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la_chachaRosa se murió.

Un día cualquiera de esta semana, me levanté cansado. Había dormido mal, y tenía una congoja extraña en el pecho.

Era que Rosa se había muerto.

A diez mil kilómetros, y solamente con un email triste y cortito de mi mamá, que nos contaba a los hermanos que estamos lejos que Rosa se había muerto.

 

Rosa era una India Guaraní. Paraguaya, con la piel marrón cobre, el pelo negro y grueso como alambres y dos ojos marrones y redondos, como monedas de cien pesos ley.

Era bajita y de rasgos duros. No puede decirse que fuera bella. Tenía la cara marcada por líneas profundas, de dolor, de pobreza y de sufrimiento, y sin embargo, era una mujer hermosa. Tenía una sonrisa plena, que le ocupaba toda la cara, y la entregaba con generosidad, con alegría.

Rosa se murió, pero sería injusto olvidar cuánto le gustaba sonreír.

Casi treinta y cinco años después, ni siquiera sé cómo llegó Rosa a casa, ni cómo ni dónde la conoció mi madre, ni por qué la eligió a ella.

Simplemente, a partir de determinado momento de mi infancia, Rosa estaba ahí, pareciéndose a La Chacha de Patoruzú, pero más petisa, con más sentido del humor, y llena de humanidad.

Rosa era la clase de personas ―lo comprendo hoy, pero no lo supe cuando era niño― por la que nadie escribe una esquela. De esas personas a las que los señores de corbata preferirían sacar de las estadísticas, porque las estropean, derribando el ingreso per cápita y bajando el nivel medio de educación formal. Inmigrante en un país de inmigrantes. India en una cuidad de blancos. Pobre en un país donde la pobreza, lamentablemente, es sinónimo de vergüenza, ella nunca se avergonzó de ser pobre, ni de ser India, ni de ser ella.

Rosa tenía ese orgullo indio tan especial, ese que, sin conocerse, sin compartir raíces comunes, tienen los Mapuches, los Guaraníes, los Navajos, los Incas, los Mayas y tantos otros. Rosa tenía una dignidad de sol y tierra, de piedra y aire, de risas sinceras.

Una de las conversaciones que más me impresionó en la vida, la mantuve con ella. Yo tenía entonces no más de nueve o diez años. Llegué de la escuela, como todos los días, a la hora de comer. Ella trajinaba en la cocina, y espiaba de reojo la novela del mediodía en un Hitachi rojo, blanco y negro, de catorce pulgadas, que era la joya de la corona. Me acerqué a ella y le pregunté:

― Rosa, ¿vos cuántos años tenés?

Cuando se dio vuelta para mirarme ya se estaba riendo.

― No sé ―me dijo, apenas agachándose para mirarme a los ojos.

― ¿Cómo no sabés?

― No sé. Yo, lo único que sé es que nací en el treinta y tres.

― ¿Y no sabés qué día?

― No.

― ¿Entonces no tenés cumpleaños?

― No ―me contestó, riéndose.

Entonces la vi entrar al lavadero, buscar papel y lápiz, y empezar a trabajar. Al rato me pidió ayuda: estaba intentando calcular sus años. Yo no lo podía creer: ¿cómo podía ser feliz una persona que no tenía cumpleaños?

 

Con cumpleaños o no, Rosa se murió.

 

Rosa, Rosita, como diría La Maga Rocamadour: “Te escribo porque no sabés leer. Si supieras no te escribiría, o te escribiría cosas importantes.”

Si, ya sé. Es verdad, vos sabías leer, pero ahora no podés leer esto, y de alguna manera necesito decírtelo. Necesito decirte que, cuando leí la noticia de tu muerte, no pude o no supe llorar. Quizás es porque ya tengo cuarenta años y dos hijos, y eso me convierte en lo que quiera que sea un hombre. O tal vez sea porque estar tan lejos de casa me hace tan vulnerable que, muchas veces, sencillamente me aguanto el llanto. No importa. En cualquier caso, Rosa, no quería dejarte ir sin decirte algunas cosas, sin llorarte, si no puedo con lágrimas, al menos con tinta, que es un poco mi sangre.

A veces, cuando cuento sobre vos, no sé que decir. No sería justo llamarte empleada de hogar, ni tampoco niñera. ¿Qué eras, Rosa? No sé cómo se llama, pero eras de la familia. Eras parte. Cuando podíamos pagarte estabas ahí. Cuando no pudimos, seguiste ahí, hasta que volvimos a poder. Estabas ahí el primer día de clases, y todos los otros. Estabas ahí cuando mi hermano me hacía llorar. Estabas ahí cuando me sentía desgraciado y cuando me sentía feliz.

