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Currently viewing the tag: "infancia"

mucha_mierdaSupongo que, a esta altura de mi vida, ya no es un secreto para nadie que una gran parte de las oscuras vetas desaliñadas, las informalidades profundas que me suelen asaltar en público y los desmanes que a veces patrocino con insano entusiasmo son, en realidad, producto involuntario de un cruel signo hereditario: un gran porcentaje de mi familia proviene del mundo del teatro.

No es que el teatro tenga nada de malo en sí mismo –nada más lejano a mis creencias–, pero como obra en sano conocimiento de cualquier persona de bien, especialmente en estos tiempos infames que nos toca vivir, los artistas en general y los actores en particular, son un gremio frecuentemente integrado por malhechores, zafios, libidinosos, patanes de vida disoluta y rufianes de baja calaña. Vamos, personas que ni van a misa los domingos ni se ponen corbata. Como mi hermana, la menor, de quien las malas lenguas han llegado a decir hasta que vive en pecado con un señor que ni es su marido ni nada. Y eso que en su casa no hay más que un dormitorio, ya saben a qué me refiero.

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Emociones-1Hola, Enano Cabezón. Hola, mi amor. Parece mentira, hace ya cinco años de mi primera carta, de la primera vez que deshice mis pobrezas de hombre sobre un papel, para decirte verdades de padre. Entonces eras una cabeza con dos ojos redondos, grandes, expresivos, volcados de ternura y dulzura, sostenida en equilibrio precario por un cuerpito de pichón. Eras todo amor y bracitos buscando mi cuello, carita rozando mi barba, risa explotando en mis oídos.

Solamente cinco años después, ya no sos tan enano, mi amor, y desde luego ya no sos tan cabezón. Pero a mí me gusta decirte Enano Cabezón. Me gusta porque es un juego nuestro, privado, egoísta y a la vez cómplice. Tuyo y mío. Me gusta porque me hace acordar a tus ojos como dos doblones de a cuatro, que eran asombrados, curiosos y derrochaban ternura. Me gusta porque, aunque me duela, empiezo a ver cómo se acerca el día en que vos y tu hermano ya no van a ser niños ni enanos ni cabezones ni míos, sino dos adolescentes en pie de guerra, con el mundo y conmigo. Y está bien que así sea, cabezón. Es ley de vida.

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Enfrentando-el-miedoHola otra vez, mi amor.

Por primera vez en los últimos cuatro años, desde que vos, sin saberlo, y yo, plenamente consciente, iniciamos esta tradición ridícula en la que cada año, para tu cumpleaños, te escribo una carta voraz y egoísta que no vas a leer hasta que seas grande, llego tarde a este encuentro impostergable, y por supuesto, me devora la culpa.

Todos los años espero con ansiedad el momento de sentarme a escribirte. Es un hito anual en el que vuelvo a pensarte desde el principio, como hijo y como persona, y vuelvo a pensarme a mí, como padre y como hombre. Es uno de los grandes momentos del año, porque aunque no lo creas, mi amor, una de las enormes frustraciones de la paternidad es, a veces,  no poder ser sincero con los hijos, en aras de su edad, de que no están listos, de todo lo que, supuestamente, no saben. Por eso este espacio, donde te digo ahora mismo las cosas que no puedo decirte, las que quiero que sepas en el futuro con palabras del presente, las que me prometo a mí mismo no permitir que caigan en el olvido.

Lo espero con ansiedad, te decía, y usualmente escribo esta carta varios días antes de que llegue tu cumpleaños.

¿Por qué este año no?

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la_chachaRosa se murió.

Un día cualquiera de esta semana, me levanté cansado. Había dormido mal, y tenía una congoja extraña en el pecho.

Era que Rosa se había muerto.

A diez mil kilómetros, y solamente con un email triste y cortito de mi mamá, que nos contaba a los hermanos que estamos lejos que Rosa se había muerto.

 

Rosa era una India Guaraní. Paraguaya, con la piel marrón cobre, el pelo negro y grueso como alambres y dos ojos marrones y redondos, como monedas de cien pesos ley.

Era bajita y de rasgos duros. No puede decirse que fuera bella. Tenía la cara marcada por líneas profundas, de dolor, de pobreza y de sufrimiento, y sin embargo, era una mujer hermosa. Tenía una sonrisa plena, que le ocupaba toda la cara, y la entregaba con generosidad, con alegría.

Rosa se murió, pero sería injusto olvidar cuánto le gustaba sonreír.

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et“¿Qué te pasa, lloraste cuando viste Bambi?”. Ésta era una frase ritual de mi adolescencia. A la menor muestra de debilidad o falta de hombría, la teníamos a flor de labios: la sensibilidad era patrimonio exclusivo de las chicas, mientras que nosotros debíamos ser fuertes, hombres, sencillamente machos.

Sin embargo, y a pesar de tan mala costumbre, recuerdo vivamente muchos momentos emotivos desde un patio de butacas, invariablemente asociados a un titánico esfuerzo por contener el llanto.

La primera imagen que me viene a la cabeza es la magia de una tarde de sábado, viendo a las bicicletas levantar vuelo, y la muerte de E.T., una desolación infinita sobre el cuerpo grisáceo, flaco y patizambo, y toda mi compasión por el niño que perdía un amigo, para después sufrir violentamente la separación de ambos al pie de la nave que lo llevaría de vuelta a su galaxia: E.T., phone, home, o como lo conocen en España: E.T., teléfono, mi casa. Dos horas después de finalizada la película, mi madre no encontraba manera de calmar mi llanto.

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