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Zorro, viejo, y a mucha honra | Federico Firpo Bodner

A mis 47 años no es un secreto que, de un sobrepoblado universo de héroes, superhéroes, mutantes con buenas o malas intenciones, guerreros de lealtades firmes a veces y dudosas otras, elfos infalibles y enanos maquinadores, mi preferido es, fue y será El Zorro. Lo explico en El descanso de los Héroes, pero por recordarlo de forma muy resumida, desde niño me parecía que, a pesar de ser admirable, tener superpoderes prácticamente te obliga a dedicarte al bien común, mientras que los hombres normales que lo único que tienen es una habilidad especial, forjada a lo largo de muchas horas de adiestramiento, y que ponen en riesgo su propia vida, me han parecido siempre mucho más admirables que los alienígenas afectados por una invulnerabilidad congénita. Seguramente en este capítulo se merecen una mención especial Batman, Robin Hood y el Che Guevara, entre tantos otros desconocidos, olvidados o simplemente pasados por alto.

La cuestión, el tema que me ocupa hoy y al que quiero volver, tiene que ver con un recuerdo de mi infancia. Como digo unas líneas más arriba, mi admiración por El Zorro era total y absoluta. Recuerdo, cuando tenía trece años apenas cumplidos, que tuve una de mis primeras novias. Se llama Paula (dejemos el apellido a la imaginación de los que nos conocen a ambos). Paula y yo estábamos en pleno despertar hormonal, y no desperdiciábamos ninguna ocasión de enredarnos en besos, lametazos y manoteos altamente censurables. Estábamos tan calientes que no sé cómo no se nos derretía la cera de los oídos. En esa época en que no existía el streaming, el Canal 13 daba El Zorro a las cinco de la tarde. Los mismos capítulos de siempre, los que yo ya conocía de memoria de verlos una vez y otra. Y sin embargo, si a las cinco de la tarde yo estaba enredado en Paula, dejaba lo que tuviese entre manos (fuese lo que fuese) y allá me iba, de vuelta a mi casa, a la cita con mi héroe preferido. Recuerdo los ojos llorosos de Paula y su reclamo rendido, sin esperanza: “Preferís al Zorro antes que a mí”. Y no puedo evitar una sonrisa de lado. Y aunque han pasado treinta y cuatro años, y hoy Paula es una amiga entrañable, sigo sin disculparme por eso, porque el verdadero heroísmo va antes que los placeres personales.

Traigo esta historia solamente a título informativo, para reforzar lo que quiero contar hoy. El fanatismo por El Zorro era como la fuerza en la familia Skywalker: yo lo tenía, mis hermanos lo tenían, y mis padres… bueno, mis padres lo sabían.

A mis ocho o nueve años, yo había visto caracterizando a El Zorro a Alain Delon, a Tyrone Power y a Guy Williams. Los primeros dos me parecían malos, poco creíbles. Yo había conocido a El Zorro en la épica serie protagonizada por Guy Williams, y me parecía inconcebible que otra persona pudiera encarnarlo. Ni hablar de la blasfemia que posteriormente hizo Antonio Banderas, ni de el pobre intento de Duncan Regehr, cuyo único mérito real fue lanzar la carrera de Juan Diego Botto. Lo que quiero decir es que, a mis ojos y a los de mis hermanos, el verdadero y único Zorro era Guy Williams.

Para quienes no lo sepan, Guy Williams estaba casado con una argentina (de hecho, murió en Argentina). La cuestión, y lo que quería compartir hoy, es que por esas carambolas de la vida, los padres de una amiga de mi hermana Florencia, que vivían en el mismo edificio que nosotros, conocían a Guy Williams. No recuerdo si eran amigos de su esposa o cómo venía la relación.

Y entonces, un día, lo invitaron a cenar. Mis hermanos y yo nos enteramos, y se nos cayó la mandíbula. Tanta era la admiración, que nos dijeron que, el día que viniese, nos avisarían para que subiéramos un ratito a conocerlo. Hoy mi memoria me hace trampas y recuerdo que esperamos ansiosos alrededor de un mes, pero probablemente hayan sido solamente unos pocos días.

Lo que sí recuerdo claramente es la inmensa expectativa, el calor en el pecho de saber que iba a conocer a mi héroe, a un héroe real, de carne y hueso, y sobre todo a un héroe posible.

