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Por primera vez en muchos años, mi amor, acudo a nuestra cita epistolar anual sin saber qué decir, desorientado por completo y casi sin palabras. Por primera vez, siento la tentación de soltarte un “Feliz cumpleaños” acompañado de una declaración de amor, y evitar así desgranar mis pensamientos.

Y creo, mi amor, que se debe a que esta es una cita nuestra, privada, compartida desde tus cinco o seis años, en la que siempre, siempre, se cuela la honestidad. Entra con un velo de silencio y se sienta a la mesa sin necesidad de ser invitada. Y la honestidad, mi amor, es a veces peligrosa. Sobre todo para quienes, como yo, llegan a un momento de su vida en el que tienen que empezar a reconocer frente a sí mismos que sus hijos son ya hombres, que van dejando de ser imprescindibles, y que, como consecuencia o implicación directa de todo eso, inevitablemente, empiezan a hacerse viejos.

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A mis 47 años no es un secreto que, de un sobrepoblado universo de héroes, superhéroes, mutantes con buenas o malas intenciones, guerreros de lealtades firmes a veces y dudosas otras, elfos infalibles y enanos maquinadores, mi preferido es, fue y será El Zorro. Lo explico en El descanso de los Héroes, pero por recordarlo de forma muy resumida, desde niño me parecía que, a pesar de ser admirable, tener superpoderes prácticamente te obliga a dedicarte al bien común, mientras que los hombres normales que lo único que tienen es una habilidad especial, forjada a lo largo de muchas horas de adiestramiento, y que ponen en riesgo su propia vida, me han parecido siempre mucho más admirables que los alienígenas afectados por una invulnerabilidad congénita. Seguramente en este capítulo se merecen una mención especial Batman, Robin Hood y el Che Guevara, entre tantos otros desconocidos, olvidados o simplemente pasados por alto.

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Hola, Hijo. Hola, mi amor. Ya me siento casi idiota hablándote como a un niño, casi empieza a parecerme fingido, impostado. Y no porque yo me sienta menos padre, sino porque te siento más hombre, porque con solo mirarte puedo ver en vos un avance de la persona que vas a ser, un anticipo de un ser humano al que no solamente me siento orgulloso de amar, sino también al que puedo admirar, al que puedo encontrar de hombre a hombre y con el que puedo permitirme una conexión real, humana, tierna y dolorosa a la vez.

            Y me emociona.

            Me emociona porque, si lo vemos de la forma más cruda posible, yo te hice. Mamá y yo te hicimos, los dos.

            Y es muy impresionante hacer a una persona. Primero es un bebé. Llora, duerme y caga. Después es un niño chiquito.

            Como niño chiquito, vos eras todo lo que un padre puede desear. Dulce, tierno, curioso, cariñoso, y con dos ojos enormes que me buscaban con admiración genuina, infinita, con un amor que no tiene traducción en la lengua de los hombres.

            Y después, un niño grande: “Papá, mira como corro / salto / juego / leo / resuelvo el cubo de rubik / me peleo con mi hermano / aprendo, aprendo, aprendo”. Fue un camino increíble, repleto de pequeñas emociones y enormes orgullos. Fue un tránsito hermoso. Y yo, mi amor, yo, hijito, también cambié un montón. También me equivoqué y aprendí y crecí.

            Y ahora, Enano Cabezón (te queda poco de las dos cosas, pero así te decía cuando eras muy muy chiquito), ahora cumplís trece años, y eso es un límite. Es casi el final de la niñez. Y es una frontera importante, mi amor, porque hoy el más chico de mis hijos deja de ser un niño, y entonces, como una serpiente mudando de piel, el padre que vive en mí tiene que eclosionar, tiene que emerger, tiene que ser válido y lo suficientemente hombre para acometer con solvencia esta nueva etapa.

            Ahora, mi amor, ya no soy el papá de dos niños que me idolatran y admiran, dispuestos a creer que todo lo que digo está respaldado por mis diez mandamientos propios, y escrito en piedra con el poder del rayo.

            Ahora soy un hombre mortal, indigno de sostener el martillo, que tiene que guiar como puede a dos jovencitos que se hacen hombres a toda velocidad. Dos adolescentes que lo enfrentan, lo cuestionan y lo desafían. Todos los días.

            ¿Y sabés un secreto, mi amor?

            Creo que es la mejor parte.

            No me malinterpretes. Fui el hombre más feliz del mundo la primera media hora de tu vida, teniéndote en brazos. Me morí de ternura oyéndote cantar un tango por primera vez. Se me derritió el alma viéndote crecer. Todas y cada una de las sonrisas que me regalaste en tu vida son ahora cicatrices translúcidas en mi piel, están en mí y me inundan los ojos de lágrimas cuando te pienso, cuando te adoro en silencio, aún cuando no estás acá para abrazarte.

            Pero aún así creo que es la mejor parte.

            ¿Y sabés por qué lo creo?