Nunca voy a olvidar tu presencia sigilosa cuando mis padres se enojaban, y el consuelo clandestino que nos ofrecías después, a escondidas. Tu complicidad de barro cocido, sólida y ocre, tu cariño de matrona incondicional, las malas palabras en guaraní.

Nunca voy a olvidar, Rosa, tu risa. Tu risa era un rayo de sol en la casa. Siempre estabas alegre. No había pobreza, ni crisis, ni tormenta que te quitara la risa.

Nunca te voy a olvidar, Rosa, aunque a pesar de que vos hayas estado siempre, yo no haya podido, al menos, estar ahí para verte partir.

Pero lo más importante de todo lo que quería decirte, Rosa, es algo que aprendí de vos.

Cuando era niño me daba pena saber que no habías ido a la escuela, que no habías aprendido como lo hacíamos nosotros. Me daba pena que fueses tan pobre.

Muchos años después, entendí que, con tu presencia en mi vida me enseñaste, entre otras cosas, que la dignidad no depende del dinero, sino que se lleva dentro. Con tus palabras me enseñaste que no hace falta ir a ninguna escuela para tener algunas clases de sabiduría profunda, de las que de verdad importan. Con tu honradez me enseñaste que ninguna circunstancia personal obliga a la deshonestidad. Con tu ternura me enseñaste que no hace falta que los niños sean tus hijos para quererlos con locura. Con tu complicidad me enseñaste que se puede ser leal al mismo tiempo a todas las personas que uno quiere, aunque a veces esas personas necesiten cosas distintas. Y sobre todo, Rosa, con tu risa permanente, me enseñaste que la capacidad de ser feliz está en uno. Vos la llevabas en el pecho, siempre, y desde el pecho a flor de piel.

Gracias, Rosa, por haber sido parte de mi familia y de mi vida.

No te voy a olvidar nunca, y no puedo dejar de sentir un poco de amargura, al darme cuenta de que esta es la primera vez que soy capaz de decirte cuánto te quiero. Y gracias, Rosa, por escucharme ahora. Por fin, esta charla me permitió llorar, con lágrimas de verdad, tu partida.

pilux

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7 Responses to Rosa

  1. VIDA dice:

    YO TAMBIEN LLORE CON ESTA HISTORIA. QUIZAS PORQUE LA CONOCI Y DESCRIBISTE TODO TAN REAL COMO FUE. ADELANTE ESCRIBIENDO ARRASAS.

  2. Pilu, que hermoso lo que escribiste de Rosa! Fantastico que puedas escribirlo y los lectores disfrutarlo. Pienso que muchos tuvimos una mujer como Rosa en la casa. En la mia era con la unica que podia llorar y me abrazaba fuerte para consolarme.Cuanta energia y amor… No estoy en mi computadora ni en mi casa, no sé como se ponen los tildes, los acentos en francés solo la é tiene como nosotros.

  3. Silvia dice:

    Qué lindo Pilo que tengas tan buenos recuerdos de Rosa, no la conocí, pero me la puedo imaginar, seguro que ahora mismo tendrá la sonrisa de oreja a oreja, sabiendo que sus”niños” la recuerdan con tanto cariño !!

  4. Visi dice:

    Muchos hemos tenido una “Rosa” en nuestra vida. La mía fue en forma de abuela, claramente no era india, pero no podia ocultar su procedencia, a la que nunca renunció. Era asturiana leal y franca (algunos dirian bruta) como son los de esa tierra. Vivió para sus cuatro nietos, cinco si contamos a mi hermano que murió con cinco años, además perdió a sus hijos muy jóvenes y creo que nunca se recuperó de esas pérdidas. Cuando sus nietos desaparecimos de su vida, a pesar de que nunca fue del todo, simplemente se metió en la cama y se dejó morir, ya no tenía nada por lo que seguir viviendo.

  5. Isabel dice:

    Me ha encantado esta memoria. Más que nada el recuerdo de que Rosa no tenía cumpleaños y la pena porque no había aprendido en la escuela, un sentimiento que me emerge del mismo por mi abuela. Van para ella estos epitafios dulces y tristes, aunque no la hayamos conocido

  6. Ehurodice dice:

    sencillamente genial y verdadero cuantas Rosas habran desojandose en casa ajenas, haciendo de otros hijos su hijos con humildad, dignidad y lealtad…

  7. Mas que miles de flores que podrias haber enviado a Rosa, las palabras que escribes sobre ella demuestran el recuerdo cálido y muy significativo para ti, yo como madre que he criado hijos, pieso que en mi generación no lo hubieramos hecho sin el apoyo incondicional de esas mujeres que como Rosa me ayudaron a criar a mis hijos, como mujer profesional y madre de familia, lamentablemente en esta generación ya no existen esas mujeres dispuestas a entregar su vida para que surja
    una familia que no es la suya. Un mensaje muy lindo como despedida a Rosa, me adhiero a tus palabras.

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