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Currently viewing the tag: "hijos"

carta_hogwartsHola, hijo. Hola, mi amor. No te enojes, todos los años, en mi carta por tu cumple, te digo “Hijo” y te digo “Mi amor”. El género epistolar está lleno de formalidades, de encabezados que son así, y despedidas que son de esta otra manera, y a esta altura, con tus once añitos, a veces me da miedo avergonzarte un poco cuando te hablo así, pero en mis cartas para vos no hay formalidades, sino rituales. Y aunque cumplas once, y eso te haga ser casi tan tonto como un hombre adulto, necesito pedirte, de hombre a hombre, que me permitas esos rituales, porque es en esas palabras, mi amor, cuando puedo transportarme al bebito que una vez fuiste, a tus eructos agrios de leche materna semidigerida, a tus bracitos buscando mi cuello… Y ¿sabés una cosa? Necesito de esos rituales para sentarme, una vez por año, a escribirte una carta por tu cumpleaños. No los necesito para saber qué decir, ni los necesito para conectar con vos o con lo que siento. Los necesito como un perro necesita mear un alambrado para marcar su territorio. Los necesito como un país necesita soldados para proteger sus fronteras. Los necesito como una loba necesita matar por sus cachorros. Necesito de esos rituales, mi amor para, por este ratito en el que yo te hablo y vos escuchás, establecer más fuerte que nunca que soy tu padre, y también para reconocer ante mí mismo que eso no significa nada si no viene con el desastre glandular que me ocurre cuando te abrazo, con el dolor en el pecho que me produce tu angustia, con la felicidad instantánea que me da tu risa cuando explota por fuera de tu boca, con el placer de mirarte, de saber que estás creciendo, que te estás haciendo hombre mejor que yo. Ojalá un día, mi amor, tengas hijos, y entonces puedas recordar en mis palabras que ser padre no quiere decir nada. Lo que tiene significado en la vida de un hombre es la cantidad de miedo, pasión, felicidad y dolor que se siente, ser desbordado desde el pecho hasta los dientes, saberse potencialmente superado por los hijos, y al mismo tiempo tener que continuar a cargo, dirigiendo una vida sin haber podido ensayar cómo se hace, sin vida extra, sin espacio para el error, y sin embargo cometiendo uno tras otro. Ser padre es permitirle a tu corazón irse a vivir fuera de tu pecho, y morir en cada lágrima de tus hijos.

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42El sentido de la vida, el universo y todo lo demás es, sin ningún género de dudas, 42. Desde antes y por supuesto después de Douglas Adams. Si se le pregunta adecuadamente, hasta Google responde 42.

Y hoy cumplo 42.

Por primera vez en mi vida, después de tantas guerras inútiles, tanta batalla a brazo partido, algunas victorias fugaces, y mucho, mucho amor desparramado, la primera y la última pregunta del día ya no deben ser sobre el sentido de la vida. Quizás ya no deben ser preguntas.

Quizás sea hora de algunas respuestas. Desafectadas, reales, sin más información que la necesaria. Si al final de la historia solamente se puede establecer con total seguridad que seis por nueve es cuarenta y dos, entonces, definitivamente, la vida, el universo y todo lo demás están repletos de sentido.

El sentido de la vida es, todas las mañanas, salir descalzo a mi terraza con una taza de café en la mano y un cigarrillo en la otra, y terminar de ver como el amanecer rompe la noche, mientras pienso casi sin palabras, como un murmullo cerrado que, a pesar de provenir de mi cabeza, se desvía para pasar por el corazón.

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mordorEs 31 de diciembre. El año es una anécdota, pero lo que es verdaderamente trascendental, lo que importa por sobre los guarismos y la numerología habitual de fin de año, lo que trasciende al encanto helado de los números redondos, es que Buenos Aires llueve en medio de un sopor difícilmente justificable. Escribo con un cigarrillo en los labios, y en el límite periférico de mi visión detecto que mi piel se abrillanta de un sudor perlado, espeso y desagradable; mientras, por mi ventana, da la sensación de que los peces podrían volar por el aire, que miles de millones de toneladas de hierro y cemento necesitan exhalar un suspiro volcánico, un rugido húmedo y caliente, casi mortal, para subvertir a la ciudad entera con su disconformidad, con sus conductores indolentes capaces de atropellar un carrito de bebé, con los pasos de peatones inútiles decorando la calzada como la sonrisa burlona y triste de un piano desdentado e inútil, con sus colas interminables, voces que se alzan en protesta por la espera, por el maltrato, por el clima, por el gobierno, por la oposición, por el precio de las arvejas, por lo que está bien y por lo que está mal.

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antiheroeEs muy difícil, mi amor, explicar el orgullo de un padre, pero es más o menos como hacer diez mil goles en un solo partido de fútbol, o como resolver el Cubo de Rubik en diez segundos, con los ojos vendados y utilizando los dedos de los pies. Es casi como ser Batman y Superman y Spiderman, todos juntos, y con el sentido del humor de Tony Stark y la inteligencia de Sherlock Holmes. Es como ser Messi, pero con poderes para volar y viajar en el tiempo, como tener las respuestas a todas las preguntas y saber todos los chistes buenos del mundo.

Desisto. No soy capaz de decírtelo. No sé contarte el orgullo que siento cuando te miro, la lentitud con la que se me derrite el pecho, el renuncio de mi piel cuando te abrazo, el dolor interno de mis ojos cuando te veo llorar. No puedo, con la pobreza de mi lenguaje torpe y arcano, hacerte saber la conmoción de mis piernas cuando te veo correr, el incendio indomable de mis órganos internos cuando me llegan tus notas, y la conmoción catastrófica de mi centro de gravedad cuando soy testigo de lo que te quieren tus amigos, del lugar en el mundo que, esta vez sin mi ayuda, supiste ganarte por derecho.

Hoy cumplís diez años, mi amor, y eso nos obliga, como todos los años, a vos y a mí, a sentarnos cara a cara, a decirnos ahora lo que dentro de otros diez años –cuando seas lo suficientemente grande para entenderlo– ya no recordaremos, a hablarnos a calzón quitado, sin artificios.

Y cada año es más difícil, mi amor.

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