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vfSupongamos que esto no es un post, ni un artículo, ni siquiera una confesión. Supongamos que es un ejercicio de suposiciones encadenadas.

Ahora supongamos que tengo una amiga muy querida, y que como es un poco fóbica, suponemos que se llama Ve Efe en lugar de suponer su nombre real. Supongamos que, de todos los que leen esto, algunos creen darse cuenta de quién hablo ―lo que es imposible, porque se trata de una suposición, pero siempre hay equivocados dispuestos a compartir su error con el mundo―; y que, bajo ese supuesto, suponemos que van a guardarse para sí la certeza de suponer que saben.

Supongamos que conocí a Ve Efe hace veinticinco años.

Son muchos años.

Muchísimos.

En mi suposición, cuando conocí a Ve Efe, más que amigos éramos compañeros de colegio, y de una cosa que suponíamos que era militancia. Y entonces supongamos que me detengo un segundo para recordar cómo supongo que era ella. No es necesario, porque esta no es una suposición sobre pasado y nostalgia, sino sobre presente rabioso, pero vale la pena un repaso rápido, porque esta suposición trata también sobre las sorpresas que a veces, sin quererlo, suponen una diferencia real en la vida de la gente.

Supongamos entonces que éramos adolescentes repletos de certezas, propietarios de la receta definitiva para cambiar el mundo y al mismo tiempo dignos depositarios de una ética que impedía aplicar esa receta con los compañeros de viaje inadecuados. Supongamos que discutíamos, gritábamos, peleábamos y tomábamos cerveza rubia en el bar de la esquina con la misma pasión.

Supongamos ahora que el colegio terminó, que nos hicimos grandes.

Durante algunos años seguí viendo a Ve Efe por las noches de Buenos Aires, con amigos, con música, con afecto.

Supongamos que después me fui a vivir a España, que no la vi más, que los años pasaron para los dos, que le perdí la pista.

Entonces, en algún momento me puse a escribir en serio. Vomité una novela con amor y otra con dolor. Tecleé decenas de miles de palabras, moví más los dedos que los pies, y supe que ya era tarde, que tenía que haberlo hecho cuando era el momento.

 

Volví a encontrar a Ve Efe en un viaje a Buenos Aires ―supongamos que fue así―. Yo había decidido hacer una presentación de mi novela en mi ciudad, con mi gente, con mis amigos, más como excusa para el encuentro que por seriedad de escritor. Un par de meses antes, supongamos que un amigo común ―un hermano― me visitó en Barcelona, me dijo que la veía, que ella también estaba escribiendo una novela. Me sugirió que le enviara un ejemplar de regalo. Supongamos que lo hice.

 

Y entonces, como siempre en la vida, las cosas no son como uno se imagina. Ve Efe vino a la presentación de Matalobos, me abrazó como ayer. La había leído. Hablamos. Hablamos mucho. Después de muchos años de no vernos, con el debe y el haber en cero. Para los que no lo hayan experimentado, vivir lejos a veces puede ser muy extraño. Después de más de diez años, yo ya no me sentía de acá ni de allá, y ese día, Ve Efe me hizo volver a sentirme argentino. Me hizo revivir en la piel algunas de las cosas que nos hacen especiales. Me brindó sin reservas su inteligencia, su opinión y su ayuda incondicional. Me ofreció sus posibilidades, me regaló horas de su tiempo y varias docenas de palabras sabias. Y además, de yapa, me hizo reír.

Entonces volví a España, y supongamos que sentí que lo mínimo que podía ofrecerle era una lectura a conciencia de su manuscrito, y una devolución crítica honesta y sincera. Lo hice con verdaderas ganas, pero también con un poco de temor. Había leído mucha basura de autores autodidactas por internet en los meses anteriores, y temía tener que decirle a Ve Efe que su manuscrito no funcionaba o sencillamente que no me gustaba.

Ella me lo mandó.

Y una vez más, la sorpresa. Volví a sentir, después de muchos años, el roedor interno susurrándome al oído: “Esto me gustaría haberlo escrito yo”. Me pasa muy poco. Casi nunca. El manuscrito era una maravilla. Era valiente, era distinto, era original, poderoso, novedoso. Como amigo, me llenó de orgullo, de admiración y de alegría. Como escritor, me hizo sentir envidia ―soy de los que creen que la sana no existe, así que envidia a secas―. Se lo dije como pude. Se lo dije como supe.

Supongamos que en el último par de años vine muchas veces a Buenos Aires. Supongamos que, felizmente, seguimos viéndonos, haciéndonos cada vez más amigos, queriéndonos.

