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Ser padre es, probablemente, lo más gratificante que hice con mi vida. Y es, también y sin ninguna duda, lo más difícil que hice. Y como es tan difícil, en lugar de hacerlo con mi vida lo hice con las de mis hijos. No es que sea difícil por sufrido, me resultó -me resulta- enormemente placentero. No es algorítmicamente difícil, ni requiere procesos de cálculo diferencial. No es difícil porque te obligue a enfrentar enemigos ni peligros, ni porque se requieran proezas físicas o destreza de funambulista. Es difícil, simple y sencillamente, porque te refleja contra tus propias carencias, porque te enfrenta a tus pequeñas virtudes y a tus enormes defectos, porque te prueba, ética y emocionalmente, hasta el límite máximo que sos capaz de alcanzar, hasta la frontera última de tus creencias, de tus valores, de tu ternura.

Pero es difícil, sobre todo, porque te fuerza a entender por completo la potencia brutal de las consecuencias de tus actos, la revelación absoluta de que a nadie le importa un carajo tu sabiduría ancestral, ni nada de lo que seas capaz de decir, porque en última instancia tus hijos siguen tus ejemplos, agregan las huellas de sus pasos sobre las tuyas, aportan errores nuevos, y se transforman en personas completamente autónomas reproduciendo un patrón moldeado no por lo que querías, no por lo que dijiste saber, sino por lo buena o mala persona que seas, por el ejemplo que diste, por tu forma de entender la vida.

Y a mí, en la era de la mujer, me tocó ser padre de varones. No soy capaz de explicar, antes de que naciera mi primer hijo, la tremenda fuerza de mi deseo de ser padre de una nena. No sé contarlo, no conozco las palabras para describir lo trascendental, lo inmensamente potente de ese deseo: quería traer al mundo a una mujer libre. Tampoco puedo contar, sin sentirme un poco banal y caprichoso, la velocidad con que eso dejó de importarme, ni bien tuve a mi primer hijo en brazos, ni lo poco que me importaba cuando esperaba al segundo, porque para entonces ya había entendido que no importa si es varón o nena, lindo o feo, no importa si se ríe o llora, si obedece o protesta, si juega o duerme. En cualquiera de los casos un hijo dinamita la capacidad de amar de cualquier persona, la explota, la demuele y la transforma en algo mucho más pleno, puro y enorme. Yo no sabía que se pudiera amar así. No estoy seguro de haberlo entendido ahora, pero con dos hijos varones ya adolescentes, aún me duele el pecho cada vez que los abrazo, se me parte el alma cuando los regaño, me cruje el estómago cuando los beso, y me siento morir de orgullo al menos diez veces por semana, mientras otras tantas el miedo me asalta cuando los veo perpetuar mis errores.

 

Y tengo varones, decía, en la era de la mujer.

 

Hace unos pocos días, pasó algo que no es muy frecuente. Daniel se fue por ahí con sus amigos, y me quedé solo con Pablo. Normalmente miramos alguna serie, charlamos o simplemente jugamos a las cartas. Pablo está en esa edad en la que prefiere jugar videojuegos a casi cualquier otra cosa, pero ese día, no sé por qué, el cuerpo me pidió que lo invitara a un café, pensando que me diría que no tenía ganas, que mejor nos quedásemos en casa. “¿Vamos al bar a tomar algo?”, pregunté. Su carita, que ya no es de niño, se iluminó como entonces, y me dijo que sí con entusiasmo, con alegría, con esa franqueza que a los adultos, a veces, nos resulta casi antinatural.

 

Allá nos fuimos. A por un café.

 

Dos hombres y una mesa de bar. No puedo contar las veces que sucedió en mi vida. Las charlas trascendentales con las que iba a cambiar el mundo, el relato equívoco de proezas femeninas, los sueños con los que muevo el planeta, los proyectos de besos, los adioses anticipados o póstumos, la dimensión inabarcable de la amistad masculina.

 

Y sí, no tuve ninguna niña. Me hubiese gustado mucho, muchísimo, poder educar a una mujer en la era de la mujer.

 

Pero tuve dos varones. Dos hombres que hoy, ya son mucho, muchísimo mejores que yo. Y entonces, después de los pañales y las cacas, después de los llantos por la sopa y los mocos por todos lados, después de bajarlos una y mil veces dormidos del coche, después de las tardes de plaza y la primera bicicleta, después de enseñarles cien, mil, diez mil cosas intrascendentes, un día cualquiera somos solamente dos hombres en un bar. Dos hombres charlando. Dos hombres compartiendo de igual a igual. Dos camaradas que en lugar de llorarse las penas el uno al otro, no necesitan más que una palmada de oso en la espalda para confesarse su amor como hombres.

