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Currently viewing the category: "Imposible de clasificar"

sombra_blancaHoy, la Muerte pisó mi huerto.

Murió el papá de una de mis amigas más queridas.

Yo no lo conocía mucho. Mi último recuerdo de él es acerca de una tarde magnífica. Había ayudado a mi amiga a comprarse su primera casa. Una especie de PH en la calle Julián Álvarez. Estábamos todos ahí, ayudándola a soñar su vida de adulta, jugando a ser definitivamente grandes, y él estaba allí con nosotros, feliz, sonreía y hacía bromas. No importa mucho más, es el recuerdo que elijo para quedarme, no de él, sino de mi amiga con él, con su papá.

Más de quince años después, su muerte afectó tanto a mi amiga, que hoy siento eso. Siento que La Muerte pisó mi huerto.

Quien será ese buen amigo

que morirá conmigo

aunque sea un tanto así

Quien mentirá un padre nuestro

y a rey muerto rey puesto

pensara para sí

           

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42El sentido de la vida, el universo y todo lo demás es, sin ningún género de dudas, 42. Desde antes y por supuesto después de Douglas Adams. Si se le pregunta adecuadamente, hasta Google responde 42.

Y hoy cumplo 42.

Por primera vez en mi vida, después de tantas guerras inútiles, tanta batalla a brazo partido, algunas victorias fugaces, y mucho, mucho amor desparramado, la primera y la última pregunta del día ya no deben ser sobre el sentido de la vida. Quizás ya no deben ser preguntas.

Quizás sea hora de algunas respuestas. Desafectadas, reales, sin más información que la necesaria. Si al final de la historia solamente se puede establecer con total seguridad que seis por nueve es cuarenta y dos, entonces, definitivamente, la vida, el universo y todo lo demás están repletos de sentido.

El sentido de la vida es, todas las mañanas, salir descalzo a mi terraza con una taza de café en la mano y un cigarrillo en la otra, y terminar de ver como el amanecer rompe la noche, mientras pienso casi sin palabras, como un murmullo cerrado que, a pesar de provenir de mi cabeza, se desvía para pasar por el corazón.

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serratHace ya un par de semanas que fui a ver a ver a Joan Manuel Serrat –el Nano, para los amigos– al Gran Rex. Lejos de sumar una crónica pelotuda más a la sarta de boludeces que se escriben y publican cada vez que viene, contando y volviendo a contar lo que todos ya sabemos, y lo que, por alguna razón inexplicable, a los viejos fans nos gusta volver a leer, sentí una necesidad irreprimible de decirle algunas cosas, en primera persona. Como no me gusta parecerme a las viejas ultramaquilladas que le gritan “Lindo!” desde la tribuna, ni a los cuarentones con pancita cervecera –a los que me parezco involuntariamente– que aportan la típica estridencia al grito de “¡Ídolo!”, y tampoco me parece que lo que tengo que decir sea tan trascendental, decidí escupir mis pavadas así, y tirarlas por la red, para que las lea el que se le canten las pelotas, y el que no, no.

Y dice así:

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mordorEs 31 de diciembre. El año es una anécdota, pero lo que es verdaderamente trascendental, lo que importa por sobre los guarismos y la numerología habitual de fin de año, lo que trasciende al encanto helado de los números redondos, es que Buenos Aires llueve en medio de un sopor difícilmente justificable. Escribo con un cigarrillo en los labios, y en el límite periférico de mi visión detecto que mi piel se abrillanta de un sudor perlado, espeso y desagradable; mientras, por mi ventana, da la sensación de que los peces podrían volar por el aire, que miles de millones de toneladas de hierro y cemento necesitan exhalar un suspiro volcánico, un rugido húmedo y caliente, casi mortal, para subvertir a la ciudad entera con su disconformidad, con sus conductores indolentes capaces de atropellar un carrito de bebé, con los pasos de peatones inútiles decorando la calzada como la sonrisa burlona y triste de un piano desdentado e inútil, con sus colas interminables, voces que se alzan en protesta por la espera, por el maltrato, por el clima, por el gobierno, por la oposición, por el precio de las arvejas, por lo que está bien y por lo que está mal.

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IMG_2386Mis hijos, los dos, son fans de Harry Potter. Yo también. Yo soy fan de Harry Potter, pero más aún, soy fan de mis hijos. Harry Potter no es fan de nosotros, pero solamente porque no sabe que existimos.

Ayer fue la fiesta de fin de curso de la escuela de mis hijos. Una especial. Para nosotros, única: era la última viviendo en España. La última que celebrábamos con los niños y los padres que nos acompañaron desde la guardería. La última con los niños que crecieron junto a mis hijos, la última junto a los padres con los que, en los últimos años, envejecimos un poco, ganamos algunos kilos, disputamos a gritos los mundiales y criamos juntos a los hijos lo mejor que supimos.

La noche era cálida y con amenaza de tormenta, y los padres, como siempre hacemos, nos arracimamos alrededor de mesas cargadas de pan con tomate, tortilla de papas y algo –no mucho– de bebidas espirituosas de baja graduación, todas ellas permitidas por la ley y el Ministerio de Salud.

Como, antes que nada, soy un hombre de convicciones y palabra, ni bien terminó la cena, cuando empezaba la discoteca, me dispuse a cumplir mi promesa de dos semanas atrás (ver Un, Dos, Tres, ¡Mierda!), así que, por una vez, haciendo uso incorrecto y espurio de los recursos tecnológicos asignados al ágape, me acerqué al micrófono y convoqué al costado del escenario a todos los compañeros de mis hijos.

