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IMG_2386Mis hijos, los dos, son fans de Harry Potter. Yo también. Yo soy fan de Harry Potter, pero más aún, soy fan de mis hijos. Harry Potter no es fan de nosotros, pero solamente porque no sabe que existimos.

Ayer fue la fiesta de fin de curso de la escuela de mis hijos. Una especial. Para nosotros, única: era la última viviendo en España. La última que celebrábamos con los niños y los padres que nos acompañaron desde la guardería. La última con los niños que crecieron junto a mis hijos, la última junto a los padres con los que, en los últimos años, envejecimos un poco, ganamos algunos kilos, disputamos a gritos los mundiales y criamos juntos a los hijos lo mejor que supimos.

La noche era cálida y con amenaza de tormenta, y los padres, como siempre hacemos, nos arracimamos alrededor de mesas cargadas de pan con tomate, tortilla de papas y algo –no mucho– de bebidas espirituosas de baja graduación, todas ellas permitidas por la ley y el Ministerio de Salud.

Como, antes que nada, soy un hombre de convicciones y palabra, ni bien terminó la cena, cuando empezaba la discoteca, me dispuse a cumplir mi promesa de dos semanas atrás (ver Un, Dos, Tres, ¡Mierda!), así que, por una vez, haciendo uso incorrecto y espurio de los recursos tecnológicos asignados al ágape, me acerqué al micrófono y convoqué al costado del escenario a todos los compañeros de mis hijos.

Hicimos una ronda enorme, y el grito tribal de “Un, dos, tres, ¡Mierda!” rompió por primera vez la noche. Varias veces. Fue ritual, fue de sangre, fue verdadero. Lo pude sentir con las manos de todos los niños tocando las mías. Lo pude sentir en la piel, en la sangre, en los pelitos de la nuca, en el vello de los brazos. Lo sentí en el estómago.

Y, como todo ritual, terminó pronto. Nos dispersamos.

Entonces, escuché por la potencia de sonido que llamaban a mis dos hijos al escenario. Los hicieron subir. Los despidieron en nombre de toda la escuela, y en especial de sus clases, y les entregaron dos muñecos de ellos mismos, cada uno impersonando a Harry Potter, cada uno con su snitch, cada uno con su varita, cada uno con su color de pelo, con sus detalles, con su nombre escrito en un libro abierto.

Les dieron el micrófono.

Pablo, mi primogénito, con su álbum de dibujos bajo el brazo, habló a sus compañeros. Me llenó de orgullo. Me desbordó de emoción.

Después Daniel, con sus siete añitos, con su corazón de ternura pura, intentó hacer lo mismo, pero la voz se le rompió, cedió a la emoción como hacen los hombres de verdad, en público y sin pudor. Me llenó más de orgullo, de ternura, de amor rabioso. Su hermano, el que lo pelea por el lugar en el sofá, el mismo que le disputa todas y cada una de las posiciones vulgares de la vida, como, por otra parte, es ley de hermanos, lo consoló, también como hacen los hombres de verdad. Lo abrazó arriba del escenario, y nunca hasta entonces había sido tan hermano mayor, tan hombrecito, tan valiente. Y yo nunca hasta entonces había estado tan orgulloso de ambos.

Y entonces, los demás niños, sus compañeros, empezaron a pasarse el micrófono, a decirles en voz muy alta que los quieren, que los van a extrañar, a desearles suerte, a desparramarles amor por encima. Las madres lloraban a coro y yo tenía en brazos a mi chiquitín, que estaba inconsolable.

A los diez minutos fue el caos.

La tromba de agua que nos negaba el cielo la proporcionaron los ojitos de los niños. A punto estuvimos de tener que cerrar la pista de baile para que nadie se patinase en los mocos y se rompiese un hueso.

Y me sorprendieron otra vez.

Lloraron juntos.

No se fueron a buscar a sus papás ni a sus mamás.

No se escondieron.

No tuvieron vergüenza.

Lloraron como grupo, consolándose unos a otros.

Compartieron el llanto, como los adultos hace tiempo que olvidamos cómo se hace.

La fiesta, la música, las estrellas y las nubes de tormenta pasaron a un segundo plano, porque lo único que importaba entonces era que, a pesar de tener entre siete y diez años, a pesar de que el mundo adulto muchas veces apenas si los considera personas, a pesar de los tabúes con los que los grandes los cargamos una y otra vez, todos y cada uno de ellos eran conscientes de lo estrepitosamente amigos que son, de la pureza de sus corazones, de lo genuino de sus sentimientos, del valor incalculable de sus lágrimas, y de que, aunque intentemos acompañarlos, los adultos no entendemos nada, no sabemos la profundidad de lo que están viviendo y nunca, nunca jamás, seremos capaces de entenderlo.

Tienen razón.

Y pasaron muchas cosas más. Muchas lágrimas, muchas risas, apretones de manos, abrazos, consuelos mutuos y volvimos a recibir palabras de aliento de todos.

Personalmente, me quedo con tres cosas.

