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et“¿Qué te pasa, lloraste cuando viste Bambi?”. Ésta era una frase ritual de mi adolescencia. A la menor muestra de debilidad o falta de hombría, la teníamos a flor de labios: la sensibilidad era patrimonio exclusivo de las chicas, mientras que nosotros debíamos ser fuertes, hombres, sencillamente machos.

Sin embargo, y a pesar de tan mala costumbre, recuerdo vivamente muchos momentos emotivos desde un patio de butacas, invariablemente asociados a un titánico esfuerzo por contener el llanto.

La primera imagen que me viene a la cabeza es la magia de una tarde de sábado, viendo a las bicicletas levantar vuelo, y la muerte de E.T., una desolación infinita sobre el cuerpo grisáceo, flaco y patizambo, y toda mi compasión por el niño que perdía un amigo, para después sufrir violentamente la separación de ambos al pie de la nave que lo llevaría de vuelta a su galaxia: E.T., phone, home, o como lo conocen en España: E.T., teléfono, mi casa. Dos horas después de finalizada la película, mi madre no encontraba manera de calmar mi llanto.

Indiscutiblemente, Disney tiene un papel destacado en el noble deporte de hacer llorar a los niños, y no por negada la muerte de la madre de Bambi es menos truculenta ni menos legendaria. Lloré desconsoladamente con ella, así como con las múltiples desgracias de las Princesas Disney, los abandonos, las soledades, las muertes, los hechizos, las venganzas y las pasiones.

Y cómo olvidar El globo rojo. Las tardes de sábado viendo canal once en blanco y negro, mezclado en una montaña de niños mal tapados bajo una frazada siempre demasiado corta, y las lágrimas silenciosas, deseando que en la habitación oscurecida por una persiana entornada, nadie advirtiese los caminos de plata trabajando la humedad de mis mejillas.

Por suerte, con la pre-adolescencia descubrí las películas de Bruce Lee, la saga de Rambo y Rocky, Robocop y una sarta infame de cine de cuarta, que tenía la virtud de alimentar las claves fundamentales del heroísmo y la hombría, al mismo tiempo que nos mantenía a salvo del riesgo de las emociones.

Tan solo diez minutos después, empezó el calvario de ir al cine con chicas, que tan mala disposición tienen en general hacia el cine de acción. Recuerdo especialmente el picor de mis globos oculares, intentando contener las lágrimas del desenlace de Cyrano de Bergerac, mientras sostenía en la oscuridad la mano sudorosa de una novia casual, o el torrente incontenible que liberaron mis ojos ante Cinema Paradiso. Me cruje el pecho cuando, casi veinte años después, revivo la angustia de El amor y la furia, la desolación de Braveheart y tantas, tantas otras películas en las que me hubiese gustado poder arrancarme el vestido y llorar a gritos como una verdulera, mientras me limitaba a contenerme con todo mi esfuerzo, haciéndome el hombre para consolar con gentileza a mi acompañante.

Por supuesto, la paternidad interrumpió ―espero que momentáneamente― el consumo habitual de cine para adultos, y con la primera infancia de mis hijos recuperamos lentamente la costumbre de ir al cine, al principio a ver películas inocuas, para niños chiquitos, o de aventuras épicas, y lentamente, a ver algunas pequeñas maravillas que, a veces, cuando alguien se equivoca, llegan a la gran pantalla infantil.

Durante los primeros cinco minutos de Up, volví a sentir plenamente la congoja que solamente el cine puede producir, cuando ―como en este caso― libera sin previo aviso un torrente de emoción, de ternura y una historia genuina. Descubrí que los padres no podemos llorar en el cine sin hacer el ridículo. Ya no es por parecer macho, sino porque tus hijos están viéndolo también, y las claves de la emoción adulta y la infantil, a veces, son diferentes.

Brave me llevó al mismo extremo, y esta vez pude sentir como las ganas de llorar recorrían a toda la familia. Una vez más, el hombre hecho y derecho que hay en mí supo sobreponerse: existe alguna razón más poderosa que yo mismo para impedir que mis hijos me vean llorar. Es absurdo, porque pretendo que sean hombres de bien, que sepan conectar con sus emociones, y sin embargo cuando el llanto me sobrevuela, algo me dice que, a pesar mío, el mensaje transmitido no será la maravilla de sensibilidad, sino la vergüenza de la debilidad.

Este domingo, después de comer, se nos ocurrió ver todos juntos Dragonheart, una película de clase “B”, pero bastante entretenida. El último Dragón del mundo salva a un príncipe de la muerte dándole la mitad de su corazón, solo para que el príncipe se corone rey, y se vuelva mezquino y malvado. Tras batallas, engaños y aventuras, finalmente el héroe, un caballero que respeta el código de honor, se ve en la encrucijada de tener que matar a su amigo el Dragón si quiere vencer al malvado rey, ya que ambos están unidos en la vida y en la muerte a través del corazón compartido. El Dragón suplica la muerte, y el caballero le otorga el regalo de la piedad. La escena es bastante triste, pero a mí en particular no me produjo ni cosquillas detrás de los globos oculares. Sin embargo Daniel, mi hijo menor, con toda la ternura de sus seis años, se dejó vencer por el llanto.

Sus hombritos se tensaron primero, intentando contener las lágrimas. Después se liberó, llorando con pucheros silenciosos, su labio inferior hecho un acordeón, y todo él avergonzado por su emoción intensa. Lo abracé, lo sentí temblar junto a mí como una luna en el agua, e intenté regalarle palabras de consuelo, decirle que está bien emocionarse, que es sano y precioso, y mientras lo abrazaba, recuperé al niño que fui, al que lloraba por E.T. con la misma intensidad y el mismo dolor, y no pude evitar preguntarme por qué enseñamos a nuestros niños a esconder las emociones, porque independientemente de la calidad cuestionable de una película, la capacidad de empatía, la potencia de la emoción y la sensibilidad son, indiscutiblemente, signos inequívocos de que detrás de las lágrimas del cine, siempre, pero siempre, hay buenas personas.

pilux

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2 Responses to Las lágrimas del cine

  1. Isabel dice:

    Como soy mujer, y está supuesto que podemos llorar con más libertad en el cine y en cualquier lugar, me di el gusto de hacerlo a lágrima viva, más o menos a mis doce años, con la película “Espartaco” (eso sí, con cierto pudor intimista), . Ya se me había alertado de horror el lagrimal cuando Espartaco y su compañero deben pelear a muerte para que el que quedara vivo…fuera crucificado. Y la escena final, con Espartaco y tantos más en la cruz a lo largo de la Via Apia, y su mujer mostrándole que su hijo es libre, me abrió el dique. Igual que vos con ET, volví a mi casa y no podía dejar de llorar. Quería contarles a los demás esa escena final, y lloraba…Íbamos a cenar, y lloraba… Poder de sensibilidad del cine, que es más difícil de lograr con la literatura.

  2. francisco dice:

    Para mi no hay nada comparable a una buena lectura, pero como se suele decir “No sólo de pan vive el hombre”, así que de cuando en cuando recurro a lo único que se puede comparar a la literatura y que en ocasiones hasta consigue elevarnos a su nível: El cine.Y es con algunas de sus películas donde los sentimientos de émpatia salen a flote,consiguiendo que nos identifiquemos con las alegrias y tristezas de los protagonistas.

    Muchos son los casos al respecto que podrían reflejar aqui, pero sirva como muestra la sesación de impotencia y dolor que el protagonista de “El paciente inglés” siente al volver a la cueva donde dejo a su amante herida. Una escena impactante y muy díficil de olvidar.

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