 

Y yo me siento imbécil, porque de golpe y sin razón alguna me dan ganas de llorar, de abrazar a mi hijo y de decirle que admiro al hombre en que se está convirtiendo, de ir a buscar a mi otro hijo, arrancarlo de lo que esté haciendo con sus amigos y convocarlo a esa mesa de bar, para decirle lo mismo que necesito decirle a su hermano, para volver a besarlos a ambos en los labios, como cuando eran chiquitos, para suplicarles a ambos que no abandonen esta forma de ser hombres, la que hace que, en la era de la mujer, un padre pueda sentirse plenamente orgulloso de sus hijos varones, de los hombres que son, de sus valores, de sus ideas propias, de su sensibilidad, de la amplitud de la ventana por la que miran el mundo.

 

Entonces, la magia del momento se rompió. Aparecieron -vivimos en un pueblo, que es algo todavía más pequeño que un barrio- los amigos de Pablo. En grupo, pelota bajo el brazo, se detuvieron frente a nuestra mesa y nos pusimos a charlar. Cuando se iban, insistieron: “Pablo, ¿te vienes con nosotros?”. La tarde todavía era joven, el clima estaba precioso, con un sol muy rojo vigilante y amigo; era un momento para ser niño, para ir a jugar. Pablo me consultó con una mirada rápida, imperceptible, y yo le sonreí. “Andá, hijo. Yo me termino el café y te espero en casa, no te preocupes.” El se rió. Miró a sus amigos y respondió: “No, gracias, vayan. Estoy tomando algo con mi Padre.” Lo dijo con naturalidad, sin afectación, sin vergüenza. Lo dijo sin obligación, con libertad y con alegría.

Los chicos se fueron, haciendo ruido, empujándose unos a otros y riendo. Pablo no dijo nada, simplemente me miró, e inmediatamente volvió a ser un hombre, con otro hombre, sentado a la mesa de un bar, hablando de pavadas sin ninguna trascendencia, pero pavadas que dejan leer entre líneas que esos dos hombres están ahí, el uno para el otro, y que, al menos durante ese rato, hay entre ellos una camaradería inquebrantable, que son compañeros de armas, gladiadores que luchan en el mismo equipo, borrachitos alegres que se quieren estrepitosamente.

 

Y yo me derretí por dentro. No dije nada, porque aún en la era de la mujer, cuando a los hombres se nos empieza a permitir ser más sensibles, conectar mejor con las emociones, aún ahora, todavía hay cosas que los hombres no nos decimos. No me quería quedar con esa emoción dentro, pero el pecho se me quebró de amor, porque en ese momento, esa tarde, a esa hora, mi chiquito, mi hijito, fue muy hombre, y prefirió pasar un rato más a solas con su padre.

 

Eso me hizo pensar. Quizás lo que más me enorgullece de mis hijos, de ambos, es su enorme lealtad. Son leales ante todo, frente a todo, siempre. Y así como son hijos leales, puedo sentir al mirarlos, al hablar con ellos, que serán novios leales, amigos leales, yernos leales, padres leales -tal vez, algún día-. Serán leales con sus amigos, con su trabajo, con su día a día, con el mundo que los abriga y los agrede, con sus verdades pequeñas y sus vergüenzas privadas. Serán leales con sus padres, y, por supuesto, serán leales con todas y cada una de las mujeres de su vida.

 

Y ya no me da pena no haber tenido hijas en la era de la mujer, porque puedo saber, mirando a mis hijos a los ojos, que son hombres, que son buenas personas, y que están muy bien preparados para vivir en un mundo nuevo, donde mis experiencias, la forma en la que yo aprendí a ser hombre, ya no es válida -por suerte-. Aprendimos juntos a ser hombres en la era de la mujer, y mis hijos lo harán mucho, mucho mejor que yo.

 

Es tremendamente emocionante estar orgulloso de ser hombre, porque hoy, ahora, estamos construyendo un nuevo significado de la hombría, que es mucho más humano, mucho mejor, y mucho, muchísimo más difícil de ejercer. Es conmovedor estar tan orgulloso de los dos hombres que ayudé a construir, en el siglo de la mujer. Por eso quería celebrar esa tarde. Por eso quiero dejar un registro de lo que sentí. Por eso quiero alzar mi taza, y celebrar que estamos cambiando, todos, que estamos haciendo que el mundo sea mejor, y que los hombres nuevos que vienen serán lo suficientemente hombres para vivir codo con codo, de igual a igual, en la era de la mujer. Levanto mi taza, por mis hijos, por un mundo nuevo de hombres y mujeres todos juntos, por el orgullo que, todos los días, me hacen sentir.

Levanto mi taza, brindo, entre hombres, con mis hijos, y esa taza humea café con aroma de varón.

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One Response to Café con aroma de varón

  1. susi grau dice:

    Excelente artículo. Sus hijos tienen a quién parecerse. Le felicito por la esperanza que significa para los hombres, usted, que es hombre y es persona humana.

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