Lo sostuvo en la mano, mirándolo. A veces los objetos renacidos de la tierra ejercen una fascinación casi demente sobre los vivos. Lo hizo girar, buscando una respuesta última en las dos oquedades sombrías desde las que dos ojos únicos solían comprender el mundo, escrutarlo y acecharlo. La casa está iluminada, y están todos. Yo…
Una historia de amor
–Personaje –dice ella, iniciando con la mano izquierda el gesto tierno de acariciarle la mejilla. Él, molesto, intercepta la muñeca de ella con la mano derecha, negando sutilmente con la cabeza. –No lo podés arreglar todo con un mimito, no me jodas. –No seas pelotudo. Es una caricia. Nada más. Él mordisquea una aceituna, sin…
Los polvos del Gorila
El Gorila, contra lo que puede parecer por el apodo que lleva y que nadie sabe cómo se ha ganado, no mide más de un metro y sesenta y siete centímetros. Tiene los hombros grandotes, los antebrazos extremadamente peludos, en contraste con un cráneo visible desde la luna, los nudillos como las bolas de un…
Luces subterráneas
Los martes la estación era una pesadilla. Todos los martes. No parecía haber una razón real para que los martes fuesen peores que los lunes o que los jueves, pero así era. Y en cierto sentido fue lo que ensombreció el día de Adela. El olor del metal contra el metal, mezclándose con el sudor…
La caja donde guardamos las joyas
Fabricio plegó el papel de regalo, intentando que recuperase su forma original, como había hecho casi todos los días durante los últimos diecisiete años, sin dejar de experimentar, ni una sola vez, cierta frustración por la terquedad del papel, que se negaba a volver a su estado cero. Era un papel encerado, a rayas blancas…
La persona correcta
Quizá no supe explicarme. Tal vez simplemente no me escuchaste. Probablemente no me prestaste atención. O simplemente no quisiste enterarte. —No es acá —te dije. —¿Qué es lo que no es acá? —El lugar específico. —No buscamos un lugar específico, sino un espacio determinado. —Tampoco es acá. Este es el sitio preciso. —¿Preciso para quién?…
El jardín de mi tío
Las hojas muertas caían sin vergüenza sobre Montevideo. El jardín se petrificó por un instante. Yo nunca había visto llorar a mi tío. Mi tío es un hombre de los de antes, de los que no lloran. Yo siempre supe que es, además, un hombre tierno. Pero esa noche lloró. Mi tía también. Lloraron mis…
Don Nepomuceno y el Robinjú
–Vos, el nuevo, ponete ahí. ¿Cómo te llamás? –Pedro, pero me dicen el Robinjú. ¿Y usté, Jefe? –Nepomuceno. –Ah, Nepo. –Nepo no, Nepomuceno. –¿Ceno entonces? –No. Nepomuceno. –Es que es muy largo. No sé si me voy a acordar. –Largo un carajo. Me llamo Nepomuceno y vos hacés lo que yo diga. –Bueno, bueno, no…
Por no levantar la vista
No supe que era feo hasta entrados los catorce años, que fue cuando me empezaron a gustar las chicas. Susy Pazos tenía dieciséis, los ojos verdes, un montón de pecas y cuerpo de mujer. Después de acecharla en el colegio durante semanas, que a esa edad cuentan como meses, agazapado tras las columnas del patio,…
La catástrofe del patinazo sobre el noble fruto
Que no le confunda, como suele suceder, la obvia extracción humilde y baja cuna de los que evidentemente provengo, porque amén de las limitaciones, privaciones y terribles infortunios a los que, desde infante, me he visto sometido, y a pesar de ellos, poseo y detento un proverbial uso del lenguaje, en sus formas hablada y…
Rómulo, Remo y el Macizo Kukaracha
Caminábamos de la mano, como siempre. Nos gustaba a los dos. Para mí, la sensación de sus deditos entre los míos era una evidencia física de la desmesura del amor que sentía. Buenos Aires atardecía con una furia inusual, pintando en el cielo una sombra violácea sobre jirones de nubes de algodón pintado. Paseábamos por…
Roomba, samba, mambo
Fue una tarde de julio, de esas en las que un verano rabioso te hace arrepentirte de haber venido a vivir a Barcelona. La ciudad respiraba pesada, exhalando el tufo a pis y turismo marca de la casa, que ofende desde la nariz a la garganta. Nada sugería que fuese a ser un día diferente…
Tinder, Cristina, Barcelona
Debe ser cosa de Tinder, porque si no, no me lo explico. Ya sé que parece inverosímil, pero te doy mi palabra. Empezó hace tres años, cuando conocí a Roxana. Maestra primaria y fanática de las isoflavonas de soja. Nos conocimos una tarde de marzo, en la playa de Sitges. La brisa venía investida del…
Medialunas y baldosas
No se trata de una sensación o de un punto de vista, es una realidad estadística. No le gusto a las mujeres que se llaman Ingrid o Patricia. Nunca. Tenía yo doce o trece años la primera vez que me enamoré de una. Se llamaba Patricia Ingrid, y tenía tres lunares pequeñísimos en la mano…
Escribiendo soy Dios, Diógenes y el perro
Me gusta pensar que te hablo cuando te escribo. Y sí, lo sé, no sos más que un reflejo desdoblado de mí, una parte de mi alma a la que al fin me enfrento, y que, sorpresivamente, se me para de manos, quejándose y gritando. Debería, en los papeles, ser fácil para mí escribir sobre…
Parábola
Me apasiona verlo en cámara lenta, porque parece que la pelota es casi ingrávida. Gira sobre sí misma, con un eje invisible que la ata como si se tratara de un globo escapando, de una esfera rebelde que busca su origen. Mientras tanto, una parábola imposible se insinúa detrás, o debajo, de una trayectoria suave…
Lo inevitable de los miércoles
Me desconcertó, porque creía que era miércoles. El metro no llegaba y yo, mirando a diestra y siniestra, relojeaba el ondeo suave de su vestido de florcitas blancas. Quizá fueran margaritas, quizá no. La verdad es que, de flores, como de casi todas las otras cosas del mundo, no entiendo un carajo. Así las cosas,…
Te voy a herir un poquito más
Me duele la calavera. Se hace patente de manera casi brutal, excruciante. No es la cabeza. No es el cerebro. De golpe, soy consciente de forma inapelable del tamaño, la rugosidad y el peso de mi calavera. El encastre de los dientes, sus raíces con promesas de dolor futuro. La articulación de la mandíbula y…
Café París
Quizás fue tu silencio lo que al principio –solo al principio, porque después se pobló de sonidos– me sacó de mi encierro. El aire se hacía denso alrededor de tu cabeza, y yo podía verte reverberar a contraluz, intermitente detrás del paso aleatorio de un mozo o de un comensal desorientado. La ventana estaba donde…
El varillaje de los abanicos
Me gustan las tardes de los sábados, porque es cuando puedo entregarme más largamente al ritual del té. Me pongo de rodillas frente a la mesita baja, como una auténtica dama china, y acomodo los abanicos en la superficie, abiertos. Uno tiene pájaros pintados que, sigilosamente, pasan de varilla en varilla con las alas abiertas….





















