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mucha_mierdaSupongo que, a esta altura de mi vida, ya no es un secreto para nadie que una gran parte de las oscuras vetas desaliñadas, las informalidades profundas que me suelen asaltar en público y los desmanes que a veces patrocino con insano entusiasmo son, en realidad, producto involuntario de un cruel signo hereditario: un gran porcentaje de mi familia proviene del mundo del teatro.

No es que el teatro tenga nada de malo en sí mismo –nada más lejano a mis creencias–, pero como obra en sano conocimiento de cualquier persona de bien, especialmente en estos tiempos infames que nos toca vivir, los artistas en general y los actores en particular, son un gremio frecuentemente integrado por malhechores, zafios, libidinosos, patanes de vida disoluta y rufianes de baja calaña. Vamos, personas que ni van a misa los domingos ni se ponen corbata. Como mi hermana, la menor, de quien las malas lenguas han llegado a decir hasta que vive en pecado con un señor que ni es su marido ni nada. Y eso que en su casa no hay más que un dormitorio, ya saben a qué me refiero.

Hace nada más que unos días, honrando el sano motivo de la recolección de la cereza, hubo una feria de atracciones mecánicas en mi pueblo, y me dio por patrocinar una subida conjunta con otros padres, mis hijos y muchos de sus amigos a un ingenio del demonio, que valiéndose de una sospechosa fuerza hidráulica sacude a las personas arriba y abajo, mientras las aturde con música estridente y las rocía con un humo vaporoso y fragante, de dudosa procedencia. Entonces junté a todos los niños en círculo, antes de subirnos al mentado artefacto, y todos pusimos nuestras manos extendidas hacia el centro, balanceándolas coralmente al conteo tribal de uno, dos, tres, y tirándolas luego al aire al grito unísono de ¡Mierda!

Y como jamás olvido que “en mi pueblo sin pretensión, tengo mala reputación”, adivino que muchos de los testigos de tan polémica ceremonia me habrán tachado de corruptor de menores para arriba. Nada más lejos de mi pía forma de ser. Ocurre que, a veces, las tradiciones se te escapan por los poros, asoman aún contra tu voluntad, y entonces una necesidad física de reproducir ciertos rituales domésticos lo invade todo.

Para quienes no lo sepan, es costumbre muy arraigada entre los actores –al menos en Argentina– desearse mucha mierda antes de un estreno. Esto se debe a que, en la antigüedad, los prohombres de la ciudad asistían a los estrenos teatrales en carro, y los pobres caballos, víctimas de necesidades indecorosas del cuerpo, se cagaban allí mismo, en la puerta del teatro, sin ningún pudor ni respeto por el sentido del olfato. Por lo tanto, cuanta más mierda había frente al templo del arte, más exitoso era el estreno.

Hace poco más de tres años, yo escribía un artículo titulado “Volvé que te perdono”, en el que hablaba, entre otras cosas, de la imposibilidad de volver a vivir algún día en Argentina. Uno nunca sabe cuándo tendrá que tragarse sus palabras, reprocesarlas y volverlas a vomitar de una en una, con un nuevo significado. Hoy, tras catorce años de vida en el Viejo Continente, estamos preparándonos para mudarnos a Argentina. Y no digo volver porque soy el único que vuelve. Mi mujer y mis hijos, con una enorme e invalorable valentía y generosidad, solamente van.

Los últimos años en España fueron muy duros para mí. A medida que una sombra escurridiza me alerta constantemente que  es posible que la primera mitad de mi vida haya pasado ya, la nostalgia y el deseo de volver fueron creciendo, entristeciéndome, invadiéndolo todo. Paralelamente, una sensación de falta de arraigo (tal vez injusta, tal vez caprichosa, siempre incontrolable) en España se me hacía cada vez más pesada, más omnipresente, un lastre que debía cargar todos los días para levantarme de la cama.

Cuando, después de llorar juntos, después de hablar muchas veces hasta muy tarde, después de terminar de entender debíamos estar dispuestos a todo para salir adelante, Gloria y yo decidimos mudarnos, pensé que solamente iba a sentir una pena honda y sana al dejar España, y que en cualquier caso mi alegría por volver sería suficiente para borrarla, para alegrar a mi mujer y a mis hijos, y para emprender la marcha con energía y cantando canciones de campaña.

Entonces, una vez más, la realidad me sorprendió.

Mis hijos, algo angustiados y preocupados por la nueva vida que les espera allende los mares, contaron en la escuela la decisión familiar de mudarnos a Argentina. Como en todo pueblo chico, las cosas se saben incluso antes de que terminen de ocurrir, así que ese mismo día, por la tarde, no quedaba alma viva en el pueblo que no estuviese enterada.

