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1981. Por fin, mi habitación para mí solo. Un rato, nomás, mientras mi hermana pasaba la tarde en lo de una amiga o pelotudeaba en el paredón a la hora de la pavada. Entonces abría mi cajón, sacaba una lata de Nesquick de medio kilo, con los rebordes oxidados, despintada -la grosería de los envases de plástico aún no dominaba el mundo-, llena de bolitas comunes, de vidrio. Para mí eran como perlas fabulosas, un tesoro privado. La japonesa, la chilena, la lechera. Nombres de fantasía que utilizábamos para dirimir las disputas en el arenero de la plaza. El hopi y la quema, los dos hitos que había que alcanzar para derrotar al rival, para obtener otra bola de vidrio, para aumentar el tesoro. Pero en esas tardes, simplemente me sentaba en el suelo, las piernas chuecas de cualquier manera, y las bolitas danzando. Hacía una fila, aprovechando el reborde semejante a una vía de tren de la lata. Las ponía ahí, las hacía girar. Me podía pasar horas, solo, las rodillas en una posición inverosímil. No eran las bolitas, ni el juego. Era la ilusión de tener la habitación para mí solo. Era difícil estar solo en esa época. Habitación compartida. Demasiados hermanos, demasiadas personas, la escuela, la plaza. Y, por supuesto, la baja necesidad de intimidad que tienen los niños.

El asunto es que eran tan pocas las oportunidades de soledad, que cuando se presentaban eran un auténtico disfrute. No había necesidad de gestionar la soledad, porque un universo fantástico acudía sin ser llamado. Dragones y piratas, fantasmas y ensueños, bolitas de vidrio y cochecitos. No hacía falta más, porque el imaginario también estaba sobrepoblado de personajes, de hazañas por realizar, de mundos por visitar, de historias inconclusas e historietas ajenas, de niñas rubias de labios rojos rojos, de héroes indestructibles, justicieros enmascarados, demonios de sombra blanca. No había videojuegos. No había internet. No había manera de conservar las rodillas limpias.

 

Ser niño era una maravilla, sí, pero no se aprendía a gestionar la soledad.

 

2018. Inmigrado a otro continente. Padre separado. Lejos de mis amigos. Maniático, difícil, estructurado, desordenado, perezoso. Entonces, un fin de semana de éstos que los niños no están conmigo, por mil millonésima vez, decido releer Cien años de Soledad. Lo hago casi todos los años, y un fin de semana de tres días con perspectiva de pasarlos solo en casa parece ideal. Y entonces me invade la misma soledad que a los Buendía. Los edecanes del Coronel trazan un círculo de tiza de tres metros a mi alrededor, y desde su centro puedo observar al Judío Errante, al monumental José Arcadio Buendía atado bajo el castaño, puedo escuchar las pinzas laboriosas de un ejército de hormigas devorando al último de la estirpe. Ni siquiera huele a papel, porque lo leo en mi Amazon Kindle, mientras mi teléfono dispara cada pocos minutos notificaciones de un mundo cibernético sobrepoblado, saturado de información inútil, de personas ajenas, de mercados persas de carne humana, de mensajes envasados al vacío en botellas de bytes, de imágenes superpuestas, una tras otra. Personas, comidas, paisajes, frases astutas, instantes de otras vidas, de otros lugares, todo tiene el mismo valor de verdad. Todo es igual de cierto o falso, todo deambula, y si entrecierro los ojos puedo ver el aire saturado de información, puedo sentir en mi piel, en mis órganos, en mi carne y mi sangre, cómo me atraviesa un torrente de información que no es mía, que no es para mí, que no me interesa, pero por alguna razón la reviso, la leo, la dejo pasar, la interpreto, la escucho en las yemas de mis dedos, la recorro con los ojos, la incorporo o la descarto en un instante, porque las vacaciones en la playa de alguien se mezclan con el reclamo desesperado de una familia que perdió a una hija, mientras algunos agitan banderas y otros nos dejan saber qué música les gusta, al mismo tiempo que un grafitti de una pared anónima traslada una idea luminosa de no sabemos quién.

 

Y entonces pienso otra vez en Macondo, en los Buendía, y me asombro al sentir que ambas soledades son extremadamente parecidas, soledades repletas de absurdos, de fragmentos, de palabras de otras personas. Y añoro la soledad pura y simple de mis bolitas de vidrio, de las tardes robadas al estrépito de mis hermanos. Volver de la plaza y descubrir que en casa no había nadie. Quedarme esperando solo en un pasillo en el que cada pocos minutos se apagaba la luz, y el corazón golpeando fuerte.

 

Ahora tampoco sabemos gestionar la soledad. No hay espacio para la soledad. No se puede dejar afuera al mundo, es tremendamente difícil dedicar la totalidad de nuestra atención a una sola cosa, focalizarse en un único espacio, un único momento y comprender que sí, que estamos solos, que parecemos haber olvidado que a veces es saludable encontrarnos sin más motivos que una tarde de otoño. A mis cuarenta y cinco años, me siento idiota cuando me dan ganas de llamar a personas reales, de carne y hueso, para preguntarles qué van a hacer un sábado por la noche, simplemente porque quizás no tenga ganas de estar solo. Y creo que si fuésemos capaces de desterrar de la soledad los artificios que la hacen ruidosa y superpoblada, quizás recuperaríamos el placer de encontrarnos, de mirarnos a los ojos, de reírnos unos de otros. Creo que si un mundo estúpidamente falso, pero inconmensurablemente vasto, no estuviese al alcance de la mano, entonces los humanos saldríamos más a la calle, haríamos más esfuerzo por vernos, por tocarnos, por sentirnos cerca.

 

2018. Hemos matado a la soledad, la hemos convertido en un fantasma espantado de sí mismo, en una sombra al acecho, en un terror indefinido en alguna parte del cuerpo. Nos hemos olvidado de que es precisamente la soledad la que hace posible el encuentro.

 

Y entonces, hoy, apagué mi teléfono, me acerqué a la ventana y decidí abrazar mi nueva soledad de padre separado, empezar a entenderla nuevamente en clave de contacto humano, y no pude evitar una sonrisa torcida cuando, por el pedacito de cielo que puedo ver, reconocí la silueta inconfundible de Remedios, la bella, interfiriendo las comunicaciones de la red 4G con el aura inconfundible de la soledad de los Buendía, al mismo tiempo que, una vez más, sube en cuerpo y alma al reino de los cielos, y secretamente supe, en la piel y en la sangre, que las estirpes condenadas a cien gigabytes de soledad no vuelven a tener una segunda oportunidad sobre la tierra.

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One Response to Cien gigabytes de soledad

  1. Patricia Pereire dice:

    Soy Patri una admiradora parisina, vieja amiga de tu viejo. Escribís tan bien que me transportas y siento la luz, los olores… Para cuandobel libro? Dale…

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