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Emociones-1Hola, Enano Cabezón. Hola, mi amor. Parece mentira, hace ya cinco años de mi primera carta, de la primera vez que deshice mis pobrezas de hombre sobre un papel, para decirte verdades de padre. Entonces eras una cabeza con dos ojos redondos, grandes, expresivos, volcados de ternura y dulzura, sostenida en equilibrio precario por un cuerpito de pichón. Eras todo amor y bracitos buscando mi cuello, carita rozando mi barba, risa explotando en mis oídos.

Solamente cinco años después, ya no sos tan enano, mi amor, y desde luego ya no sos tan cabezón. Pero a mí me gusta decirte Enano Cabezón. Me gusta porque es un juego nuestro, privado, egoísta y a la vez cómplice. Tuyo y mío. Me gusta porque me hace acordar a tus ojos como dos doblones de a cuatro, que eran asombrados, curiosos y derrochaban ternura. Me gusta porque, aunque me duela, empiezo a ver cómo se acerca el día en que vos y tu hermano ya no van a ser niños ni enanos ni cabezones ni míos, sino dos adolescentes en pie de guerra, con el mundo y conmigo. Y está bien que así sea, cabezón. Es ley de vida.

Pero mientras tanto, mi amor, dejame rezagarme en la miel líquida de tu mirada de entonces, de la de ahora. Dejame que te cuente, sin avergonzarte, el estremecimiento que me produce cada uno de tus abrazos, tus tibios besos en los labios, tu sonrisa perforada por la llegada feroz de una dentadura de hombre, que se abre paso a trompadas en tu cara de niño, para decirme a mí y al resto del planeta que bajo tu piel se está cocinando un hombre.

Algún día, pichón, vas a entender en carne propia el egoísmo pobre del mundo de los grandes, vas a saber a ciencia cierta cómo nos aferramos a las fórmulas que funcionaron una vez, apretando los dientes y repitiendo siempre las mismas frases gastadas, solamente porque los adultos vivimos aterrados, mi amor, porque tememos la más mínima pérdida como si se tratase de una pequeña muerte, como una amputación impiadosa y sin miramientos. Tememos la partida de los hijos, tememos la llegada de la vejez, tememos la muerte de nuestros padres y también, a veces, tememos a la propia vida. Tememos a los cambios, tememos a poderes absurdos ―algunos a Dios, otros, como yo, a los hombres― tememos a los gigantes de piedra y a los insectos venenosos. Tememos a todos los grandes movimientos, pero también a las cosas pequeñas. Tememos llegar en último lugar, o que un amigo se ría de nosotros. Tememos la mala lengua del vecino y desconfiamos de la bondad de los desconocidos. Y muchas veces, mi amor, los adultos tememos a los niños, a su brutal sinceridad, a su frescura y a su energía.

Cada vez que te escribo, a vos o a tu hermano, trato de dejar en las letras algo más que cadencia de sonidos. Intento enseñarles algo de lo poco que sé, dejar constancia de una verdad o de una confesión, decir palabras que el código deontológico del hombre moderno impide pronunciar en voz alta, y no siempre es fácil.

Hoy pensaba en vos, Enano Cabezón, que ya no sos ni lo uno ni lo otro, y pensaba en qué regalarte, además de los muñecos que pediste. Pensaba en ideas, en conceptos, en verdades mías (también aprenderás, hijo, que la verdad no es nunca nada más que un punto de vista), en dolores que valga la pena transmitir.

Y entre todas mis verdades, entre todas mis miserias, entre mis errores imperdonables, elegí esta, mi amor. Elegí contarte que las personas más felices son las que saben cambiar de planes, las que no se aferran a lo malo conocido con todas sus fuerzas, sino que se dejan sorprender, que saben, por instinto, acomodar el cuerpo a la realidad. Muchas veces, la diferencia entre la felicidad y el sufrimiento no se trata más que de la actitud con la que uno se enfrenta a los cambios, mi amor, porque como te dije antes, cuando se trata de la verdad, el punto de vista lo es todo.

¿Y por qué ―pensarás― te digo todo esto? ¿Por qué ahora?

Dejame responderte primero a lo segundo.

Ahora porque cumplís años, porque los cumpleaños son de las pocas fronteras visibles que la vida te ofrece con regularidad, y porque estás cambiando, mi amor, estás creciendo, y estás empezando a ver a través de las personas. Y eso duele. Ojalá estuviera en mis manos, en mi sangre o mi propio dolor evitar el tuyo, pero no es así. No puedo pelear tus guerras ni evitar tus heridas, pero sí puedo avisarte que están allí, que se acercan, y acompañarte hasta el comienzo de tu propio camino con amor y tranquilidad, con la sinceridad de mis verdades, que tal vez ―sólo tal vez― te ayuden a forjar las tuyas.

