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Son las ocho de la mañana del día de tu decimotercer cumpleaños, y si bien siempre comienzo tus cartas anuales diciéndote “Hola, mi amor”, esta vez siento que debería ir a despertarte, tirarte de las orejas, darte dos besos y un par de sopapos, por las dudas, por lo que habrás hecho o por lo que vas a hacer. Hoy cumplís trece años, mi amor, y ya sos oficialmente un adolescente. Y tu padre, mi amor, que toma café y fuma y siempre está abrumadoramente seguro de todo lo que dice, irradiando autoridad moral y certezas dogmáticas, ese mismo padre que, tras una intención y unos minutos de diversión supo que iba a ser padre, y que un día, después de nueve meses de sensaciones encontradas, de repente se encontró con que tenía en los brazos un pedazo de carne que no hacía más que llorar, comer y cagar, hoy está asustado.

Y perdoname, mi amor, que pase ahora a la primera persona, pero necesito hacerme responsable de las cosas que quiero decirte, porque ya es hora de que sepas, mi amor, que la paternidad no es como correr o saltar; no es como llorar, comer y cagar. Es una cosa que se aprende, sobre todo, a fuerza de equivocarse, y de eso quiero hablarte hoy. De eso y del amor. Mientras la paternidad es probablemente el más difícil de los retos que, como hombre, me ha tocado enfrentar, el amor es la parte fácil. Una parte que se te chorrea, te desborda, te abruma, te transforma en imbécil, y que no se puede evitar. Es desmedido, disparatado y desproporcionado: a los hijos se los ama con demencia, con brutalidad, de manera absoluta y total.

La contemplación pasiva durante nueve meses, mientras tu madre hacía el milagro de cocinar una persona en su vientre, a mí –y a vos también, porque un día no muy lejano vos también serás hombre y te darás cuenta de la enormidad de lo que no sabés– nos queda la teoría, imaginar el padre que queremos ser, imaginar lo mucho que vamos a amar a ese hijo que viene, planificar lo buenos educadores que vamos a ser. Y todo eso, mi amor, se va a la mierda estrepitosamente cuando te ponen un bebé en brazos, cada vez que lo hacés sonreír, cuando llora y su gesto te inunda de ternura, cuando te llama “papá” por primera vez, cuando te mira con una admiración que, en esta vida, un hombre común como yo no recibe de nadie más que de sus hijos.

Y entonces, mi amor, vienen años muy felices, donde aprendés a hablar, a caminar, donde cualquier insignificancia que haga tu bebé te hace sentir orgulloso, donde todo son risas y logros. Y uno quisiera ser ese ser poderoso que ven los hijos, y ser capaz de mantenerte así para siempre. Así, tierno, dulce, inocente, infantil, ávido de mis besos y mis abrazos y mi atención, mi aprobación y mi mirada. Quisiera mantenerte bajo mi protección para siempre.

Y entonces, mi amor, los ingratos de los hijos crecen y empiezan a tener opinión propia, a necesitarte menos, a tener sus propios amigos, su propia vida, y yo me doy cuenta de repente que todos esos deseos no son generosos sino egoístas. Es mi miedo a envejecer, es asumir que, gradualmente, vas perdiendo el control sobre la persona que –literalmente– has fabricado. Y ese hijo ingrato comienza a discrepar, a enfrentarte, a desaprobar tus verdades universales, tu sabiduría de cartón y lata. Ese hijo ya no cree cualquier cosa que le digas sino que la contrasta con la Wikipedia, lo busca en Google y después te lo discute.

Y estoy llegando a lo más importante que quiero decirte hoy, mi amor. Yo fui un adolescente muy difícil, y mi padre, que es un hombre mucho más sabio que yo, me dejó hacer, vigilándome de cerca. Me permitió equivocarme, tomar malas decisiones, y supo esperar con paciencia a que yo volviese a acudir a él, como inevitablemente ocurrió. Yo no estoy seguro de ser tan fuerte ni tan sabio. No estoy seguro de que en algún momento no me vayan a entrar irreprimibles ganas de darte vuelta la cara de un sopapo o de pegarte cuatro gritos.

Pero de lo que sí estoy seguro, mi amor, es de la inmensidad del orgullo que siento cuando te veo defender tus opiniones, cuando te escucho argumentar, cuando te veo equivocarte convencido de que tenés razón, y pelear a brazo partido guerras pueriles e inútiles, pero con la pasión y la fuerza que, en el corazón, tenemos los buenos hombres. Estoy seguro también, de que mi amor por vos es irracional, supera los límites de lo que está bien y lo que está mal, de lo que es justo o injusto. Es tan enorme, tan bestial y tanto más importante que yo mismo, que no importa lo que hagas, siempre, siempre, voy a estar a tu lado, a veces queriéndote dar un sopapo, a veces diciéndote por qué me parece que estás equivocado, pero siempre, siempre, apoyándote, acompañándote e intentando guiarte desde la infinita sabiduría que, muy pronto, te darás cuenta de una vez y para siempre que no tengo.

Y estoy seguro, mi amor, de que hoy empieza la que quizás será la etapa más dura de nuestra relación vital. Tus pasiones van a desbocarse, tu vientre va a llenarse de urgencias y espuma. Vas a sentir la enorme injusticia del mundo conspirando en tu contra y muy probablemente me vas a hacer responsable de eso –a mí y a tu madre–, pero sé también que pasará pronto, y que el hombrecito que hoy va a levantarse, dentro de un ratito nada más, de su cama, será entonces capaz de vislumbrar, por primera vez en su vida, cuánto y con cuánta intensidad lo aman sus padres.

Porque, mi amor –y con esto termino– lo mejor que te hemos dado tu madre y yo no es tu lucidez aterradora, ni tu inteligencia aguda, ni tu capacidad abstracta, ni tu lengua irónica. Lo mejor que te hemos dado, y de lo que más orgulloso me siento, es amor. Amor, total, absoluto e incondicional. Lo mejor que te hemos dado es un montón de aciertos en tu crianza, complementados con un montón de errores, todos y cada uno de ellos (los primeros y los segundos) surgidos de ese amor, que lamentablemente, hijo mío, no conocerás hasta que seas padre.

Estoy listo para empezar la que quizás sea la batalla más importante de mi vida: la de tu adolescencia, la tuya y la de tu hermano, que viene detrás, ya mismo, en cualquier momento.

Nos vamos a gritar, nos vamos a pelear, nos vamos a decir cosas feas, pero también nos vamos a reír, vamos a disfrazarnos juntos, y vamos a jugar los juegos que nos hacen cómplices. Pero sobre todo, mi amor, te voy a seguir amando con locura, con todo lo que soy, con todo lo que puedo, con todo lo que sé y con todo lo que no sé. Sobre todas las cosas quisiera pedirte, mi amor, que sepas perdonar a tu viejo por los errores que se dispone a cometer, y que no pierdas nunca de vista que el amor de un padre es devastador, absoluto y total, pero es la riqueza más profunda que puede darle a un hijo. Y de eso también estoy seguro: he sido capaz de enseñarte a amar y a ser amado. No necesitás nada más para ser buena persona.

 

 

Feliz cumpleaños

Te adora,

Papá

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