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Hola, mi chiquito. Hola, mi amor. Alcemos las varitas, porque como todos los años, los ocres de otoño auguran la llegada de tu cumpleaños, y te alejás un poquito más del suelo, te hacés un poquito más hombre y un poquito menos niño. Y algunas veces, Daniel, me parecía que tu día me encontraba siempre igual, siempre en el mismo sitio, siempre con las mismas emociones, con los mismos pecados sin expiar, con las mismas culpas, con las mismas pequeñas proezas, con los mismos enormes defectos; pero no, no es así. Yo también cambio, crezco algo, envejezco otro poco, me ensancho, me acomodo, me reinvento.

Y no me olvido, mi amor, de que el año pasado falté a la cita, y mi carta no llegó. Te pido perdón, pero sé que vos entendés: era un momento triste.

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1981. Por fin, mi habitación para mí solo. Un rato, nomás, mientras mi hermana pasaba la tarde en lo de una amiga o pelotudeaba en el paredón a la hora de la pavada. Entonces abría mi cajón, sacaba una lata de Nesquick de medio kilo, con los rebordes oxidados, despintada -la grosería de los envases de plástico aún no dominaba el mundo-, llena de bolitas comunes, de vidrio. Para mí eran como perlas fabulosas, un tesoro privado. La japonesa, la chilena, la lechera. Nombres de fantasía que utilizábamos para dirimir las disputas en el arenero de la plaza. El hopi y la quema, los dos hitos que había que alcanzar para derrotar al rival, para obtener otra bola de vidrio, para aumentar el tesoro. Pero en esas tardes, simplemente me sentaba en el suelo, las piernas chuecas de cualquier manera, y las bolitas danzando. Hacía una fila, aprovechando el reborde semejante a una vía de tren de la lata. Las ponía ahí, las hacía girar. Me podía pasar horas, solo, las rodillas en una posición inverosímil. No eran las bolitas, ni el juego. Era la ilusión de tener la habitación para mí solo. Era difícil estar solo en esa época. Habitación compartida. Demasiados hermanos, demasiadas personas, la escuela, la plaza. Y, por supuesto, la baja necesidad de intimidad que tienen los niños.

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Ser padre es, probablemente, lo más gratificante que hice con mi vida. Y es, también y sin ninguna duda, lo más difícil que hice. Y como es tan difícil, en lugar de hacerlo con mi vida lo hice con las de mis hijos. No es que sea difícil por sufrido, me resultó -me resulta- enormemente placentero. No es algorítmicamente difícil, ni requiere procesos de cálculo diferencial. No es difícil porque te obligue a enfrentar enemigos ni peligros, ni porque se requieran proezas físicas o destreza de funambulista. Es difícil, simple y sencillamente, porque te refleja contra tus propias carencias, porque te enfrenta a tus pequeñas virtudes y a tus enormes defectos, porque te prueba, ética y emocionalmente, hasta el límite máximo que sos capaz de alcanzar, hasta la frontera última de tus creencias, de tus valores, de tu ternura.

Pero es difícil, sobre todo, porque te fuerza a entender por completo la potencia brutal de las consecuencias de tus actos, la revelación absoluta de que a nadie le importa un carajo tu sabiduría ancestral, ni nada de lo que seas capaz de decir, porque en última instancia tus hijos siguen tus ejemplos, agregan las huellas de sus pasos sobre las tuyas, aportan errores nuevos, y se transforman en personas completamente autónomas reproduciendo un patrón moldeado no por lo que querías, no por lo que dijiste saber, sino por lo buena o mala persona que seas, por el ejemplo que diste, por tu forma de entender la vida.

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Son las ocho de la mañana del día de tu decimotercer cumpleaños, y si bien siempre comienzo tus cartas anuales diciéndote “Hola, mi amor”, esta vez siento que debería ir a despertarte, tirarte de las orejas, darte dos besos y un par de sopapos, por las dudas, por lo que habrás hecho o por lo que vas a hacer. Hoy cumplís trece años, mi amor, y ya sos oficialmente un adolescente. Y tu padre, mi amor, que toma café y fuma y siempre está abrumadoramente seguro de todo lo que dice, irradiando autoridad moral y certezas dogmáticas, ese mismo padre que, tras una intención y unos minutos de diversión supo que iba a ser padre, y que un día, después de nueve meses de sensaciones encontradas, de repente se encontró con que tenía en los brazos un pedazo de carne que no hacía más que llorar, comer y cagar, hoy está asustado.

