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Currently viewing the tag: "emoción"

10155156_10202181909854815_918369398_nLas bodas son una de las cosas más raras del mundo. Aparentemente, todos entendemos lo mismo ante la palabra boda. Son dos personas que se casan. Eso es fácil. Lo entienden así las abuelas de los novios, y lo entienden de la misma manera los sobrinitos, los amigos y los vecinos cotillas. Todos sabemos que de ahora en adelante van a vivir juntos, y se les supone amor, compañerismo, solidaridad y descendencia.

Sin embargo, si nos metemos un poquito más a fondo en la idea, los católicos imaginarán una ceremonia eclesiástica, los gitanos probablemente una fiesta de varios días hasta caer de cansancio, los judíos una ceremonia en su templo, los intelectuales de izquierda una ceremonia civil, y aunque desconozco sus costumbres, probablemente los Indios Navajos bailarán a la luz de la luna con el torso desnudo y la cara pintada, y así cada cual lo que más le guste. Entonces para un concepto tan simple, en el que todos estamos de acuerdo sobre sus implicaciones, es altamente probable que tengamos tantas ideas como invitados.

Y eso es algo que celebrar, porque es parte de lo que nos hace diversos.

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Gabriel-Garcia-MarquezNada lava mejor la cara que el llanto, hermano. Te hablo de igual a igual, Gabo, pero no porque sea capaz de la herejía de pensarme escritor como vos, sino porque desde que mis recuerdos son casi de hombre (estaba lejos de serlo cuando te leí la primera vez, y desde entonces lo hice tantas otras que no vale la pena intentar contarlas) estás conmigo, susurrándome frases secretas, verbos privados, silencios repletos de conceptos.

Te hablo así, Gabo, sin ningún respeto, porque tengo la piel marchita y la sangre negra, porque necesito levantar las baldosas con las uñas, cagarme en la puta madre que los parió a todos y vengar tu muerte palabra a palabra, sonido a sonido, vocal a vocal. Necesito gritarte, Gabo, preguntarte porqué ahora, porqué hoy y no mañana, cuándo fue que sentiste que tus palabras eran ya suficientes para los que nos quedamos de este lado.

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vfSupongamos que esto no es un post, ni un artículo, ni siquiera una confesión. Supongamos que es un ejercicio de suposiciones encadenadas.

Ahora supongamos que tengo una amiga muy querida, y que como es un poco fóbica, suponemos que se llama Ve Efe en lugar de suponer su nombre real. Supongamos que, de todos los que leen esto, algunos creen darse cuenta de quién hablo ―lo que es imposible, porque se trata de una suposición, pero siempre hay equivocados dispuestos a compartir su error con el mundo―; y que, bajo ese supuesto, suponemos que van a guardarse para sí la certeza de suponer que saben.

Supongamos que conocí a Ve Efe hace veinticinco años.

Son muchos años.

Muchísimos.

En mi suposición, cuando conocí a Ve Efe, más que amigos éramos compañeros de colegio, y de una cosa que suponíamos que era militancia. Y entonces supongamos que me detengo un segundo para recordar cómo supongo que era ella. No es necesario, porque esta no es una suposición sobre pasado y nostalgia, sino sobre presente rabioso, pero vale la pena un repaso rápido, porque esta suposición trata también sobre las sorpresas que a veces, sin quererlo, suponen una diferencia real en la vida de la gente.

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Emociones-1Hola, Enano Cabezón. Hola, mi amor. Parece mentira, hace ya cinco años de mi primera carta, de la primera vez que deshice mis pobrezas de hombre sobre un papel, para decirte verdades de padre. Entonces eras una cabeza con dos ojos redondos, grandes, expresivos, volcados de ternura y dulzura, sostenida en equilibrio precario por un cuerpito de pichón. Eras todo amor y bracitos buscando mi cuello, carita rozando mi barba, risa explotando en mis oídos.

Solamente cinco años después, ya no sos tan enano, mi amor, y desde luego ya no sos tan cabezón. Pero a mí me gusta decirte Enano Cabezón. Me gusta porque es un juego nuestro, privado, egoísta y a la vez cómplice. Tuyo y mío. Me gusta porque me hace acordar a tus ojos como dos doblones de a cuatro, que eran asombrados, curiosos y derrochaban ternura. Me gusta porque, aunque me duela, empiezo a ver cómo se acerca el día en que vos y tu hermano ya no van a ser niños ni enanos ni cabezones ni míos, sino dos adolescentes en pie de guerra, con el mundo y conmigo. Y está bien que así sea, cabezón. Es ley de vida.

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Enfrentando-el-miedoHola otra vez, mi amor.