El pueblo entero se está volcando a despedirnos. Mis hijos están siendo agasajados por sus compañeros, mientras algunos traman malvados planes para impedir que nos vayamos, otros se enojan y la mayoría, simplemente, los quiere y los acompaña. Los adultos también, más discretos, menos efusivos, pero también sinceros, están dejándonos saber que les da pena, que nos desean suerte. Nos transmiten afecto, una palmada en la espalda, una mirada a los ojos, una palabra amiga.

Y es irónico, porque la falta de lo mucho que estamos recibiendo, desde el punto de vista humano, es gran parte de lo que me hizo desear tan fuerte volver a Argentina. A veces no tiene ninguna importancia la profundidad de tu dolor, de tu cinismo o de tu certeza: la realidad lo pone todo patas arriba.

No puedo más que estar enormemente agradecido. No por tantas muestras de afecto, por sentirnos arropados, por la inmensidad de lo que están recibiendo mis hijos, por los buenos deseos, por los ratos robados a la distancia para pasar juntos antes de irnos. Todo eso es enorme, pero lo que de verdad me conmueve, me desarma y me hace conectar con la parte de mí que se entristece de irse de España, es saber de la forma más despiadada que no importa lo que sientas, lo que hagas o lo que dejes de hacer, porque las personas te terminan demostrando que las cosas no son como uno quiere sino como todos podemos, y que el amor y la amistad, aunque a veces no se entienda, se expresan como la gente sabe y puede en cada sitio.

Mi emoción profunda no se debe a las palabras dichas, sino a la certeza de que, contra lo que sentía hace unos meses, dejo en España unos cuantos amigos, de que, además de la tortilla de papas y las noches de San Juan, voy a extrañar un puñado grande de personas, que mis años lejos de mi tierra y de los míos, además de a mi mujer y a mis hijos, trajeron a mi vida a muchas otras personas que se quedan, que no vienen físicamente, pero que llevaré conmigo, pegadas a la piel, porque aunque los seres humanos sabemos partir y dejar atrás las piedras y los caminos, nos extinguiremos como especie antes de aprender a olvidar a los amigos.

Te pido perdón, España, porque no sé cómo decirte gracias, ni cómo devolverte todo lo que me diste.

Por todo esto, dentro de unos pocos días, en la cena de fin de curso de la escuela de mis hijos, estoy planeando patrocinar la ronda de niños más grande que pueda formar, y el grito más fuerte que seamos capaces de hacer juntos, para desearnos suerte todos en lo que viene, los que nos vamos y los que se quedan, y para celebrar la amistad, de los niños, de los padres y de todos mezclados.

Me voy mucho más rico de lo que llegué, España, y lo hago con el grito ritual, para mí, para mi familia, para vos y para tu gente: Un, Dos, Tres, ¡Mierda!

 

Federico Firpo Bodner

Santa Coloma de Cervelló

5 de Junio de 2014

pilux

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8 Responses to Un, dos, tres, ¡Mierda!

  1. J dice:

    Firpón, con lo que he hemos discutido, lo que te voy a echar de menos, cabrón. Mucha suerte y no le des pista a Kicillof que te va a expropiar según llegues. Un abrazo y mucha, mucha mierda.

  2. magui dice:

    Por vos me alegro, porque se que vas a estar en tu salsa, pero no puedo negarte que los vamos a extrañaar y que mis hijas van a querer conocer Buenos Aires ahora!!!

  3. Toni dice:

    Aunque nuestra relación ha sido siempre intermitente (algunas cenas y amigos invisibles) y en los últimos tiempos nula, os deseo que tengáis mucha suerte en esta nueva AVENTURA.
    Besos y abrazos para los cuatro.
    Toni

  4. Virginia dice:

    El tema de la sensación de “falta de arraigo” es todo !! es una sensación muy fuerte de que estás en el lugar equivocado en el momento equivocado.. como cuando entras a ver una película y te das cuenta de que entraste a la sala equivocada ..algo así. A veces es duro para los hijos, pero todo depende de la alegria conque lo manejes y ellos al ser chicos se adaptan mas rapido .. Suerte en la nueva etapa !! Viajeros somos viajeros siempre , ven dispuesto a no querer ver todo color de rosa ! Hablarás tu idioma pero el alma ya está dividida en 2. Tu tierra ya son ambas tierras.

  5. Jorge Mestre dice:

    Buenas Federico,

    Exitos en este nuevo trayecto! La vida da muchas vueltas, y no descarto encontrarte en algún lugar del mundo para que me vendas Algebra Maldita (u otra que venga antes) pero sobre todo, para invitarte una caña (o un porrón).
    Mi opinión: “se vuelve uno de los buenos” 🙂

    que vaya bien!

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