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mucha_mierdaSupongo que, a esta altura de mi vida, ya no es un secreto para nadie que una gran parte de las oscuras vetas desaliñadas, las informalidades profundas que me suelen asaltar en público y los desmanes que a veces patrocino con insano entusiasmo son, en realidad, producto involuntario de un cruel signo hereditario: un gran porcentaje de mi familia proviene del mundo del teatro.

No es que el teatro tenga nada de malo en sí mismo –nada más lejano a mis creencias–, pero como obra en sano conocimiento de cualquier persona de bien, especialmente en estos tiempos infames que nos toca vivir, los artistas en general y los actores en particular, son un gremio frecuentemente integrado por malhechores, zafios, libidinosos, patanes de vida disoluta y rufianes de baja calaña. Vamos, personas que ni van a misa los domingos ni se ponen corbata. Como mi hermana, la menor, de quien las malas lenguas han llegado a decir hasta que vive en pecado con un señor que ni es su marido ni nada. Y eso que en su casa no hay más que un dormitorio, ya saben a qué me refiero.

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10155156_10202181909854815_918369398_nLas bodas son una de las cosas más raras del mundo. Aparentemente, todos entendemos lo mismo ante la palabra boda. Son dos personas que se casan. Eso es fácil. Lo entienden así las abuelas de los novios, y lo entienden de la misma manera los sobrinitos, los amigos y los vecinos cotillas. Todos sabemos que de ahora en adelante van a vivir juntos, y se les supone amor, compañerismo, solidaridad y descendencia.

Sin embargo, si nos metemos un poquito más a fondo en la idea, los católicos imaginarán una ceremonia eclesiástica, los gitanos probablemente una fiesta de varios días hasta caer de cansancio, los judíos una ceremonia en su templo, los intelectuales de izquierda una ceremonia civil, y aunque desconozco sus costumbres, probablemente los Indios Navajos bailarán a la luz de la luna con el torso desnudo y la cara pintada, y así cada cual lo que más le guste. Entonces para un concepto tan simple, en el que todos estamos de acuerdo sobre sus implicaciones, es altamente probable que tengamos tantas ideas como invitados.

Y eso es algo que celebrar, porque es parte de lo que nos hace diversos.

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Gabriel-Garcia-MarquezNada lava mejor la cara que el llanto, hermano. Te hablo de igual a igual, Gabo, pero no porque sea capaz de la herejía de pensarme escritor como vos, sino porque desde que mis recuerdos son casi de hombre (estaba lejos de serlo cuando te leí la primera vez, y desde entonces lo hice tantas otras que no vale la pena intentar contarlas) estás conmigo, susurrándome frases secretas, verbos privados, silencios repletos de conceptos.

Te hablo así, Gabo, sin ningún respeto, porque tengo la piel marchita y la sangre negra, porque necesito levantar las baldosas con las uñas, cagarme en la puta madre que los parió a todos y vengar tu muerte palabra a palabra, sonido a sonido, vocal a vocal. Necesito gritarte, Gabo, preguntarte porqué ahora, porqué hoy y no mañana, cuándo fue que sentiste que tus palabras eran ya suficientes para los que nos quedamos de este lado.

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vfSupongamos que esto no es un post, ni un artículo, ni siquiera una confesión. Supongamos que es un ejercicio de suposiciones encadenadas.

Ahora supongamos que tengo una amiga muy querida, y que como es un poco fóbica, suponemos que se llama Ve Efe en lugar de suponer su nombre real. Supongamos que, de todos los que leen esto, algunos creen darse cuenta de quién hablo ―lo que es imposible, porque se trata de una suposición, pero siempre hay equivocados dispuestos a compartir su error con el mundo―; y que, bajo ese supuesto, suponemos que van a guardarse para sí la certeza de suponer que saben.

Supongamos que conocí a Ve Efe hace veinticinco años.

Son muchos años.

Muchísimos.

En mi suposición, cuando conocí a Ve Efe, más que amigos éramos compañeros de colegio, y de una cosa que suponíamos que era militancia. Y entonces supongamos que me detengo un segundo para recordar cómo supongo que era ella. No es necesario, porque esta no es una suposición sobre pasado y nostalgia, sino sobre presente rabioso, pero vale la pena un repaso rápido, porque esta suposición trata también sobre las sorpresas que a veces, sin quererlo, suponen una diferencia real en la vida de la gente.

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la_chachaRosa se murió.

Un día cualquiera de esta semana, me levanté cansado. Había dormido mal, y tenía una congoja extraña en el pecho.

Era que Rosa se había muerto.

A diez mil kilómetros, y solamente con un email triste y cortito de mi mamá, que nos contaba a los hermanos que estamos lejos que Rosa se había muerto.

 

Rosa era una India Guaraní. Paraguaya, con la piel marrón cobre, el pelo negro y grueso como alambres y dos ojos marrones y redondos, como monedas de cien pesos ley.

Era bajita y de rasgos duros. No puede decirse que fuera bella. Tenía la cara marcada por líneas profundas, de dolor, de pobreza y de sufrimiento, y sin embargo, era una mujer hermosa. Tenía una sonrisa plena, que le ocupaba toda la cara, y la entregaba con generosidad, con alegría.

Rosa se murió, pero sería injusto olvidar cuánto le gustaba sonreír.

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