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IMG_5140Hola mi amor. Siempre empiezo así cuando te escribo, pero no es una fórmula sino un ritual. Y hoy más que nunca necesito del ritual, porque empiezo a sentir que ya no puedo hablarte como siempre. Ya no puedo decirte hijito, ni hablarte de cosas que vas a entender cuando seas grande. No puedo exigirte que te portes bien o que te abrigues, ya no.

Y no es, hijo, porque seas ya un hombre. Todavía no hay bigote en tu labio superior. Tu mirada se endureció este último año, y sin embargo, mi amor, todavía son muchas las veces que, al hacerte una broma o provocarte una risa, tu cara se transforma y puedo reconocer al niño, a mi hijito; puedo recuperar en tus ojos la devoción, esa mirada con la que los hijos chiquitos homenajean a sus padres, una mirada en la que no hay espacio para el error, un lugar en el que, todavía, puedo serlo todo para vos, soy tu conciencia y tus valores, tu amor y tu rabia, el dolor de las tremendas injusticias que, como niño, sufrís todos los días, y la pasión con la que enfrentás un nuevo desafío de origami.

Pero no es por eso, mi amor, que ya no puedo hablarte así.

No es por eso.

Es porque yo ya no consigo verte como a un niño. Y no es –como tantas otras cosas que sí lo son– una limitación mía. No consigo verte como a un niño porque tus emociones maduran a toda velocidad, porque te vas volviendo complejo y sutil, porque ya no funcionan los subterfugios infantiles con los que los padres solemos llevar a los hijos a jugar nuestro juego.

Y eso, mi amor, hace que la relación entre nosotros sea muchísimo más rica, pero también más difícil, con más matices, y con más cosas en juego.

 

Y hoy me apetece contarte algunas de esas cosas, porque ya que no puedo hablarte como a un niño, aprovecho este momento en el que no podés oírme para hablarte como a un hombre.

 

¿Sabés? Cuando yo tenía veinte años, o un poco más, pensaba en los hijos como el gran desafío de mi vida como hombre. Pero los hijos eran un concepto abstracto, y entonces ese desafío se componía de las cosas que, como hombre, debería proveer a mis hijos. Un techo digno. Un plato de comida. Un futuro –cualquier cosa que signifique eso, que aún no lo sé–. Y por supuesto, amor. Pero el amor entonces era una idea, un Frankenstein hecho de los pedazos de lo que yo creía que era el amor. Yo pensaba que el amor de padre era un beso en la cama antes de ir a dormir. Pensaba que el amor se parecía al terremoto que sentía cada vez que estaba en brazos de una mujer. Creía que amar era que algo te importase mucho, estar dispuesto a casi todo por algo.

 

Y entonces naciste.

 

Y se fue todo al carajo.

 

Se fue todo al carajo porque resulta que el amor de padres a hijos no está hecho de cosas ordenadas y prolijas, no tiene listas enumerables para describir sus matices.

El amor de padres a hijos es una tormenta que te estampa contra un muro y te deja imbécil, es una tortura cada vez que no tenés a tu hijo en brazos, es una sombra oscura que te aterra cada vez que la vida sugiere que puede pasarles algo, un frío profundo, intenso, desnudo, en la piel y en las tripas. El amor de padres a hijos es asimétrico, brutal, es una isla desierta en la que estás tan solo como podés estarlo junto a la persona a la que amás tanto como para tener hijos con ella. Es un vacío sin eco, donde se derraman todas tus debilidades, todos tus miedos, todos tus defectos. Es la obligación a enfrentarte, de una vez para siempre, a todo ese dolor, y de vencerlo, porque por primera vez hay en tu vida algo que importa mucho más que tu ombligo. Por primera vez, mi amor, estás de verdad dispuesto a morir por algo.

Pero parece que te estoy diciendo cosas terribles, y no, nada más lejos de mi ánimo. Simplemente hoy, el día de tu cumpleaños número doce, quiero celebrarte. El amor de padres a hijos, mi amor, es también la siesta al calor de la tarde, en el sofá de Málaga, con vos hecho una ranita sobre mi pecho transpirado, sin atreverme a respirar para no violentar tu sueño. Es estar a la altura de la devoción con la que los niños pagan el amor de sus padres, es levantar de tu carita la mirada infinita, los ojos asombrados que deciden que nada malo puede pasar si está tu papá cerca. Es tener ganas de llorar cuando te abrazo, de puro feliz, es un orgullo que te destroza el pecho al leer tus boletines. Es un amor que duele adentro, en la panza y en las tripas, de solo mirarte, de verte grande, de sentir la certeza absoluta de que te estás transformando en una buena persona.

Y entonces, mi amor, a los papás nos llega la hora de aprenderlo todo de nuevo. Por si no hubiese sido suficiente con la responsabilidad absoluta sobre los únicos seres vivos que te importan más que vos mismo, por si no alcanza con la tranquilidad de poseer a los hijos, de ser dueño de sus vidas, único protector y salvador, entonces llega el momento de entender que son personas, que sienten y viven más allá de tu dolor de padre, y que tienen sus ideas. Que las cosas les parecen bien o mal de acuerdo a su propia interpretación de los valores que les pudiste transmitir. Y lo más importante y difícil de aceptar, mi amor, es que a tu edad los hijos ya no siempre piensan que sus papás son lo más, ni que nada malo puede ocurrirles si papá está cerca.

A tu edad, mi amor, los hijos empiezan a adueñarse de sus vidas, y para eso es necesario, mi amor, que empujen a sus padres un poco fuera de ellas.

Y quiero que sepas, mi amor, que me vas a encontrar haciendo fuerza. Me vas a encontrar intentando impedírtelo, oponiéndome a tu conquista, defendiendo mi espacio de padre. Vas a tener que derribarme para conquistar tu vida.

Pero, ¿sabés qué? No lo hago para evitar envejecer, ni porque no quiera verte volar solo. Lo hago porque necesitás vencer a ese demonio para ser el mejor hombre que podés ser. Lo hago porque me toca, porque es mi rol, porque en este momento de tu vida me necesitás del lado de enfrente, conteniendo la potencia de tu recién estrenada hombría. Lo hago porque te adoro, y porque necesitás fortalecer tus brazos peleando contra mí antes de salir a remar al mundo. Lo hago porque vos también, mi amor, algún día vas a ser hombre, y vas a entender que a veces, en la vida, la ayuda de hombre a hombre no necesariamente significa hacerte las cosas más fáciles, sino enseñarte a transitar los caminos más oscuros.

Lo hago, mi amor, porque la última gran cosa que, como padre, tengo que enseñarte, es a vivir sin mí.

Lo hago, hijito, porque no puedo ya amarte más, ni estar más orgulloso de vos, ni creer más firmemente que ya estás listo para que todos tus pasos, de ahora en adelante, sean los fundamentos de tu propio camino.

Lo hago y lo haré, hijo, a pesar mío, a pesar tuyo, porque es ley de vida.

 

 

Feliz cumpleaños

Te adora,

Papá

Buenos Aires, 24 de junio de 2016

pilux

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