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pluma+y+sangreEl dolor no es la sangre entre los dedos. No es la humedad tibia y roja, dulce. El dolor no es la falta de aire, ni el mareo que trae con ella. Ni siquiera es la pequeña muerte que a veces me asalta por sorpresa, el instante brutal durante el que dejo de ser para siempre, por un momento.

El dolor es una geometría de aristas infinitas, y en cada una de ellas, afiladas de pánico impune, un nombre único, un nombre que se pronuncia una sola vez, y que muere en los labios al cerrarlos, baja por la garganta junto a la saliva y se pierde en la memoria, para no resurgir.

El dolor es alimentar sueños a fuego lento, darles cara y ojos, aprender a quererlos, verlos cerca, instalarse en la felicidad fugaz de una ilusión, solamente para ver cómo se desmorona pieza a pieza, en un estruendo silencioso de polvo y yeso.

El dolor es mi cara en el espejo, día tras día, con la mirada cada vez más espesa, con la piel cada vez más castigada, con los labios más agrietados, con la identidad percudida por el taladro irreductible de la realidad. El dolor son mis mejillas ásperas, desinfladas.

El dolor se llama como yo y como otros. Se llama con nombres de personas y de países, con cadenas de esclavos y con estantes llenos de polvo. El dolor tiene unas veces nombre de mujer; y de personas muertas otras. A veces se llama hipocresía, a veces política, y casi siempre rostros y voces. Casi siempre el dolor es piel y huesos, sonrisas que desaparecen en la niebla, miradas que se apagan. El dolor es hospitales y cementerios, pero también escuelas y bancos de plaza. Es ausencia y olvido, pero también presencia y derrota. El dolor es tinta y papel, es corazón de manzana y fruta podrida, es peces de colores fuera del agua y tiburones hambrientos, niños descalzos y padres quebrados. El dolor es palabras que no alcanzan, sujetos quietos y predicados inhumanos.

El dolor no es la pérdida. Ni siquiera perder. El dolor es la conciencia de haber perdido, es el recuerdo, día tras día, todos los días y hasta el fin de los tiempos, de lo que ya no es. El dolor es la última mirada de un perro moribundo, y las goteras en los techos de chapa. Es el frío que nace dentro, que congela la piel y la resquebraja. Es cada amanecer en el que el sol sale por un horizonte incorrecto, sobre un mar ajeno.

El dolor no es no poder, sino saber perfectamente que no se puede. No es extrañar, es elaborar el duelo. El dolor no es el punto final, sino los puntos suspensivos.

No es que sentir que Dios te da la espalda, sino la certeza de que no hay Dios más responsable del dolor que uno mismo, y desear profundamente la existencia de Dios, no por su clemencia, sino por implorar aquello de “que el Diablo se apiade de mí.”

Es dolor la incapacidad de invocar una tempestad infinita, una tormenta final que termine con todo, una lluvia redentora que limpie de mierda el mundo. El dolor es no saber convocar a todos los demonios de los múltiples infiernos de las mil religiones mentirosas, para fundir en sangre y fuego todo lo que merece morir.

El dolor está en la mirada de los hijos, cuando uno no puede darles un padre feliz.

El dolor es siete mil millones de hombres y mujeres mal mezclados, sencillamente intentando hacerlo lo mejor posible. El dolor es el pecho desgarrado, los ojos en salmuera, el corazón golpeando fuerte, y el silencio habitándolo todo.

 

pilux

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