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antiheroeEs muy difícil, mi amor, explicar el orgullo de un padre, pero es más o menos como hacer diez mil goles en un solo partido de fútbol, o como resolver el Cubo de Rubik en diez segundos, con los ojos vendados y utilizando los dedos de los pies. Es casi como ser Batman y Superman y Spiderman, todos juntos, y con el sentido del humor de Tony Stark y la inteligencia de Sherlock Holmes. Es como ser Messi, pero con poderes para volar y viajar en el tiempo, como tener las respuestas a todas las preguntas y saber todos los chistes buenos del mundo.

Desisto. No soy capaz de decírtelo. No sé contarte el orgullo que siento cuando te miro, la lentitud con la que se me derrite el pecho, el renuncio de mi piel cuando te abrazo, el dolor interno de mis ojos cuando te veo llorar. No puedo, con la pobreza de mi lenguaje torpe y arcano, hacerte saber la conmoción de mis piernas cuando te veo correr, el incendio indomable de mis órganos internos cuando me llegan tus notas, y la conmoción catastrófica de mi centro de gravedad cuando soy testigo de lo que te quieren tus amigos, del lugar en el mundo que, esta vez sin mi ayuda, supiste ganarte por derecho.

Hoy cumplís diez años, mi amor, y eso nos obliga, como todos los años, a vos y a mí, a sentarnos cara a cara, a decirnos ahora lo que dentro de otros diez años –cuando seas lo suficientemente grande para entenderlo– ya no recordaremos, a hablarnos a calzón quitado, sin artificios.

Y cada año es más difícil, mi amor.

Es más difícil porque vos sos cada año más hombrecito, porque ya no puedo engañarte con artilugios de adulto, porque ya no me creés cuando te digo que puedo invocar al sol o convencer a las hormigas de que hagan su casita en otra parte. Ya no te parece suficiente mi explicación, y entonces tenés recursos propios, lo buscás en internet, lo aprendés de otras personas, contás con tu mundo, del que yo soy solamente una parte, cada vez más pequeña a medida que te enriquecés, que te hacés hombrecito, que buscás tu camino propio, tu sendero genuino, la forma en la que vas eligiendo vivir tu vida.

No hace ni una hora que llegamos un día a casa, cargando tres mil cuatrocientos cuarenta gramos de carne humana que lloraban, cagaban y meaban. No pasó ni media hora desde la primera vez que me apuntaste con tu dedito índice, tembloroso, por primera vez y dijiste “pappppá”. Todavía puedo sentir la baba corriendo por mis mejillas, tu olor a pañal, tu tacto inmaculado, tus piecitos sin estrenar, y tus ojos abiertos con un asombro tan grande que cabía en él el mundo entero. No hace ni diez minutos desde la primera vez que anduviste en bici, desde el momento en el que un amor instantáneo y fugaz conquistó por primera vez tu corazoncito de hombre tierno. Solamente pasó un ratito desde el primer día de escuela, desde la primera vez que me trajiste excelentes notas, desde el momento en el que por primera vez me dijiste que no, te enfrentaste a mí y peleaste con todas tus armas.

Tengo muchas cosas que decirte, mi amor, pero hoy siento que todas ellas pueden esperar. Cuando te miro, cuando te veo funcionar, cuando me doy cuenta de que mis cuarenta y un años de sólida experiencia sirven de poco más que una tenue lámpara de aceite en medio de una tormenta, porque necesitás hacer tu propio camino y cometer tus propios errores, entonces siento que hoy vos, a tus diez años, mi amor, sos mucho, pero mucho más que la mitad del hombre que yo era a los veinte, y me aterra hacer proporciones con el hombre que soy a los cuarenta.

Antes te escribía porque eras demasiado pequeño para entender. Ahora lo hago porque considero que aún no es el momento –los adultos somos así de imbéciles, con momentos para todo y reglas que no se acaban nunca–, porque tu lucidez es un relámpago de luz que a veces me asusta, y tu inteligencia es, cada vez más, un desafío para mí como padre y como hombre.

