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Es como un reencuentro. Hace mucho que el tic tic tic de mi teclado no suena por algo diferente al trabajo. Hace meses. Meses sin escribir, meses largos, meses en los que la vida se movió, se sacudió, cambió de forma, de camino.

Ahora estoy solo en casa, es domingo de tarde y todo vuelve a mí, se arremolina, da vueltas, y me recuerda que, en un par de días nada más, voy a cumplir cuarenta y cinco años. Y entonces me vuelve a asaltar el encanto absurdo por los números redondos, por los múltiplos y los divisores, por el significado inexistente de las cifras, por las verdades que deberían revelarse en algunos momentos, y sin embargo no acuden al llamado.

Y no puedo evitar pensar en este número como en la bisectriz del ángulo recto, la certeza brutal de que, si no pasé ya la mitad de mi vida, entonces es ahora, justo hoy, la mitad exacta y redonda de lo que espero vivir. No puedo evitar sentir en las yemas de mis dedos que hay una frontera cruzada, que cada día que vivo me aleja un poco más del origen, reduce lo posible, mirando hacia adelante. No puedo evitar pensar que, además, hay una trampa oculta en todo esto, un engaño piadoso, la voluntad de creer que todavía hay tiempo.

Pero no es tan así. Puede que esta sea la bisectriz, puede que quede la mitad del camino, pero queda la mitad cuesta arriba, la más difícil, esa en la que vas perdiendo fuerza, reflejos, ilusión, pasión, ganas. Queda la mitad, pero sin embargo, hay una parte de mí en la que sé que ya pulsé más de la mitad de las teclas que voy a pulsar, que ya escribí más de la mitad de las palabras totales, volé más de la mitad de los kilómetros, di más de la mitad de los paseos, recibí en la cara más de la mitad de las lluvias y los vientos, besé a más de la mitad de las mujeres, abracé a más de la mitad de las personas, corrí más de la mitad de los peligros, sufí más de la mitad de las decepciones, peleé más de la mitad de las batallas, soñé más de la mitad de los sueños, trabajé más de la mitad de las horas, me apasioné más de la mitad de las veces.

 

Y entonces me examino, lo hago de manera descarnada, en profundidad. Y no, no es tan así.

 

Porque desde este lugar, desde donde estoy, en la falda de la montaña, se ve con otra perspectiva. Y entonces identifico un filtro con el que comprendo de otra manera, me ofrezco de una forma nueva, me expongo con menos miedo, soy capaz de aprender mejor. Y encuentro ganas, muchas ganas de vivir, de lo que viene, y la mitad me suena al doble.

Tengo el doble de ganas de volar, el doble de ilusión por lo que queda, por recorrer el camino cuesta arriba. Cada hora con mis hijos es el doble de intensa, de placentera, de innovadora. Cada encuentro con personas significa el doble, me deja el doble de datos, de fórmulas, de ideas. Cada palabra escrita tiene el doble de letras, el doble de sinónimos, significa dos veces más; dice, a mi pesar, el doble de lo que pienso. Cada paso nuevo recorre el doble de distancia, me acerca dos veces más adonde quiera que sea que estoy yendo, porque en este momento en el que avanzo al doble de velocidad, el destino final me importa la mitad, pero me hace vibrar el doble.

Y es que, al final, es sencillísimo. A medida que los años pasan, se van, quedan atrás, los que vienen valen más, se sienten más intensamente y me asalta una verdad brutal: lo que no disfrute ahora no volverá. Cada oportunidad de vivir se transforma en única. Ya no me pregunto por la juventud que tuve, sino que la reaprovecho, la utilizo para darle significado al ahora, para entender que, cuando creemos que nos terminamos de preparar para vivir, entonces la vida se está pasando, y mientras nos mirábamos los pies, en la ventana un rayo de sol iluminaba el presente.

Nunca más voy a cumplir cuarenta y cinco años, nunca más voy a dividir, tan claramente en dos mi vida. Es hoy. Es ahora. Todo está por vivir. Esto recién empieza.

 

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