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Hola Pablo, hola hijo, hola, mi amor. En muchas otras de mis cartas te llamo simplemente “mi amor”, pero algo me dice que estás grande para eso, que al hombrecito que amanece en tu cuerpo le incomoda esa cercanía, ese padre que te quiere como niño, como hombre, como hijo. Y lo entiendo, hijo, lo entiendo. Creeme que lo entiendo, que pasé por eso, que una vez tuve bajo la piel a un hombre incipiente, un grito en el pecho buscando salida, una rebelión desatada en las venas.

Pero esta cita anual, hijo, es un privilegio que me reservo para escribirte, para contarte lo que siento, lo que aprendo de vos, lo que tu año aporta a mi vida. Y aunque lo hago para vos, aunque te escribo con la esperanza de que un día lo descubras, y leas, una por una, las cartas que año a año escribo para celebrar tu vida, es un espacio que es mío. Es el lugar en el que me importa poco y nada todo lo que no sea ser tu padre, el santuario donde puedo ser padre y madre, donde puedo amarte con locura y decirte “mi amor”, aunque te pongas colorado. Es el planeta donde te sigo besando en los labios, donde te abrazo durante horas, donde aún dormís la siesta recostado en mi pecho. Y necesito que entiendas, mi amor, que no importa si un día tenés barba o pelos en los huevos, que me da o mismo si alguna vez tenés novia, novio o tus propios hijos, que sé que algún día serás hombre y ganarás tu pan, y que tal vez llegue el momento en el que yo te necesite a vos más de lo que vos me necesites a mí. Todo eso será, pero en este templo, en mi guarida infinita y eterna, sos mi bebé, mi niño, mi hijito, al que le cambié pañales, al que consolé muchas noches, al que le grité mas veces de las que me gustaría. Sos mi nene, ese que se hacía pis y caca, el que me miraba con dos ojazos que parecían creer que yo lo podía todo, que lo sabía todo, que lo tenía todo bajo control. Sos la continuidad de mi sangre, la perpetuidad de mis tripas, el objetivo final de lo mejor de mí, de los sueños con que muevo la tierra, del amor con el que me levanto todas las mañanas para enfrentarme al mundo, de mis miedos anónimos, de mis cobardías secretas y mis valentías ufanas, de la tremenda dedicación con que me equivoco, una y otra vez, tratando de hacerte una persona mejor, intentando guiarte por un camino que desconozco, sin saber nada, sin más armas que un puñado de buenas intenciones y un amor infinito, sin más triunfos en mi mano que las tres o cuatro razones por las que creo que soy buena persona.

Y no es casual, mi amor, que sea en tu cumpleaños número catorce que te escribo estas cosas. Lo hago porque alcanzaste una frontera, porque tu cuerpo de niño desaparece rápidamente bajo una torpeza adolescente que es casi como llevar a una vaca a un salón de té, porque tu humor muta a toda velocidad hacia el sarcasmo y la ironía propias de los adultos, porque puedo sentir, hijo, mi amor, como poco a poco te vas queriendo medir conmigo, en una vana contienda de hombre a hombre, en una disputa de macho alfa sin sentido, en la que te probás a vos mismo, y te probás contra el molde que te hizo, te probás contra mí. Y es algo que me emociona, y a la vez me sorprende día a día. Me enorgullece verte velar tus armas, elegirlas con cuidado y blandirlas con valentía. Me deslumbra descubrir que hay en vos un coraje que yo nunca tuve, y una necesidad tremenda de ponerlo a prueba.

