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Currently viewing the tag: "justicia"

Ser padre es, probablemente, lo más gratificante que hice con mi vida. Y es, también y sin ninguna duda, lo más difícil que hice. Y como es tan difícil, en lugar de hacerlo con mi vida lo hice con las de mis hijos. No es que sea difícil por sufrido, me resultó -me resulta- enormemente placentero. No es algorítmicamente difícil, ni requiere procesos de cálculo diferencial. No es difícil porque te obligue a enfrentar enemigos ni peligros, ni porque se requieran proezas físicas o destreza de funambulista. Es difícil, simple y sencillamente, porque te refleja contra tus propias carencias, porque te enfrenta a tus pequeñas virtudes y a tus enormes defectos, porque te prueba, ética y emocionalmente, hasta el límite máximo que sos capaz de alcanzar, hasta la frontera última de tus creencias, de tus valores, de tu ternura.

Pero es difícil, sobre todo, porque te fuerza a entender por completo la potencia brutal de las consecuencias de tus actos, la revelación absoluta de que a nadie le importa un carajo tu sabiduría ancestral, ni nada de lo que seas capaz de decir, porque en última instancia tus hijos siguen tus ejemplos, agregan las huellas de sus pasos sobre las tuyas, aportan errores nuevos, y se transforman en personas completamente autónomas reproduciendo un patrón moldeado no por lo que querías, no por lo que dijiste saber, sino por lo buena o mala persona que seas, por el ejemplo que diste, por tu forma de entender la vida.

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En la Argentina de mi niñez, todo el mundo jugaba al ProDe. Existían loterías, quinielas y hasta recuerdo la aparición de los rascas instantáneos para pobres impacientes, pero la estrella de los juegos de apuestas era el ProDe. La espantosa sigla ―haciendo honor al gusto argentino por los acrónimos, nomenclaturas y contracciones idiomáticas obtusas― no significa otra cosa que “Pronóstico Deportivo”. Lo que en España es la quiniela, vamos. Consistía en adivinar, entre Local, Empate o Visitante, los resultados de trece partidos de fútbol de la semana, disponiendo de dos “dobles”, o chances de marcar, para un partido específico, dos resultados de los tres posibles.

Pero el mundo era muy diferente en esa época. Con el dinero que gano yo mensualmente hoy, seguramente vivirían cuatro familias de entonces, mientras que nosotros no llegamos a fin de mes. En esos tiempos, al menos en mi casa, las posibilidades de jugar al ProDe eran escasas, y además mi padre nunca fue especialmente jugador. Sin embargo, recuerdo con mucha precisión la primera vez que me permitió rellenar una boleta, a ver si le daba suerte. Yo tendría por entonces siete u ocho años, y me tomé la tarea con absoluta seriedad. Primero porque un futuro de riqueza inimaginable para toda mi familia dependía solamente de mí; y segundo porque yo era consciente de poseer un arma secreta que la mayoría de los adultos del mundo desconocían: la fría lógica.

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