Y si todavía querés saber por qué te lo digo, mi amor, entonces es el momento de abrir tu corazón. Te lo digo porque aunque ya no seas tan enano ni tan cabezón, aunque ya no seas ni lo uno ni lo otro, todo lo demás está en vos. Te habita y te define. El amor, la ternura, el ejercicio del cariño por el contacto físico, el hábito de pensar en los demás, y una inteligencia luminosa de la mano de una sensibilidad única. Eso sos para mí.

La inteligencia y la sensibilidad, mi amor, son dones esquivos. Maravillosos y dañinos. En tu vida te van a proporcionar felicidad y dolor en la misma medida.

Por eso, cabezón, hoy quiero decirte que aprendas a conservar muy cerquita de tu pecho eso que te diferencia de los demás: tu capacidad de ser feliz con lo que hay, de adaptarte rápido, de ver siempre que lo importante es de fondo, que si querés ver a una persona, da lo mismo el club de tenis o la cancha de bochas, porque lo que podemos darnos sigue ahí.

No me sonroja decirte que sos especial, mi amor. Y espero que tu madre y yo seamos capaces de conseguir que nunca, a lo largo de tu vida, tu sensibilidad se transforme en algo que te sonroje a vos.

¿Sabés? Soy tu papá, y no me importa que un día dejes de ser enano. Tampoco que dejes de ser cabezón. No me importa que un día te des cuenta de que ya no tenés edad para dame besos en los labios, ni que en algún momento tu propia definición de hombría haga que nuestros abrazos sean menos frecuentes, o menos intensos.

Lo que sí me importa, Enano Cabezón, es saber que fuimos capaces de enseñarte el camino directo a tus emociones, poder leer un día en tu mirada de hombre que el niño que fuiste sigue vivo, y que aunque mi verdad chiquita, mezquina y egoísta para definirte (Enano Cabezón) no sea sostenible, no sea ni lo uno ni lo otro, yo pueda, sin más esfuerzo que decirte cuánto te quiero, ver ambas cosas en tus ojitos de miel.

 

Te adora, Papá

Barcelona, 16 de Octubre de 2013

pilux

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6 Responses to Enano Cabezón V: Ni lo uno ni lo otro

  1. J dice:

    Firpón, Estos post son mis preferidos.

  2. Si supieras lo que condiciona un mote (enano cabezón), te cortarías la lengua antes de volver a mencionarlo. Reflexiona sobre ello, el poder de la palabra es de verdad. Si quieres llamarlo desde el amor, busca otro mote pero que esta vez sea positivo, no algo que le haga creer que es un bicho raro (corto de estatura y con una cabeza desproporcionada). Lo que significa para ti Enano Cabezón, está muy lejos de lo que significa para él. Desde el cariño te lo digo, pero es que en mi profesión (psicóloga) lo veo cada día: lo que yo creo de mí es lo que los otros me han dicho que soy. Un saludo, Padre Amoroso, o Padre Valiente, o Padre Entregado… (éstos sí son motes que condicionan positivamente, porque expresan con claridad lo que se quiere decir)

    • No te ofendas, pero sinceramente creo que no entendiste el texto, y además creo que, específicamente en tu profesión, es como mínimo temerario condenar, o siquiera opinar tan categóricamente sobre un comportamiento y personas a las que no se conoce muy bien.
      Para tu tranquilidad, te diré que está muy lejos de ser un mote. Es simplemente un juego privado entre él y yo, entre muchas otras maneras de llamarnos y querernos, y que como padre siempre me aseguré de que entienda correctamente que es un juego y que es con mucho amor. Estas cartas no llegarán a sus manos hasta que sea capaz de comprenderlas.
      Sobre lo de cortarme la lengua, te agradezco el consejo, pero me parece excesivamente celoso con el empleo del lenguaje, porque creo que si no se enseña a los niños a ser capaces de reírse de sí mismos, se los condiciona a sufrir muchísimo en un mundo que siempre es tremendamente cruel, y además tengo una desafortunada tendencia a no tomar en demasiada consideración la opinión de las personas que emiten juicios de valor en una situación de total desconocimiento, por muy profesionales que sean.
      Igualmente, gracias por compartir tu opinión.
      Saludos,
      F.

  3. Ehurodice dice:

    Como siempre genial!!

  4. Excelente! Felicitaciones para esos chicos de tener una familia y un padre escritor en la luna y en la realidad con los hijos, bueno el Cabezón todos para siempre. Saludos desde Paris.

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