Gracias a Dios, a Lenin, al Destino o la Puta de Oros ―quién sabe cuál de ellos es real―, tengo la suerte de admirar a varios de mis amigos. Tengo la suerte de tener amigos que producen pensamiento, que generan ideas, que dan calor al mundo.

Ve Efe, suponiendo, claro está, que exista, está entre ellos.

Y ahora supongamos que un par de años y varios viajes más tarde, esta vez me toca venir a Buenos Aires justo cuando la novela de Ve Efe ―supuestamente― fue publicada por una gran editorial. Me toca verla en escaparates de librerías, me toca descubrir con emoción y orgullo que mi nombre está entre los agradecimientos, y me toca recibir de manos de Ve Efe un ejemplar firmado, con una dedicatoria que me obliga a hacerme el boludo, porque estamos en un asado, hay más gente y no quiero que me vean moquear.

Y supongamos también que el cumpleaños de Ve Efe está muy cerquita. Que no voy a estar en Buenos Aires por pocas horas. Entonces supongo que no voy a poder darle un regalo de cumpleaños a la altura. ¿Cómo se corresponde a la generosidad? ¿Cómo se retribuye ese ejemplar firmado, esa dedicatoria tan sentida? ¿Cómo se le dice, como se le cuenta a un amigo una admiración profunda sin hacerlo sentir incómodo?

También sé que no hace falta, o lo supongo, al menos.

Así que elijo palabras. Regalo entre escritores, chiste privado en público.

Supongamos que publico este texto en mi blog, y que no me importa quién lo lea, porque ―si es que ella existe― es solamente para Ve Efe.

Entonces le puedo decir las palabras que no me salen.

Le puedo decir que es de las mujeres más poderosas que conozco. Que mi admiración por todo lo que hace es cada vez más grande. Le puedo decir que desconozco el camino para hacerle llegar mi gratitud. Y lo más importante, lo que es más difícil de decir, es que en los últimos años, cada vez que estoy por bajar los brazos, cada vez que decido renunciar, Ve Efe me surte dos o tres cachetazos, me endereza y me pone de nuevo en camino.

Como decía antes, tengo la suerte de haber generado en mi vida un puñado de amistades a prueba de fuego, sangre, balas, tiempo y distancia. Todos ellos están en cada letra que escribo, pero es cierto que hay un dolor secreto que solo conocen quienes han sufrido una novela, quienes han derramado las tripas desnudas en un papel.

Por eso los cachetazos de Ve Efe son distintos.

Y porque te los surte siempre con una sonrisa, por el camino más corto, y con esa clase de sinceridad que solamente es posible entre amigos.

Como dije antes, Ve Efe es también un poco fóbica, así que supongamos que nunca escribí esto, que ella nunca se enteró, que le mando un mail que solamente dice Feliz cumpleaños, y que nunca jamás le digo qué orgulloso estoy de su novela, de que sea mi amiga y de qué esté en mi vida.

No creo que sea mucho suponer.

 

pilux

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8 Responses to Supongamos que Ve Efe

  1. Elsa Esther dice:

    Me gusta pensar que Ve Efe existey que al leer escrito con tanto sentimiento se emociona mucho y hasta se le pianta un lagrimón. Estoy suponiendo, claro…¡Y soy dueña de mis suposiciones…!!!

  2. Daniel Ubertone dice:

    Tenes mucha suerte de conocer a Ve Efe,… o de haberla inventado, necesitamos una Ve Efe en nuestra vida de desarraigo y desconcierto…necesitamos de sus cachetazos….

  3. Desde luego, tengo mucha suerte. Ve Efe es de las que, si no existieran habría que inventarlas, por lo tanto, acertaste de pleno! 🙂
    Gracias Daniel.
    Abrazo,
    F.

  4. Ehurodice dice:

    Quizas una de las mas sinceras emociones son las de la amistad, porque a diferencia de la familia tu eres quien elige tu familia de amigos, ellos son luz y compañia, cuando son verdaderos estan contigo acompañandote y guiandote, que suerte que cuentes con ella.

  5. Poco importa que Ve Efe esté en la imaginacion o en la realidad. Leyendote me imaginé como me gustaria ser ella. Que suerte tiene de conocerte y qué suerte tengo yo de haberte leido. Perdona la inexistencia de tildes y algunas faltas. Te deseo lo mejor. Sos un buen escritor relacionado con la realidad del presente, tu familia, y una imaginacion que hace volar. Patri

  6. Orlando dice:

    (…) hay un dolor secreto que solo conocen quienes han sufrido una novela, quienes han derramado las tripas desnudas en un papel.
    El ritmo, el ritmo, Ve Efe te pone fuego en las patas. Recorto esta frase.

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