           Lo creo porque todos los días me sorprende tu hombría de bien, la agudeza de tu inteligencia, la enormidad de tu ternura y la empatía con la que ves el mundo. Lo creo porque mientras más crecés, más increíble me parece la persona que tengo ante mí, porque sos, sin discusión posible, producto de la educación que te dimos mamá y yo, y en esa enorme tarea que es educar a un ser humano, por lo que a mí me toca, me resulta increíblemente sorprendente sentir que sos mejor persona que yo, más humano, más sensible, más inteligente, con menos prejuicios, con más capacidad de amar. Y es tonto, porque difícilmente podrías haber aprendido todo eso si, de una forma u otra, el germen no viviese en mamá y en mí. Y sin embargo te miro y no puedo creerte, me sobrepasa la certeza de que, por vos mismo, fuiste, a tus trece años, mucho más allá de las fronteras hasta las que yo supe acompañarte.

            Y entonces mi amor, por suerte, me acuerdo de que te queda todavía mucho camino, de que me necesitás para que te guíe, para que te enseñe a sobrevivir en el mundo de los adultos, para que te acompañe cuando encuentres el primer amor, cuando descubras tu verdadera vocación, cuando se te destroce un sueño, cuando alcances una meta, cuando tengas en brazos a un hijo.

            Y sonrío y hago un esfuerzo para no dejar escapar una lágrima, porque sé que en lo que se refiere a ser buena persona, a amar a los demás, a no tener prejuicios, a hacer del mundo un lugar mejor para todos, poco puedo enseñarte ya, más bien al revés, mi amor, me toca mirarte a los ojos y agradecerte las cosas que estoy aprendiendo.

            Ya lo sé, me pongo sensiblero y un poco idiota. Me pasa cada vez que me siento a escribirte por tu cumple. Me pasa cada vez que me pienso como hombre y como padre. Pero lo sigo haciendo, con la cabeza bien alta y con orgullo, porque el hábito de la reflexión, mi amor, es de las pocas cosas que un hombre puede hacer para crecer y transformarse a sí mismo en una persona mejor.

            Hoy, una vez más, vamos a salir juntos a cenar. Vamos a celebrarte, como niño, como hijo, como adolescente y como hombre.

            Como mi hijo, quiero decirte que te adoro con todo lo que soy, con mis tripas, mi sangre y mi fuego.

            Como hombre, quiero decirte que te admiro, te respeto y te reconozco.

            Como adolescente, quiero decirte demasiadas cosas, pero no hay tiempo ni espacio en esta carta. Aún así, no puedo dejar de decirte que se avecina tormenta, que vas a padecer amores turbulentos, injusticias imperdonables y dolores profundos, pero todo pasa, y por suerte, mi amor, voy a estar aquí para acompañarte en este tramo.

            Y como niño, mi hijito, mi chiquitín, mi niño, solamente quiero decirte, parafraseando a Tony Stark, que “Ailóviu tri zóusands”.

            Vos sabés de que te hablo.

Barcelona, 16 de Octubre de 2019

Te adora, Papá

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Hola, mi chiquito. Hola, mi amor. Alcemos las varitas, porque como todos los años, los ocres de otoño auguran la llegada de tu cumpleaños, y te alejás un poquito más del suelo, te hacés un poquito más hombre y un poquito menos niño. Y algunas veces, Daniel, me parecía que tu día me encontraba siempre igual, siempre en el mismo sitio, siempre con las mismas emociones, con los mismos pecados sin expiar, con las mismas culpas, con las mismas pequeñas proezas, con los mismos enormes defectos; pero no, no es así. Yo también cambio, crezco algo, envejezco otro poco, me ensancho, me acomodo, me reinvento.

Y no me olvido, mi amor, de que el año pasado falté a la cita, y mi carta no llegó. Te pido perdón, pero sé que vos entendés: era un momento triste.

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1981. Por fin, mi habitación para mí solo. Un rato, nomás, mientras mi hermana pasaba la tarde en lo de una amiga o pelotudeaba en el paredón a la hora de la pavada. Entonces abría mi cajón, sacaba una lata de Nesquick de medio kilo, con los rebordes oxidados, despintada -la grosería de los envases de plástico aún no dominaba el mundo-, llena de bolitas comunes, de vidrio. Para mí eran como perlas fabulosas, un tesoro privado. La japonesa, la chilena, la lechera. Nombres de fantasía que utilizábamos para dirimir las disputas en el arenero de la plaza. El hopi y la quema, los dos hitos que había que alcanzar para derrotar al rival, para obtener otra bola de vidrio, para aumentar el tesoro. Pero en esas tardes, simplemente me sentaba en el suelo, las piernas chuecas de cualquier manera, y las bolitas danzando. Hacía una fila, aprovechando el reborde semejante a una vía de tren de la lata. Las ponía ahí, las hacía girar. Me podía pasar horas, solo, las rodillas en una posición inverosímil. No eran las bolitas, ni el juego. Era la ilusión de tener la habitación para mí solo. Era difícil estar solo en esa época. Habitación compartida. Demasiados hermanos, demasiadas personas, la escuela, la plaza. Y, por supuesto, la baja necesidad de intimidad que tienen los niños.

