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Gabriel-Garcia-MarquezNada lava mejor la cara que el llanto, hermano. Te hablo de igual a igual, Gabo, pero no porque sea capaz de la herejía de pensarme escritor como vos, sino porque desde que mis recuerdos son casi de hombre (estaba lejos de serlo cuando te leí la primera vez, y desde entonces lo hice tantas otras que no vale la pena intentar contarlas) estás conmigo, susurrándome frases secretas, verbos privados, silencios repletos de conceptos.

Te hablo así, Gabo, sin ningún respeto, porque tengo la piel marchita y la sangre negra, porque necesito levantar las baldosas con las uñas, cagarme en la puta madre que los parió a todos y vengar tu muerte palabra a palabra, sonido a sonido, vocal a vocal. Necesito gritarte, Gabo, preguntarte porqué ahora, porqué hoy y no mañana, cuándo fue que sentiste que tus palabras eran ya suficientes para los que nos quedamos de este lado.

¿Te acordás, Gabo, de cuando abrí por primera vez Cien años de Soledad? ¿Te acordás de las mariposas amarillas de Mauricio Babilonia revoloteando por mi estómago a medida que leía? De tu mano, hermano, entendí el valor de la vida y el de la muerte, aprendí a adorar a las mujeres, a abrazar a los amigos, a reírme de mis propias miserias. Leyendo tus páginas supe que no existe fuerza más poderosa que el amor, que nada subleva tanto a un hombre como una mujer, que el orgullo puede ser más peligroso que treinta y dos levantamientos armados, y que perderlos no supone una derrota si tu amor propio es suficiente para seguir peleando.

Hoy, me contaron que te fuiste. Como no podía ser de otra manera, me lo contó un amigo del alma. Y como soy un hombre y bien hombre, más hombre que Francisco El Hombre, me aguanté las lágrimas y seguí trabajando. Terminé mi día, y entonces, en un restaurante perdido, cenando –por suerte en buena compañía-, las lágrimas me traicionaron en tu nombre, y te lloré con vergüenza y en público, despacito. Ahora es de noche tarde, estamos solos y caigo en las trampas habituales de escriba aficionado, de amigo dolorido, pero es que necesito hablarte, necesito llorarte como corresponde, a solas con mi máquina de escribir, que hoy deja de ser una laptop para ser otra vez una Olivetti. Te estoy llorando ahora, sin vergüenza, sin testigos, solos vos y yo, y nada lava mejor la cara que el llanto, hermano.

Y sí, tenías razón: Eran todos los que estaban en la estación – tres mil cuatrocientos ocho – ¿Y sabés qué? Desde que la sangre se secó en la cabeza de Aureliano Segundo, desde que la luz en los ojos felinos de Petra Cotes se apagó para siempre, desde que el olor a humo de Pilar Ternera abandonó mi cuartito de escribir, desde que vendí el último de los diecisiete pescaditos de oro del Coronel, desde que la fuerza descomunal de José Arcadio Buendía desapareció bajo el castaño del patio, por la puerta de mi casa pasaron cientos, miles de trenes cargados de muertos. Los veo día tras día. Los miro pasar y escucho el ch-ch-ch ch-ch de sus ruedas metálicas. La Compañía Bananera está ganando la batalla, porque son infinitos trenes con tres mil cuatrocientos ocho muertos que no terminan de pasar nunca. Todos los días parten trenes. Todos los días hay tres mil cuatrocientos ocho muertos.

Y tenías razón: Estos son tiempos de cólera. Nos miramos unos a otros de costado, nos odiamos en silencio mientras las reglas invisibles de la Compañía Bananera dictan cómo tenemos que vivir los que estamos fuera del gallinero electrificado. Nos olvidamos de llorar, de reír y de fornicar. Nos olvidamos de sembrar el pueblo de almendros polvorientos, de separar el oro del fondo del caldero y de los dientes milagrosos, el sombrero de alas de cuervo y el chaleco con verdín de los siglos de Melquíades. Nos olvidamos de Rebeca, para siempre, y de los niños-en-cruz.

Y yo no puedo, Gabo, hermano, prometerte que este mundo que dejaste atrás, donde el banano es siempre más importante que la hospitalidad de la mesa que te lo ofrece, no vaya a olvidarte. No puedo prometerlo, pero me niego a creer que suceda. El primero de la estirpe está atado bajo el castaño, y al último se lo están comiendo las hormigas.

Lo único que sé, Gabo, lo que de verdad quiero decirte, lo que necesito sacar fuera de mi pecho es que no importa. No importa que hayas decidido morirte. No importa que las hormigas nos coman a todos. No importa que un viento profético haya borrado Macondo de la faz de la tierra, y no importa que las estirpes condenadas a Cien años de Soledad no tengan una segunda oportunidad sobre la tierra. Lo único que de verdad importa hoy, es que a pesar de que el mundo entero viva tiempos de cólera, y a pesar de que no parece que vayan a irse pronto, vos te ganaste y te merecés, como mínimo, otros cien años de amor.

 

Federico Firpo Bodner, un amigo que nunca te conoció personalmente

Chicago, 17 de Abril de 2014.

Fallecimiento de Gabriel García Márquez.

pilux

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5 Responses to Cien años de amor en tiempos de cólera

  1. Marta Bonelli dice:

    QUE HERMOSO HOMENAJE FEDERICO!!!!…ES INEVITABLE SENTIR EL VACIO QUE NOS DEJA QUIEN TANTO NOS ACOMPAÑO EN NUESTRAS VIDAS!!!!

  2. jorge dice:

    la semilla que sembraste Gabo, empieza a germinar……

  3. Silvia P dice:

    Gracias Federico! Por decir eso que.. tal vez muchos sentimos y pocos podemos expresar.!!!

  4. Gonzalo dice:

    Me emocione…

  5. Isabel Garin dice:

    Qué bella despedida dolorida…Es cierto que Gabo se merece otros cien años de amor, por lo menos.

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