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Currently viewing the category: "Acerca de las cosas pequeñas"

antiheroeEs muy difícil, mi amor, explicar el orgullo de un padre, pero es más o menos como hacer diez mil goles en un solo partido de fútbol, o como resolver el Cubo de Rubik en diez segundos, con los ojos vendados y utilizando los dedos de los pies. Es casi como ser Batman y Superman y Spiderman, todos juntos, y con el sentido del humor de Tony Stark y la inteligencia de Sherlock Holmes. Es como ser Messi, pero con poderes para volar y viajar en el tiempo, como tener las respuestas a todas las preguntas y saber todos los chistes buenos del mundo.

Desisto. No soy capaz de decírtelo. No sé contarte el orgullo que siento cuando te miro, la lentitud con la que se me derrite el pecho, el renuncio de mi piel cuando te abrazo, el dolor interno de mis ojos cuando te veo llorar. No puedo, con la pobreza de mi lenguaje torpe y arcano, hacerte saber la conmoción de mis piernas cuando te veo correr, el incendio indomable de mis órganos internos cuando me llegan tus notas, y la conmoción catastrófica de mi centro de gravedad cuando soy testigo de lo que te quieren tus amigos, del lugar en el mundo que, esta vez sin mi ayuda, supiste ganarte por derecho.

Hoy cumplís diez años, mi amor, y eso nos obliga, como todos los años, a vos y a mí, a sentarnos cara a cara, a decirnos ahora lo que dentro de otros diez años –cuando seas lo suficientemente grande para entenderlo– ya no recordaremos, a hablarnos a calzón quitado, sin artificios.

Y cada año es más difícil, mi amor.

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Emociones-1Hola, Enano Cabezón. Hola, mi amor. Parece mentira, hace ya cinco años de mi primera carta, de la primera vez que deshice mis pobrezas de hombre sobre un papel, para decirte verdades de padre. Entonces eras una cabeza con dos ojos redondos, grandes, expresivos, volcados de ternura y dulzura, sostenida en equilibrio precario por un cuerpito de pichón. Eras todo amor y bracitos buscando mi cuello, carita rozando mi barba, risa explotando en mis oídos.

Solamente cinco años después, ya no sos tan enano, mi amor, y desde luego ya no sos tan cabezón. Pero a mí me gusta decirte Enano Cabezón. Me gusta porque es un juego nuestro, privado, egoísta y a la vez cómplice. Tuyo y mío. Me gusta porque me hace acordar a tus ojos como dos doblones de a cuatro, que eran asombrados, curiosos y derrochaban ternura. Me gusta porque, aunque me duela, empiezo a ver cómo se acerca el día en que vos y tu hermano ya no van a ser niños ni enanos ni cabezones ni míos, sino dos adolescentes en pie de guerra, con el mundo y conmigo. Y está bien que así sea, cabezón. Es ley de vida.

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Enfrentando-el-miedoHola otra vez, mi amor.

Por primera vez en los últimos cuatro años, desde que vos, sin saberlo, y yo, plenamente consciente, iniciamos esta tradición ridícula en la que cada año, para tu cumpleaños, te escribo una carta voraz y egoísta que no vas a leer hasta que seas grande, llego tarde a este encuentro impostergable, y por supuesto, me devora la culpa.

Todos los años espero con ansiedad el momento de sentarme a escribirte. Es un hito anual en el que vuelvo a pensarte desde el principio, como hijo y como persona, y vuelvo a pensarme a mí, como padre y como hombre. Es uno de los grandes momentos del año, porque aunque no lo creas, mi amor, una de las enormes frustraciones de la paternidad es, a veces,  no poder ser sincero con los hijos, en aras de su edad, de que no están listos, de todo lo que, supuestamente, no saben. Por eso este espacio, donde te digo ahora mismo las cosas que no puedo decirte, las que quiero que sepas en el futuro con palabras del presente, las que me prometo a mí mismo no permitir que caigan en el olvido.

Lo espero con ansiedad, te decía, y usualmente escribo esta carta varios días antes de que llegue tu cumpleaños.

¿Por qué este año no?

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et“¿Qué te pasa, lloraste cuando viste Bambi?”. Ésta era una frase ritual de mi adolescencia. A la menor muestra de debilidad o falta de hombría, la teníamos a flor de labios: la sensibilidad era patrimonio exclusivo de las chicas, mientras que nosotros debíamos ser fuertes, hombres, sencillamente machos.

Sin embargo, y a pesar de tan mala costumbre, recuerdo vivamente muchos momentos emotivos desde un patio de butacas, invariablemente asociados a un titánico esfuerzo por contener el llanto.

La primera imagen que me viene a la cabeza es la magia de una tarde de sábado, viendo a las bicicletas levantar vuelo, y la muerte de E.T., una desolación infinita sobre el cuerpo grisáceo, flaco y patizambo, y toda mi compasión por el niño que perdía un amigo, para después sufrir violentamente la separación de ambos al pie de la nave que lo llevaría de vuelta a su galaxia: E.T., phone, home, o como lo conocen en España: E.T., teléfono, mi casa. Dos horas después de finalizada la película, mi madre no encontraba manera de calmar mi llanto.

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