Pero también, mi amor, veo en vos algunos de mis defectos, reconozco en tu hombrecito cosas que me gustaría no haberle enseñado nunca. Y son cosas que no van en esta carta, porque esta carta es de celebración; pero lo que sí va aquí, lo que quiero decirte sobre eso, es que una de las cosas más difíciles de ser hombre es aceptar lo peor de uno mismo, y que al mismo tiempo, el padre que tenés, el hombre que soy, no es posible sin esas debilidades, sin los defectos, sin los fallos continuados que, por suerte, a mis cuarenta y cinco años, me siguen permitiendo aprender cosas. Y te lo digo, mi amor, porque estás en una edad en que los padres dejamos de ser héroes, y empezamos a ser molestos, nos quejamos, te pedimos que colabores, que levantes la mesa, que laves los platos, que vayas al supermercado. Te lo digo porque, cada vez más, salgo al cruce de tus defectos. Lo hago por dos razones. La primera es que te amo con locura, pero eso ya lo sabés. La segunda, mi amor, es que, desde mi torpeza, desde lo poco que sabía de ser padre antes de que llegaras a mi vida, intento regalarte lo que aprendí, lo que mis propias cicatrices permiten leer en mi piel. Y en este caso, mi amor, no es más que decirte que todos los seres humanos estamos llenos de miserias, de egoísmos estúpidos, de deseos infantiles, de caprichos mundanos. Y no pasa nada. La mejor forma de vivir con eso es abrazarlo, es aceptar que, al igual que el resto de los primates, no somos posibles sin nuestros fallos, sin nuestros defectos. Es el primer paso para ser una persona mejor: entender qué es lo que se puede mejorar.

Y no creas, mi amor, que te digo esto porque pienso que puedo aportarte sabiduría. Te lo digo porque comienzo a aceptar que me acerco a la madurez, y a entender que, mucho más que la poca o mucha sabiduría que pueda ofrecerte, lo mejor que puedo darte es el resultado de mi experiencia, junto con mi amor incondicional, con mi deseo profundo de verte convertido en un hombre.

Te lo digo, mi amor, porque como padre, me arrancaría los ojos con una cuchara si supiese que eso te garantiza una vida larga y plena. Viviría en mi cuerpo todos tus dolores si con eso pudiera evitártelos, sufriría tus desengaños amorosos, asumiría tus derrotas, me llevaría tus golpes, sangraría tus heridas, moriría en tu lugar. Y sería un error, porque a los padres, mi amor, nos cuesta mucho entender que los hijos no son nuestros, que sus vidas son suyas, y que tenemos que saber estar sin interferir, guiar sin dirigir. Y es imposible no desear vestir tu piel para evitarte mis errores, pero a veces pienso que no es más que un autoengaño para contar con una segunda oportunidad.

Quiero decirte, mi amor -y con esto termino-, que estás conquistando lo que Sumo, honrando a Rubén Darío, llamaba “Juventud, divino tesoro”, y que con la juventud vienen los dolores más fuertes del corazón, los sufrimientos más intensos, los errores más tontos, pero también una fuerza vital pura, un poder inmortal, y una capacidad de entrega que no se vuelve a tener en la vida. Y quiero, mi amor, ser parte de tu juventud, ser una piedra de tu divino tesoro, jugar tus juegos, estar con vos. Pero el mejor consejo que puedo darte, hijo, mi amor, lo más sabio que puedo decirte, el secreto más preciado que puedo compartir, es pedirte por favor que no le permitas a tu viejo meterse en lo que no le importa, que elijas el hombre que querés ser y entonces nada te detenga, que te lleves por delante al mundo, a tu padre, a tu madre y a la santa puta madre que lo parió.

¿Y sabés por qué, hijo, mi amor?

Porque sé que vas a equivocarte mucho, muchísimo, y que tus errores van a traerte dolor, pero es mucho más sano que te equivoques con tus reglas, con tus ideas, con tus convicciones, con la persona que sos y con la que querés ser. Y así es este juego, yo no voy a saber no meterme, no corregirte, no decirte lo que creo que tenés que hacer, porque para eso soy tu padre. Y vos, hijo, vos, mi amor, tenés que cagarte en lo que yo te diga, porque para eso sos mi hijo.

Te adora, Papá

23 de Junio de 2018, en la ciudad de los prodigios

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