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1981. Por fin, mi habitación para mí solo. Un rato, nomás, mientras mi hermana pasaba la tarde en lo de una amiga o pelotudeaba en el paredón a la hora de la pavada. Entonces abría mi cajón, sacaba una lata de Nesquick de medio kilo, con los rebordes oxidados, despintada -la grosería de los envases de plástico aún no dominaba el mundo-, llena de bolitas comunes, de vidrio. Para mí eran como perlas fabulosas, un tesoro privado. La japonesa, la chilena, la lechera. Nombres de fantasía que utilizábamos para dirimir las disputas en el arenero de la plaza. El hopi y la quema, los dos hitos que había que alcanzar para derrotar al rival, para obtener otra bola de vidrio, para aumentar el tesoro. Pero en esas tardes, simplemente me sentaba en el suelo, las piernas chuecas de cualquier manera, y las bolitas danzando. Hacía una fila, aprovechando el reborde semejante a una vía de tren de la lata. Las ponía ahí, las hacía girar. Me podía pasar horas, solo, las rodillas en una posición inverosímil. No eran las bolitas, ni el juego. Era la ilusión de tener la habitación para mí solo. Era difícil estar solo en esa época. Habitación compartida. Demasiados hermanos, demasiadas personas, la escuela, la plaza. Y, por supuesto, la baja necesidad de intimidad que tienen los niños.

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volveralfuturoMarty McFly llegó al futuro dentro de unos días, el 21 de Octubre de 2015. Sí, ya sé que es un poco fácil empezar por acá, teniendo en cuenta que esto, como casi todas las pavadas del mundo, es viral en Facebook. Pero sabrán disculparme, porque mientras escribo, la mañana silenciosa de un sábado soleado propicia que mi oficina sea invadida por las conversaciones apagadas de mis hijos jugando, los maullidos de mi gata y el murmullo cerrado de la heladera, haciendo su trabajo. Como estudiantes, me imagino que saben perfectamente cuánto distrae el entorno, y cómo se siente preguntarse, primero, por qué uno se comprometió a hacer esto; y segundo, por qué no lo hizo hasta último momento, dejándolo, como siempre, para el final. Después te das cuenta que el cerebro fue trabajando por su cuenta, y que hay un montón de pedacitos de ideas dando vueltas, y solamente hacen falta las tres cosas fundamentales: atraparlas, ordenarlas y creer en ellas.

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