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El 11 de Julio de 2010 España conseguía por primera vez en su historia coronarse como Campeona Mundial de Fútbol. Una historia no exenta de sangre, entre la que podemos encontrar campañas de exterminio en las Indias, un imperialismo salvaje que paseó su sed de sangre y oro por casi todo el mundo, y la soberbia intachable de llevar a todos los confines la palabra de Dios.

Desde mi ventana, el cántico coral de “Soy Español, Español, Español” rompía la noche, impidiendo dormir a mis hijos. Era entonado por cientos de gargantas de mis vecinos, los mismos que hoy, día de las elecciones catalanas entintadas de independentismo, decoran sus balcones con banderas de guerra soberanista. No puedo evitar llegar a la triste conclusión de que estamos más dispuestos a unirnos a razón de una victoria deportiva que para encontrar un camino conjunto que nos saque de la miseria y la crisis, para expulsar a los falsos líderes que capitanean la destrucción y la caída en desgracia de esta España en la que, mientras algunos toman malas decisiones a conciencia, y otros cubren la papeleta de la protesta, la gran mayoría simplemente observa, moviendo negativamente la cabeza e implorando en secreto no ser el siguiente.

La vocación de dominación de los poderosos se expresa casi siempre con las mismas armas, e independientemente de su declaración ideológica, encierra una componente fascista subyacente que es imposible de ocultar. Así mientras los Virreinatos Españoles imponían la lengua de castilla y la fe verdadera a punta de lanza y sangre, los gobiernos de centroderecha moderada del PSOE y los de extrema derecha del PP no dudan en imponer la lengua de castilla con la ley en una mano, la constitución en la otra y la falta de tolerancia en el resto. Mientras tanto, en Cataluña, los paladines de la independencia olvidan convenientemente que en su día apoyaron al franquismo, o que cuando les convino la independencia se llamó autogobierno o comunidad autónoma, y hacen gala de la misma intolerancia que reciben en Madrid. Así, los oprimidos pierden toda legitimidad cuando se vuelven iguales a sus opresores.

El discurso aparentemente integrador que embandera la oleada independentista, además de demagógico, no resiste el menor análisis. Mientras el señor Mas proclama a los cuatro vientos su amor por el castellano y la co-oficialidad de la lengua de Cervantes en el futuro Estado Catalán, la educación capitaneada por él, y antes por Esquerra Republicana y el PSC, y antes por Jordi Pujol, se esfuerza en eliminar el castellano de las aulas; la televisión pública catalana no emite ni un segundo de programación en castellano, y lo que es más importante, los castellanoparlantes están absolutamente expulsados de la vida pública, que transcurre 100% en catalán (no hay un solo programa electoral de CiU, ERC, PSC en castellano, por ejemplo, pero tampoco una fiesta para niños de las que tan generosamente pagan los ayuntamientos con el vuelto de los impuestos que nos saquean, ni ninguna clase de actividad promovida por ningún organismo público).

La soberbia nacionalista del gobierno central, y el victimismo nacionalista de los independentistas son dos expresiones de la misma necedad: un montón de prohombres tan enamorados de su lengua que son incapaces de entender que quienes hablan otra, sientan por ella el mismo amor que sus oponentes.

Mientras tanto, la gente de a pie, que debería ser la voz que aportara sentido común a todo esto, concentra sus esfuerzos en tres puntos: primero en una protesta tímida pero permanente, que está empezando a generar una ilusión de que será escuchada. Segundo, en no asumir ni siquiera la responsabilidad que nos toca a todos por haberlos votado, por haberles permitido decidir lo que decidieron, y por seguir haciéndolo sin quemarlo todo. Tercero, en creerles a pesar de todo a los líderes de su color que existen las soluciones mágicas. Son incapaces de aportar soluciones, pero la falsa esperanza es gratis, y la reparten a manos llenas.

En este contexto, los prestidigitadores de la libertad señalan a España como la Madre de todos los males, y auguran que con la independencia todo será amor, armonía y un volumen tal de riqueza que no sabremos qué hacer con el excedente de dinero público. Tanto que nos veremos obligados a bajar los impuestos. En la otra esquina, los titanes de la intolerancia proclaman a los cuatro vientos la herejía de la idea de la independencia, y vaticinan la expulsión de Cataluña de la Unión Europea, la OTAN, la FIFA y UNICEF. Una lluvia de sapos y la peste, el sarampión y el cólera se abatirán sobre los heresiarcas que se atrevan a convocar un referéndum de autodeterminación.

Personalmente, no consigo entender cómo es que dos posturas tan evidentemente manipuladoras y vacías de contenido logran tantos adeptos en ambos extremos. Es tan absurdamente obvio que ambos argumentarios son basura demagógica, que no contienen una palabra de verdad, que los números que todos presentan no se sostienen, y que, tras la manipulación inescrupulosa de los sentimientos de la gente, lo único que se esconde es una batalla codiciosa y avara por el dinero y el poder, que me da vergüenza ajena simplemente que exista el debate.

Mientras tanto, los telespectadores, seguimos fascinados en franja prime cómo los líderes del mundo libre se amenazan mutuamente, se acusan unos a otros de intolerantes mientras practican la intolerancia, y por debajo de la mesa se dan la mano, sabiendo todos que no hacen otra cosa que colaborar para tapar la verdadera vergüenza: su incapacidad proverbial para liderar un país que se hunde hacia la salida, y su falta de escrúpulos para quedarse con lo ajeno cada vez que se presenta la oportunidad.

El muerto se ríe del degollado. Eso sí, cada uno en su propia lengua.

 

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