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daniel_papaLos rituales se prolongan, a veces, a lo largo de toda una vida, mi amor. Cumplís hoy diez años, y yo es la octava vez que me siento a escribirte por eso, a tratar de decirte, mi amor, de explicarte, de contarte las pobrezas de un corazón de padre, algunas verdades que habitan en mis manos, algunos dolores que pueblan mi corazón, algunas risas que, ocasionalmente, se toman vacaciones en mi boca.

Hace tiempo que renuncié a explicarles, a vos y a tu hermano, que el amor de padre es tan intenso que es doloroso, desquiciante, tan absoluto y total que es la única fuerza viva capaz de ponerte por detrás de tus propios deseos, pero quisiera saber decirte que no tenés que leer mi renuncia (ni ninguna otra de mis renuncias) como algo malo. Parte del doloroso proceso de crecer y de amar es entender y aceptar que en este mundo hay cosas que simplemente te superan, que desde la pequeña atalaya que uno logra construir se ve sin problemas el alcance final de tu brazo, el límite de tu propia fuerza, la distancia abarcable desde la persona que uno es.

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IMG_5140Hola mi amor. Siempre empiezo así cuando te escribo, pero no es una fórmula sino un ritual. Y hoy más que nunca necesito del ritual, porque empiezo a sentir que ya no puedo hablarte como siempre. Ya no puedo decirte hijito, ni hablarte de cosas que vas a entender cuando seas grande. No puedo exigirte que te portes bien o que te abrigues, ya no.

Y no es, hijo, porque seas ya un hombre. Todavía no hay bigote en tu labio superior. Tu mirada se endureció este último año, y sin embargo, mi amor, todavía son muchas las veces que, al hacerte una broma o provocarte una risa, tu cara se transforma y puedo reconocer al niño, a mi hijito; puedo recuperar en tus ojos la devoción, esa mirada con la que los hijos chiquitos homenajean a sus padres, una mirada en la que no hay espacio para el error, un lugar en el que, todavía, puedo serlo todo para vos, soy tu conciencia y tus valores, tu amor y tu rabia, el dolor de las tremendas injusticias que, como niño, sufrís todos los días, y la pasión con la que enfrentás un nuevo desafío de origami.

Pero no es por eso, mi amor, que ya no puedo hablarte así.

No es por eso.

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IMG_4280Como muchos de los que habitualmente me leen saben, tengo 42 años, soy papá y esposo y hermano y tengo una panza redonda. Tengo algunas virtudes y un montón de defectos, y entre esa sopa infame de cosas, también soy fan de Harry Potter. No hace falta que vuelva a explicar por qué soy fan, lo he hecho un montón de veces. No es el motivo de este artículo.

Este fin de semana que acaba de terminar, se hizo en Buenos Aires la Magic Meeting. Algo de lo que nunca había participado. Me enteré de rebote, y allá fuimos. El primer día improvisados, los cuatro, y el segundo más preparados, solamente los muy fans de la casa: Pablo, Daniel y yo.

No habíamos vivido nada parecido, y probablemente me cueste destacar lo que realmente me interesa decir, la reflexión que me convoca una vez más al papel y a la tinta.

Estaba lleno de gente. Probablemente treinta o cuarenta veces más del número más alto que yo me hubiese arriesgado a vaticinar si alguien me hubiera pedido que adivinase cuánta gente iría.

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carta_hogwartsHola, hijo. Hola, mi amor. No te enojes, todos los años, en mi carta por tu cumple, te digo “Hijo” y te digo “Mi amor”. El género epistolar está lleno de formalidades, de encabezados que son así, y despedidas que son de esta otra manera, y a esta altura, con tus once añitos, a veces me da miedo avergonzarte un poco cuando te hablo así, pero en mis cartas para vos no hay formalidades, sino rituales. Y aunque cumplas once, y eso te haga ser casi tan tonto como un hombre adulto, necesito pedirte, de hombre a hombre, que me permitas esos rituales, porque es en esas palabras, mi amor, cuando puedo transportarme al bebito que una vez fuiste, a tus eructos agrios de leche materna semidigerida, a tus bracitos buscando mi cuello… Y ¿sabés una cosa? Necesito de esos rituales para sentarme, una vez por año, a escribirte una carta por tu cumpleaños. No los necesito para saber qué decir, ni los necesito para conectar con vos o con lo que siento. Los necesito como un perro necesita mear un alambrado para marcar su territorio. Los necesito como un país necesita soldados para proteger sus fronteras. Los necesito como una loba necesita matar por sus cachorros. Necesito de esos rituales, mi amor para, por este ratito en el que yo te hablo y vos escuchás, establecer más fuerte que nunca que soy tu padre, y también para reconocer ante mí mismo que eso no significa nada si no viene con el desastre glandular que me ocurre cuando te abrazo, con el dolor en el pecho que me produce tu angustia, con la felicidad instantánea que me da tu risa cuando explota por fuera de tu boca, con el placer de mirarte, de saber que estás creciendo, que te estás haciendo hombre mejor que yo. Ojalá un día, mi amor, tengas hijos, y entonces puedas recordar en mis palabras que ser padre no quiere decir nada. Lo que tiene significado en la vida de un hombre es la cantidad de miedo, pasión, felicidad y dolor que se siente, ser desbordado desde el pecho hasta los dientes, saberse potencialmente superado por los hijos, y al mismo tiempo tener que continuar a cargo, dirigiendo una vida sin haber podido ensayar cómo se hace, sin vida extra, sin espacio para el error, y sin embargo cometiendo uno tras otro. Ser padre es permitirle a tu corazón irse a vivir fuera de tu pecho, y morir en cada lágrima de tus hijos.