Este año, mi amor, tu año número diez, te enfrentaste a mí de forma definitiva. Tuvimos por primera vez discusiones de horas. Ya no es tan fácil doblegar tu rebeldía cuando tiene razones fundamentales, ya no te basta con entender lo que digo, ahora necesitás exponer tus razones, pelear por tu postura, defender aquéllo en lo que estás creyendo. Ahora, mi amor, sos capaz de imaginar que en el mundo existen verdades más allá de lo que tus padres digan.

¿Y querés que te cuente un secreto? Es entonces cuando descubro que tenés algo que para mí, en un hombre, es mucho más admirable que la fortaleza física, el poder o el dinero: una opinión propia.

Y entonces, mi chiquitín (¿cuántas veces más podré llamarte así, antes de que me mandes a la mierda?), mi amor, es cuando ese orgullo del que te hablaba antes lo tapa todo, me impide decirte que te portes bien o que te abrigues, que te tomes toda la sopa y que te laves los dientes antes de ir a la cama.

Porque lo que necesito decirte, mi amor, es que cuando estás fabricando a un hombre, como estás haciendo vos, nada es superfluo. Todo importa y todo suma y resta a la calidad de la persona que vas a ser. Dicen que veinte años no es nada, y diez es la mitad. Será casi nada, será algo que la mayoría de los adultos ni siquiera se detengan a considerar, pero mi amor, tus diez años son cien de los míos, son ternura, dulzura, inteligencia y lucidez. Tus diez años son todo lo que tienen que ser, son niñez y juego, son angustia y tristeza –a veces–, son pureza de espíritu, nobleza y fuerza emocional.

¿Cómo puedo ser tu padre y tu guía, mi amor, si cada día te admiro más?

Ese es el desafío, hijito, mi amor. En estos diez años, creeme, aprendí mucho más yo que vos. Aprendí mis límites, lo pequeño que soy y la gravedad de los errores que cometo.

Pero, ¿sabés que?

Todos los momentos de mi vida, los buenos y los malos, los difíciles y los placenteros, todas las guerras, las perdidas y las ganadas, todos los esfuerzos, todo el llanto, toda la risa, todo el amor que puede vivirse en cuarenta años, todo eso sumado vale la pena por solamente un segundo del orgullo y la intensidad del amor que siento cada vez que te miro. Y cuando seas un hombre grande no voy a tener los santos huevos de decirte eso, porque los hombres somos así de imbéciles, y ciertas zonas de la sensibilidad y el amor estamos obligados a vivirlas como los hombres, es decir, disimulando los sentimientos y sin que nadie te vea llorar.

Veinte años no es nada, mi amor, y tus diez, tus casi nada de años, tus menos que nada de años, son tan poderosos, tan intensos y tan repletos de significado, que a veces suspiro aliviado pensando en que vas a crecer, en que estás creciendo, sencillamente porque otros diez años así me matarían.

Diez años no es casi nada, mi amor, pero dejame que los celebre contigo, con la piel, con la sangre, con más amor bajo la piel del que jamás, antes de ser padre, soñé que pudiera llegar a sentir.

 

Feliz cumpleaños.

Te adora, Papá

Santa Coloma de Cervelló, 24 de Junio de 2014.

pilux

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3 Responses to Porque lo digo yo, que soy tu Padre V: Diez años no es casi nada

  1. Ehurodice dice:

    simplemente maravilloso me emociono hasta las lagrimas… gracias

  2. Mirtha dice:

    Describe perfectamente el sentir de un padre, ese milagro que Dios nos regala, ese sentido a la propia vida. Simplemente genial!!!!!! Gracias!

  3. Jane dice:

    Antes que nada, FELIZ CUMPLE para PABLO. Ya siento que no puedo seguir llamandolo Pablito,esta tan grande y es tanto el amor que trasmitis, que emociona.
    Seguimos teniendo un poco de Fede, el escritor, de distintas maneras, esta vez con la carta del cumpleanios 10 de Pablo.
    Un abrazo
    Jane

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