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Hola, mi amor -siempre que te escribo empiezo así-. Son quince años ya. Quince. Una década y media. Cinco mil cuatrocientos setenta y ocho días, contando tres años bisiestos. Ciento treinta y una mil cuatrocientas setenta y dos horas de paternidad, y aún siento que no acumulo experiencia suficiente para saber qué hacer, para comprender cabalmente lo que ocurre, para dejar de sorprenderme.

¿Sabés? A veces, vos y tu hermano se ríen de mi memoria, y es verdad que ya no es lo que solía ser, lo admito. Pero aún puedo sentir en la piel la primera vez que te tuve en brazos, y es un recuerdo tricéfalo. La primer cabeza es la emoción profunda, que me hizo temblar y a la vez me sembró en el suelo, violentamente, acompañada de un miedo encarnado en las tripas, miedo a nada, a vos, a no ser buen padre, a lo absoluto y eterno de la paternidad. La segunda cabeza es física, es el recuerdo a nivel celular, la certeza en la piel de que la vida había cambiado: el primer momento en que te tuve en brazos, poco más de tres kilogramos de carne berreante y llanto, rojo rojo, con la cara hinchada y un cuerpecito minúsculo que se me doblaba en las manos, se me escurría, parecía que te ibas a romper. Y aún así, eras la cosa más bella que había visto en mi vida. Todavía puedo sentir tu piel de cera, tu pechito de bebé subiendo y bajando al son de una respiración con compás de espera. Puedo saber el olor vaporoso de tu caca de bebé, puedo revivir tus encías lisas, tus ojos sorprendidos y asustados, tus veinte dedos minúsculos de uñas microscópicas. Puedo resucitar la sensación vívida de recostarte sobre mi pecho, y entonces sentir cómo la calma crecía en vos, cómo te dormías, puedo recuperar un amor tan violento y tan feroz que yo mismo me asusto. Y la tercer cabeza, hijo, mi amor, es esa con la que, independientemente de lo que me esté pasando, siempre estoy pendiente de las maravillas del mundo, de lo incomprensible y de lo mágico. Y esa cabeza alucinaba, pensando en lo inverosímil del horno mágico de Mamá, capaz de cocinar, a partir de una célula, un bebé en tan solo cuarenta semanas. Intentaba recrear lo absurdo de los miles de millones de divisiones mitóticas que transforman un cigoto en una persona chiquitita, y es de los pocos momentos de mi vida en los que casi comprendo a las personas religiosas, porque es durísimo asumir y comprender que no hay una voluntad superior asegurando que algo tan improbable llegue a buen puerto.

Entonces, mi amor, los insensibles del hospital te dicen que ya está, que te podés ir, y que a partir de ahora sos responsable de una persona más. Y Mamá y yo, mi amor, como ciudadanos obedientes y ovejas adiestradas, allá nos fuimos, a casa, con tres kilos y medio de bebé llorando.

Y recuerdo que creí que era imposible vivir algo tan mágico otra vez, que estaba seguro de no volver a sorprenderme tanto jamás. De esto, por supuesto, la vida te corrige a sopapos en seguida, porque la primera media hora de la vida de tu hermano, en mis brazos, es otro de los momentos irrenunciables de mi vida. Pero hablamos de vos, y te decía que, como hombre, como ser humano, creía que mi capacidad de asombro estaba agotada, había llegado a lo máximo, al punto sin retorno a partir del cual ni siquiera vale la pena seguir alerta.

Y esta mañana te miraba desayunar, ya más alto que yo, y volvía a la mitosis celular, a un proceso de cinco mil cuatrocientos setenta y ocho días que transformó esos huesecillos de papel en la osamenta de un hombre adulto, la carita hinchada y berreante en tus rasgos jóvenes, hermosos (sí, para mí sos hermoso, así de imbéciles somos los padres). Y de por sí, solamente la transformación ósea, los huesos que adivino debajo de tu carne, son suficientes para volverse supersticioso, para creer en lo que sea si da una explicación comprensible, desde mi ignorancia, a la transformación épica de tu cuerpo de bebé en casi un hombre.

Pero una vez más, mi amor, los hijos me ponen a prueba. Y me veo obligado a reconocer que, lo que de verdad me llena de asombro, lo que es una auténtica razón para volverse místico y creer en dioses, estrellas y centauros, es la persona en la que te estás convirtiendo, a pesar mío, más allá de mis limitaciones y de lo poco o mucho que he podido ofrecerte.

Yo deseaba ser padre como ninguna otra cosa, más que nada. Pero nunca, nunca pensé, mi amor, que iba a sentir las cosas que estoy sintiendo, como hombre y como padre, y que no te cuento en esta carta, no porque no sea capaz de expresarlas con palabras, sino porque hay un punto en el que empiezo a creer que ya no tengo perspectiva, que no soy objetivo, y que quizás no sea bueno para vos que te diga cuánto te admiro, cuánto orgullo siento, y las cosas de las que sería capaz para ofrecerte un camino mejor que el que supe hacer para mí.

Y me quiero llamar al silencio, hijo, hijito, mi amor, porque ya sos un hombre, y entre hombres las leyes de los hombres dicen que no debemos escribirnos cartas de amor, no debemos tocarnos ni besarnos, no debemos amarnos con locura. Y yo, mi amor, que soy un hombre, te amo con locura, y me gusta hacerte una caricia en los hombros, y me gusta abrazarte y besarte y escribirte cartas de amor, y mi pobre hombría no tiembla por eso, pero vamos a respetar las reglas.

Te escribo porque te escribo todos los años, porque me gusta dejar un registro de tus cumpleaños, y porque espero que algún día, quizás cuando yo no esté, la relectura de estas palabras pueda devolverte aunque sea una parte del amor desorbitado de tu viejo, un hombre más, que después de nada menos que cinco mil cuatrocientos setenta y ocho días, aún no es capaz de sentir que sabe cómo ser tu padre, ni de creer la suerte que te trajo hasta él.

Y sí, mi amor. No sos más que un saco de células, tejido, músculo y sangre. Una bolsa de agua roja y funciones fisiológicas. Pero hay algo, mi amor, que va más allá de la ciencia que lo explica todo, y es cómo esa bolsa de carne es capaz de retener a lo mejor que somos, el intangible desde el que somos capaces de amar. Y es desde ahí, hijo, que hoy quiero decirte que cada segundo de los cinco mil setecientos cuarenta y ocho días, valió enormemente la pena si hoy, tu saco de carne y huesos es capaz de hospedar para el mundo la persona que sos.

Gracias por hacerme padre. Gracias por tu amor. Gracias por tu inteligencia. Gracias por tu sentido del humor. Gracias por los cinco mil setecientos cuarenta y ocho días de amor que hoy tenemos derecho a celebrar.

Te adora,
Papá
Barcelona, 24 de Junio de 2019

 

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