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Hola, mi chiquito. Hola, mi amor. Alcemos las varitas, porque como todos los años, los ocres de otoño auguran la llegada de tu cumpleaños, y te alejás un poquito más del suelo, te hacés un poquito más hombre y un poquito menos niño. Y algunas veces, Daniel, me parecía que tu día me encontraba siempre igual, siempre en el mismo sitio, siempre con las mismas emociones, con los mismos pecados sin expiar, con las mismas culpas, con las mismas pequeñas proezas, con los mismos enormes defectos; pero no, no es así. Yo también cambio, crezco algo, envejezco otro poco, me ensancho, me acomodo, me reinvento.

Y no me olvido, mi amor, de que el año pasado falté a la cita, y mi carta no llegó. Te pido perdón, pero sé que vos entendés: era un momento triste.

Pero hoy, Daniel, hoy, chiquitín, quiero hablarte de vos, de tus ojos compañeros y leales, de tu sonrisa solar, de tus dientes desordenados, de tu niñez mágica, de tu verbo exquisito, de tu luz infinita.

El año pasado cumplías once, y mi carta -como cuando los cumplió tu hermano- debía haber sido la de Hogwarts, la que te descubriese que sos mucho más que el niño que el espejo te devuelve, la que te hablase de tu coraje, de tu inmensa ternura, de los sortilegios que sos capaz de conjurar, con solo invocarlos con la mirada. Debí haberte dicho que, aunque Albus no te escriba, la magia comienza para vos de todas formas, y simplemente porque la magia, cuando se lleva en el pecho, cuando se la vive en el alma, mi amor, nunca termina.

Y debo confesarte, hijo, que se me están quemando los papeles, se me acaba la sabiduría. Al principio, estas cartas anuales, este ritual de consonantes y vocales, no era más que un pobre intento de guiarte, de dejarte en algún lado un pedacito de lo que aprendí siendo tu padre, de contarte cómo poco a poco te veía crecer, cómo te adoraba cada vez más, cómo te sentía apoderarte de tu mundo, levantar la mirada, reconocer el terreno, estudiar al rival peligroso y sensual que es la vida. Pero poco a poco voy sintiendo que el papá que inventé para ustedes -para vos y para tu hermano-, el hombre sabio que todos los días me esfuerzo en mejorar, es en realidad un pobre tipo al que no le cabe el corazón en las manos, al que ya no le quedan recursos para ofrecerte un horizonte más luminoso que el tuyo propio. Y no es algo malo. Es sencillamente que cada año siento más claramente que ya has aprendido todo lo que puedo ofrecerte, como hombre y como padre, que tus instintos básicos son casi siempre tan certeros, tan naturalmente correctos que me asusto, me asombro y me lleno de orgullo. Es en las cosas importantes, mi amor, en donde siento que ya sos mucho, muchísimo mejor que yo. Claro que me seguís necesitando, pero necesitás al padre tradicional, el que te dice que te duches, el que te manda a ordenar la habitación o a sacar la basura, el que te sugiere que te abrigues, el que te cocina tartas de jamón y queso. Necesitás el padre que pone límites, el que juega a las cartas una tarde de lluvia, el que te traduce las partes feas del mundo.

Pero quiero decirte, mi amor, que me maravilla descubrir que no me necesitás para soñar, ni para ser leal, ni para que lo que es justo y correcto sea siempre tu primer instinto. No necesitás que te explique cómo no ser egoísta, cómo ser buena persona, cómo ofrecer como un hombre tu corazón de niño, cómo amar, cómo respetar las elecciones de los demás, como aceptar naturalmente lo diferente, cómo explorar tu propio potencial.

Y a veces, mi amor, los adultos, que somos egoístas, que necesitamos ser necesarios, que deseamos que los hijos sean siempre niños, siempre nuestros, que siempre sueñen nuestros sueños, piensen nuestras ideas, sufran nuestros dolores, hablen nuestra lengua y repitan nuestros mantras, a veces no entendemos que una vida deja de pertenecernos tan pronto como se para sobre sus propios pies.

Y tu padre, hijo, no es una excepción. Soy un adulto más, y mis recursos son pobres, limitados, y claramente menores que los tuyos. Pero necesito decirte, hijo, mi amor, que hoy quiero celebrar con vos que esto esté sucediendo, porque tu calidad humana, la luz de tu mirada, la maravilla de tu ternura infinita, la salud con la que sabés amar, hacen que me sienta libre de mis miserias como padre, hacen que entienda, de una vez y para siempre, que mi guía moral va dejando de ser necesaria, y a pesar de eso, no dejás de necesitarme. Es solo que ahora, chiquitín, ahora, Daniel, me necesitás simplemente para que te cuide, para que te acompañe en el tramo final del camino de hacerte hombre, más para aprender que para enseñarte cómo hacerlo. Me necesitás para que te abrace, para que te ame, para que te permita que sigas conmoviéndome en cada abrazo, estremeciéndome en cada contacto de tus ojos, leyendo de tus labios la honestidad de tus besos.

Perdoname, soy un poco tonto, y cada vez que te escribo -no se lo digas a nadie- se me caen las lágrimas. No soy capaz de entender cómo de mamá y de mí salieron dos personas de la calidad humana que tienen vos y tu hermano. No soy capaz de sentir que los merezco, y sin embargo, mi amor, si fuera capaz de contarte mi orgullo, de escribir la profundidad de mi amor, de describir los terremotos de mi piel cuando te abrazo, si supiera decirte que se me desgarra el pecho cuando estás cerca, entonces, hijito, sabrías que sí, que hay una razón para todo, porque la admiración y el orgullo que siento por la persona en la que te estás convirtiendo no son producto de la sabiduría, sino del amor. Hacé lo que quieras con tu vida, hijo, lo que te pida tu corazón, que no se equivoca nunca. Estudiá lo que quieras. Trabajá de lo que quieras. Formá la familia que te dé la gana, o no formes ninguna si no querés. Lo único que te pido, hijo, es que bajo ningún concepto renuncies a amar como lo hacés. Amá, hijo. A tus amigos, a tus parejas, a tu hermano, a tus padres. Amá, porque tu amor, Daniel, tu amor, hijo, ennoblece a quien lo recibe. Tu amor es lo más generoso que existe, es la dulzura más tierna, más pura, más profunda. Tu amor, Daniel, hace que todos seamos mejores personas.

Me despido hasta el año que viene, mi amor, mi chiquitín. Me despido con besos, con abrazos, con la piel, con los ojos, con las manos. Me despido para estar juntos, para seguir juntos, para amarte todavía más. Y te pido, hijito, que levantes tu varita y murmures un conjuro para guiarme otro año por el laberinto de ser tu padre, para ahuyentar las sombras que de vez en cuando me habitan, para seguir, como siempre,  iluminando mi vida: Lumos!

 

Barcelona, 16 de Octubre de 2018

Te adora, Papá

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