagan sueldos obscenos e inasumibles, negocian contratos imposibles de cumplir y miman a sus estrellas con dinero y más dinero, hundiendo a los clubes en la bancarrota, y – sobre todo -, dando un ejemplo nefasto a la sociedad, cargándose sin culpa los verdaderos valores del deporte y trivializando y vulgarizando el juego más hermoso.

Y no lo hacen porque no queda más remedio, ni porque así está el mercado y esos son los precios. Lo hacen porque se llenan escandalosamente sus propios bolsillos, aún más, cobrando comisiones y tejiendo negociados infames alrededor de sus malcriados futbolistas. Lo hacen con total cinismo, sabiendo que dejarán al que venga detrás un club comprometido por años y en auténtica situación de quiebra. Su única habilidad consiste en hacer girar la rueda tramposa de la financiación falsa durante el tiempo que dure su mandato. Después, será problema de otro, y mientras tanto, ayudados por la más cara de las putas de oros, que es la televisión, enriquecen a los bancos y ensanchan aún más sus patrimonios.

¿Por qué seguimos viendo y consumiendo este fútbol?

Porque aún así, continúa siendo el juego más hermoso.

Porque sigue siendo una maravilla ver a Messi sentar a varios contrarios para clavarla en un ángulo de un zurdazo inapelable.

Porque nos late fuerte el corazón al ver a Boca Juniors en primera división y a River Plate en segunda.

Y, desde luego, porque los que no ganamos sueldos de siete dígitos ni nos embolsamos comisiones millonarias sí que amamos los colores de nuestro club. No somos ni malcriados ni cínicos, sino simplemente gente de a pie, a la que le gusta ver cómo los malcriados, bajo la mirada atenta de los cínicos, le pegan a la redonda para beneficio de la puta de oros.

Aún así, futbolero y todo, creo que va siendo hora de indignarse también por esto, de exigir cordura y vergüenza en el mundo del deporte de élite en general y del fútbol en particular, y de buscar mejores ejemplos para nuestros hijos.

 

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