La primera es que los adultos deberíamos aprender a tener más presente cuánto subestimamos a los niños a veces. Nunca jamás, a lo largo de todo el proceso de decidir mudarnos a Argentina, durante el cual hemos tenido muy presentes a los niños, imaginé la fuerza, la potencia emocional que tendría la despedida para ellos. Nunca imaginé un amor tan profundo, tan sincero, ni tan generoso.

La segunda es que, otro error que a veces cometemos es creer que los hijos son nuestros. No lo son. Tienen sus vidas, sus amores, sus amigos, sus verdades y sus mentiras, sus egoísmos y sus proyectos, pero a la hora de la verdad, cuando las cosas se ponen difíciles, son infinitamente más profundos, generosos, sinceros y desprendidos que los adultos. Los niños saben dar amor y saben recibirlo, y nosotros, sus padres, que un día fuimos niños, nos encargamos de limitar eso, en nosotros y en ellos, para “protegerlos”, para que no sufran, para que nadie los lastime. Ojalá aprendiéramos a cuidarlos sin recortarles lo mejor que tienen.

Y la tercera es que las personas, las más cercanas y las que no lo son tanto, están ahí. Estoy recibiendo muchas cosas que no recuerdo haber dado, y eso es una ruptura de las reglas básicas del intercambio de bienes y servicios entre adultos responsables. No tengo nada que ofrecer más que unas pocas palabras, mis lágrimas sinceras y un lugar especial en mi pecho para cada uno, para cada rostro, para cada palabra amiga, para cada recuerdo simple.

No sé como dar las gracias a este pueblo, a esta escuela, por el derroche de amor que recibieron mis hijos, toda la familia. Y supongo que no importa, que no hace falta, porque estas personas ya me demostraron que sus miradas lo dicen todo, que en sus brazos abiertos está el amor que no sabemos nombrar para no ahuyentarlo.

Por eso, cuando nos subamos al avión, los cuatro, seguramente entre lágrimas, seguramente emocionados, ilusionados también, lo haremos recitando bajito nuestro mantra ritual: ¡Un, dos, tres, Mierda!, pero también, a la hora del despegue, invocaremos el hechizo fundamental para que el avión se levante: “¡Wingardium Leviosa!((Wingardium Leviosa es el hechizo que se utiliza en Harry Potter para hacer levitar objetos.))”.

Gracias por tanto.

 

Federico Firpo Bodner

Santa Coloma de Cervelló

15 de junio de 2014

pilux

 

9 Responses to Harry Potter y el misterio de la profundidad del corazón de los niños

  1. María del Carmen Arroyuelo dice:

    Gracias por compartir la emoción y transmitirla,uno a veces se endurece para enfrentar tanto que no gusta y tener la fortaleza para seguir defendiendo ideales; los niños nos representan, a veces dolorosamente. Tus niños representan el amor y la claridad que han recibido, gracias por el mundo que necesita mucha gente así. Te conocí de niño,allá en la Boca.

  2. Marta Bonelli dice:

    GRACIAS POR COMPARTIR TANTAS VIVENCIAS Y EMOCIONES Y POR CONTARLAS COMO VOS SABES CONTAR LAS COSAS,PARA QUE LLEGUEN AL CORAZON E INUNDEN DE LAGRIMAS LOS OJOS.CREO QUE CUANDO UNO SE VA DE SU PAIS, NO SE IMAGINA LO DURO QUE ES EXTRAÑAR A LA FAMILIA,LA CIUDAD,LOS OLORES LOS CODIGOS…Y PIENSO QUE MARCHARSE DEL PAIS QUE SE CONVIRTIO EN TU HOGAR POR MUCHOS AÑOS,DEBE SER TAMBIEN MUY DIFICIL. TE DESEO A VOS Y A TU HERMOSA FAMILIA TODA LA SUERTE DEL MUNDO Y QUE SEPAS QUE APARTE DEL EQUIPAJE TE LLEVAS EL AFECTO,LA ADMIRACION Y EL RESPETO DE MUCHOS,ENTRE LOS QUE ME CUENTO.SUERTE Y BUEN VIAJE!!!!! MARTA BONELLI

  3. Nelson Montes-Bradley dice:

    Un, dos, tres, ¡Mierda!…y a volar Pilo! ¡Buena fortuna!y felicidades.

  4. Javier dice:

    Ufff Pilo,
    No te has electrocutado al escribirlo?
    Yo si al leerlo!!!!

    • 🙂
      No, Javi, no me electrocuté, por suerte, pero tuve que limpiar una abundante cantidad de moco y lágrimas de mi teclado.
      La pura verdad es que tuve que parar de escribir varias veces, porque solamente de acordarme de la noche anterior se me caían las lágrimas. Y ahora mismo, al responderte este mensaje, se me humedecen los ojos.
      Aunque no vivas en este pueblo, sabes que tú también eres parte de las muchas buenas cosas que me llevo de España, de las personas que quiero que sigan en mi vida.
      Un abrazo!
      P.

  5. […] Como muchos de los que habitualmente me leen saben, tengo 42 años, soy papá y esposo y hermano y tengo una panza redonda. Tengo algunas virtudes y un montón de defectos, y entre esa sopa infame de cosas, también soy fan de Harry Potter. No hace falta que vuelva a explicar por qué soy fan, lo he hecho un montón de veces. No es el moti… […]

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