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Ser padre es, probablemente, lo más gratificante que hice con mi vida. Y es, también y sin ninguna duda, lo más difícil que hice. Y como es tan difícil, en lugar de hacerlo con mi vida lo hice con las de mis hijos. No es que sea difícil por sufrido, me resultó -me resulta- enormemente placentero. No es algorítmicamente difícil, ni requiere procesos de cálculo diferencial. No es difícil porque te obligue a enfrentar enemigos ni peligros, ni porque se requieran proezas físicas o destreza de funambulista. Es difícil, simple y sencillamente, porque te refleja contra tus propias carencias, porque te enfrenta a tus pequeñas virtudes y a tus enormes defectos, porque te prueba, ética y emocionalmente, hasta el límite máximo que sos capaz de alcanzar, hasta la frontera última de tus creencias, de tus valores, de tu ternura.

Pero es difícil, sobre todo, porque te fuerza a entender por completo la potencia brutal de las consecuencias de tus actos, la revelación absoluta de que a nadie le importa un carajo tu sabiduría ancestral, ni nada de lo que seas capaz de decir, porque en última instancia tus hijos siguen tus ejemplos, agregan las huellas de sus pasos sobre las tuyas, aportan errores nuevos, y se transforman en personas completamente autónomas reproduciendo un patrón moldeado no por lo que querías, no por lo que dijiste saber, sino por lo buena o mala persona que seas, por el ejemplo que diste, por tu forma de entender la vida.

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Hola Pablo, hola hijo, hola, mi amor. En muchas otras de mis cartas te llamo simplemente “mi amor”, pero algo me dice que estás grande para eso, que al hombrecito que amanece en tu cuerpo le incomoda esa cercanía, ese padre que te quiere como niño, como hombre, como hijo. Y lo entiendo, hijo, lo entiendo. Creeme que lo entiendo, que pasé por eso, que una vez tuve bajo la piel a un hombre incipiente, un grito en el pecho buscando salida, una rebelión desatada en las venas.

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Es como un reencuentro. Hace mucho que el tic tic tic de mi teclado no suena por algo diferente al trabajo. Hace meses. Meses sin escribir, meses largos, meses en los que la vida se movió, se sacudió, cambió de forma, de camino.

Ahora estoy solo en casa, es domingo de tarde y todo vuelve a mí, se arremolina, da vueltas, y me recuerda que, en un par de días nada más, voy a cumplir cuarenta y cinco años. Y entonces me vuelve a asaltar el encanto absurdo por los números redondos, por los múltiplos y los divisores, por el significado inexistente de las cifras, por las verdades que deberían revelarse en algunos momentos, y sin embargo no acuden al llamado.

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Son las ocho de la mañana del día de tu decimotercer cumpleaños, y si bien siempre comienzo tus cartas anuales diciéndote “Hola, mi amor”, esta vez siento que debería ir a despertarte, tirarte de las orejas, darte dos besos y un par de sopapos, por las dudas, por lo que habrás hecho o por lo que vas a hacer. Hoy cumplís trece años, mi amor, y ya sos oficialmente un adolescente. Y tu padre, mi amor, que toma café y fuma y siempre está abrumadoramente seguro de todo lo que dice, irradiando autoridad moral y certezas dogmáticas, ese mismo padre que, tras una intención y unos minutos de diversión supo que iba a ser padre, y que un día, después de nueve meses de sensaciones encontradas, de repente se encontró con que tenía en los brazos un pedazo de carne que no hacía más que llorar, comer y cagar, hoy está asustado.

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daniel_papaLos rituales se prolongan, a veces, a lo largo de toda una vida, mi amor. Cumplís hoy diez años, y yo es la octava vez que me siento a escribirte por eso, a tratar de decirte, mi amor, de explicarte, de contarte las pobrezas de un corazón de padre, algunas verdades que habitan en mis manos, algunos dolores que pueblan mi corazón, algunas risas que, ocasionalmente, se toman vacaciones en mi boca.

Hace tiempo que renuncié a explicarles, a vos y a tu hermano, que el amor de padre es tan intenso que es doloroso, desquiciante, tan absoluto y total que es la única fuerza viva capaz de ponerte por detrás de tus propios deseos, pero quisiera saber decirte que no tenés que leer mi renuncia (ni ninguna otra de mis renuncias) como algo malo. Parte del doloroso proceso de crecer y de amar es entender y aceptar que en este mundo hay cosas que simplemente te superan, que desde la pequeña atalaya que uno logra construir se ve sin problemas el alcance final de tu brazo, el límite de tu propia fuerza, la distancia abarcable desde la persona que uno es.

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