Por primera vez en los últimos cuatro años, desde que vos, sin saberlo, y yo, plenamente consciente, iniciamos esta tradición ridícula en la que cada año, para tu cumpleaños, te escribo una carta voraz y egoísta que no vas a leer hasta que seas grande, llego tarde a este encuentro impostergable, y por supuesto, me devora la culpa.

Todos los años espero con ansiedad el momento de sentarme a escribirte. Es un hito anual en el que vuelvo a pensarte desde el principio, como hijo y como persona, y vuelvo a pensarme a mí, como padre y como hombre. Es uno de los grandes momentos del año, porque aunque no lo creas, mi amor, una de las enormes frustraciones de la paternidad es, a veces,  no poder ser sincero con los hijos, en aras de su edad, de que no están listos, de todo lo que, supuestamente, no saben. Por eso este espacio, donde te digo ahora mismo las cosas que no puedo decirte, las que quiero que sepas en el futuro con palabras del presente, las que me prometo a mí mismo no permitir que caigan en el olvido.

Lo espero con ansiedad, te decía, y usualmente escribo esta carta varios días antes de que llegue tu cumpleaños.

¿Por qué este año no?

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la_chachaRosa se murió.

Un día cualquiera de esta semana, me levanté cansado. Había dormido mal, y tenía una congoja extraña en el pecho.

Era que Rosa se había muerto.

A diez mil kilómetros, y solamente con un email triste y cortito de mi mamá, que nos contaba a los hermanos que estamos lejos que Rosa se había muerto.

 

Rosa era una India Guaraní. Paraguaya, con la piel marrón cobre, el pelo negro y grueso como alambres y dos ojos marrones y redondos, como monedas de cien pesos ley.

Era bajita y de rasgos duros. No puede decirse que fuera bella. Tenía la cara marcada por líneas profundas, de dolor, de pobreza y de sufrimiento, y sin embargo, era una mujer hermosa. Tenía una sonrisa plena, que le ocupaba toda la cara, y la entregaba con generosidad, con alegría.

Rosa se murió, pero sería injusto olvidar cuánto le gustaba sonreír.

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40ymasSegún parece ser, la vida no es más que una sucesión de momentos pegados uno atrás de otro, un tren interminable de vagones en un carnaval de colores vivos. Buenos, malos, regulares, excelentes, horribles… Algo así como una sopa descontrolada, una hilera de hormigas borrachas que deambulan sin ton ni son, en pos de un objetivo que desconocen, pero que a pesar de eso parece absurdamente claro. Sin embargo, en lo caótico de esa serie de momentos a veces creemos encontrar un patrón, algo así como la dirección en la que va la vida, un dibujo con sentido en un lienzo colorido dibujado por un chimpancé demente, y otras veces aparecen puntos marcados y claros, hitos importantes. Un nacimiento, una muerte, un primer beso robado en el banco de una estación, una pelea de proporciones dantescas, un equipo de fútbol campeón contra todo pronóstico.

De esos momentos memorables que nos ofrece la vida, esas chinches rojas que marcan para siempre lugares específicos en un mapa desquiciado y caótico, la inmensa mayoría nos toman más o menos por sorpresa. No sabemos, al empezar el colegio, el día exacto en que terminará, ni conocemos de antemano, a pesar de las ecografías y las predicciones de médicos a sueldo, el momento en el que nacerán los hijos. Es imposible adivinar detrás de qué esquina nos alcanzará el amor, o el día preciso en el que un cuerpo expuesto en un cajón de madera nos hará entender de una vez por todas que nadie es inmortal.

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et“¿Qué te pasa, lloraste cuando viste Bambi?”. Ésta era una frase ritual de mi adolescencia. A la menor muestra de debilidad o falta de hombría, la teníamos a flor de labios: la sensibilidad era patrimonio exclusivo de las chicas, mientras que nosotros debíamos ser fuertes, hombres, sencillamente machos.

Sin embargo, y a pesar de tan mala costumbre, recuerdo vivamente muchos momentos emotivos desde un patio de butacas, invariablemente asociados a un titánico esfuerzo por contener el llanto.

La primera imagen que me viene a la cabeza es la magia de una tarde de sábado, viendo a las bicicletas levantar vuelo, y la muerte de E.T., una desolación infinita sobre el cuerpo grisáceo, flaco y patizambo, y toda mi compasión por el niño que perdía un amigo, para después sufrir violentamente la separación de ambos al pie de la nave que lo llevaría de vuelta a su galaxia: E.T., phone, home, o como lo conocen en España: E.T., teléfono, mi casa. Dos horas después de finalizada la película, mi madre no encontraba manera de calmar mi llanto.

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