El día señalado finalmente llegó, y puedo revivir sin esfuerzo la emoción, la sensación física mientras subíamos esos dos pisos por la escalera, que nos separaban del héroe incombustible. Imaginaba verlo de pie, alto, gallardo, con sus botas negras, la capa, el sombrero y el antifaz revelando su bigotito irreverente. Luego, pensaba que no podía ir por la vida vestido de Zorro, y entonces esperaba encontrarlo con uno de sus trajes de corte español, adornado con alamares dorados y entallado en la cintura. Imaginaba su sonrisa blanquísima casi como se imagina la boca de una amante. El corazón me palpitaba fuerte cuando golpeamos la puerta, esperando que abriese él mismo, que se llevara la mano al ala del sombrero, sonriendo, y ejecutase una reverencia burlona diciendo: “Comandante”, antes de huir montado en Tornado.

En cambio, nos abrió la puerta Mirta, la mamá de la amiga de Flo, y nos encontramos con un viejo con algo de sobrepeso, que sonreía sentado en el sofá, vistiendo zapatillas y vaqueros, y un suéter cualquiera. Recuerdo hacer un esfuerzo enorme por ocultar mi decepción, que no conseguí disipar en los escasos minutos en los que charlamos con él. Recuerdo estrechar su mano, y salir de la casa de nuestros amigos triste y decepcionado, decidido a no confesar jamás a nadie mi desilusión: solamente contaría con orgullo que había conocido a El Zorro.

Ayer, después de muchos años, vi en Disney+ The Sign of Zorro, que no es otra cosa que un largometraje de unos noventa minutos, pegoteando las mejores escenas de la primera temporada de la serie original, cuando el enemigo era el Capitán Monastario (sí, con a). La primera cosa que me pasó fue que, como padre orgulloso de mis hijos, se me llenaron los ojos de lágrimas en la escena en la que, herido de bala, Don Alejandro de la Vega está siendo cuidado por El Zorro, y le dice que por un instante creyó que si le quitaba la máscara vería el rostro de su hijo Diego, y que es lo más cerca que había estado de saber qué se siente al estar orgulloso de un hijo. Me emocioné, porque me di cuenta de que hoy me siento más Don Alejandro que El Zorro, y que tengo la inmensa fortuna de estar desbordado de orgullo por mis dos hijos, y eso es más gratificante que cualquier heroísmo del que haya podido ser capaz en mi juventud.

Más tarde, charlando con alguien especial para mí, le narré la historia de cuando conocí a Guy Williams y, sorprendido, encontré que la decepción de ver a un hombre viejo en lugar de a mi héroe incombustible, se había esfumado. En su lugar encontré un recuerdo que atesoro con el alma y la piel, y me di cuenta de que solamente la sabiduría que trae la edad permite entender que los héroes son héroes, entre otras cosas, porque son vulnerables, porque pueden envejecer y morir, y que el haber estado cinco o diez minutos en la misma habitación que Guy Williams, el único y verdadero Zorro, es algo que llevo conmigo, porque un niño no sabe admirar al personaje sin admirar a la persona, y yo, aunque en ese momento no supe comprenderlo, estreché la mano del Zorro.

Quizá me esté volviendo un idiota nostálgico, pero todo esto se disparó porque la semana pasada, estando con mis dos hijos frente a la tele, apareció la película en el catálogo de Disney+, y Daniel, el menor de mis hijos, regalándome su sonrisa luminosa, me dijo: “Podríamos verla, Papá. Esa serie es muy especial para mí.”. Y entonces supe que, si en un mundo con sobreoferta de poderes espectaculares, superhéroes todopoderosos y explosiones renderizadas, pude transmitirle a mis hijos el amor y la admiración por El Zorro, puedo iniciar el camino hacia mi propia vejez tranquilo, porque no hay ninguna duda de que ambos serán buenos hombres.

Lo conocí de viejo, sí, y me hicieron falta casi cuarenta años para entender que un hombre, por viejo que sea, nunca, nunca pierde los méritos que lo transformaron en un héroe, y que más allá de las trampas de mi memoria, y de que Guy Williams no haya sido más que un actor, le debo algunos de mis buenos valores como hombre, muchísimas horas de auténtica emoción frente a la pequeña pantalla, y el orgullo infinito, el placer secreto y la emoción enorme de descubrir todo eso en la sonrisa de mis hijos.

Gracias, Guy Williams. Para mí, siempre serás el Zorro.

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