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sombra_blancaHola, mi amor. Hola chiquitín. Pasaron solamente dos días desde tu cumpleaños, y hoy te escribo bajito porque estás del otro lado de esa puerta, y no quiero que me escuches susurrar las palabras que se me desparraman cada vez que el sol da otra vuelta alrededor de la tierra (sí, alrededor de la tierra, y sí, el sol). Te escribo bajito porque una vez más llegué tarde a nuestra cita anual, porque mis palabras, esta vez, prefirieron una cena contigo a un par de horas a solas con mis pensamientos. Vos crecés y yo también, mi amor. ¿Y sabés qué? Ya no siento culpa cuando llego tarde a este encuentro. Aprendí que estas cartas anuales son un valor a futuro, y el futuro, mi amor, no tiene prisa. Para el futuro no hay ninguna diferencia entre el jueves y hoy. El futuro espera, pero tu día no. Tu día necesita ser ese mismo día, esa misma hora, y está bien que así sea.

A medida que vos y tu hermano crecen, mi amor, se me hace más difícil, porque voy descubriendo que el amor de padre, ese que es tan intenso, ese que no te deja pensar, que te duele en el pecho cuando sostenés a tu bebé por primera vez, ese que bloquea las palabras, que impide ser descrito porque es un sentimiento agónico y brutal, espeso, poblado de fantasmas barbudos y de miedos sin apellido, ese amor que suponía inalterable, un bloque de granito indestructible, ese mismo amor, de repente, empieza a revelar de a poco que puede cambiar. Que cambia, de hecho. Que muta, evoluciona, florece con aristas de colores vivos, inventa nuevos puntos de vista, provee riquezas difíciles de sospechar, respuestas a adivinanzas que nunca supe decir. Te digo esto porque para mí, estas cartas cumpleañeras no son sino un hito marcado en el tiempo que me obliga a sentarme y, por unas pocas horas, pensar exclusivamente en vos, compararte con vos mismo hace un año, y escuchar en silencio lo que tu crecimiento me dice. Y cómo no, en ese ejercicio también me examino yo, como padre y como hombre.

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antiheroeEs muy difícil, mi amor, explicar el orgullo de un padre, pero es más o menos como hacer diez mil goles en un solo partido de fútbol, o como resolver el Cubo de Rubik en diez segundos, con los ojos vendados y utilizando los dedos de los pies. Es casi como ser Batman y Superman y Spiderman, todos juntos, y con el sentido del humor de Tony Stark y la inteligencia de Sherlock Holmes. Es como ser Messi, pero con poderes para volar y viajar en el tiempo, como tener las respuestas a todas las preguntas y saber todos los chistes buenos del mundo.

Desisto. No soy capaz de decírtelo. No sé contarte el orgullo que siento cuando te miro, la lentitud con la que se me derrite el pecho, el renuncio de mi piel cuando te abrazo, el dolor interno de mis ojos cuando te veo llorar. No puedo, con la pobreza de mi lenguaje torpe y arcano, hacerte saber la conmoción de mis piernas cuando te veo correr, el incendio indomable de mis órganos internos cuando me llegan tus notas, y la conmoción catastrófica de mi centro de gravedad cuando soy testigo de lo que te quieren tus amigos, del lugar en el mundo que, esta vez sin mi ayuda, supiste ganarte por derecho.

Hoy cumplís diez años, mi amor, y eso nos obliga, como todos los años, a vos y a mí, a sentarnos cara a cara, a decirnos ahora lo que dentro de otros diez años –cuando seas lo suficientemente grande para entenderlo– ya no recordaremos, a hablarnos a calzón quitado, sin artificios.

Y cada año es más difícil, mi amor.

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