Hijita, te escribo esta carta porque sé que nunca la vas a leer. Si la fueras a leer no te escribiría, o te escribiría sobre cosas trascendentes, el amor que te profeso, el que deberías elegir para tu vida, la importancia de predicar con el ejemplo, el instante mágico en que, por primera vez, tenés un hijo en brazos.
Pero no va a ocurrir, entre otras cosas porque estoy sentado frente a la ventana, en la duodécima planta de un edificio en llamas, y tuve que elegir entre convertirme en cenizas o en un collage de tripas, cuero y jugos asquerosos desparramados sobre la vereda de la Avenida Corrientes. Y la verdad, Lucía, mi amor, es que prefiero evitarle a algún pobre infeliz la desagradable tarea de inventariar mis huesos y trapear pedacitos de mi cerebro mezclados con las medialunas de esta mañana y una tira larga de intestinos reventados.
Así que decidí, en lugar de contribuir a la repugnancia habitual de la ciudad, sentarme a esperar la muerte con toda la tranquilidad que en este momento soy capaz de invocar, y aprovechar ese ratito para liberar mi pecho de todas las pavadas que nunca te dije, porque los hombres, mi amor, somos muy tontos, y nacemos con un filtro social anti-ternura que, muchas veces, nos impide conectar con las emociones.
Y quiero empezar por contarte, preciosa, que tu madre quería que te llamaras Jimena, como su abuela uruguaya, la que nunca la quiso, pero a quien por alguna razón tu madre adora. Y yo peleé y peleé para que te llamaras Lucía. No porque me importara un carajo tu bisabuela o los nombres con jota, que me parece una letra áspera y decadente para comenzar un nombre, sino porque Lucía me parece una de las canciones de amor más tiernas y dulces jamás escritas, con joyas poéticas como “si alguna vez fui sabio en amores, lo aprendí de tus labios cantores”. Y entonces, princesa, desde que naciste, cada vez que pronuncié tu nombre la boca se me llenó de amor. Saboreé tu ternura como si masticase algodones, como si entre los dientes tuviera jirones de nubes blancas, un relámpago fugaz de una lluvia de verano, el olorcito a dulce de leche tibio de una torta recién hecha.
Quiero decirte, hija, Lucía, que cuando eras un bebé, y más tarde una niña pequeña, adoraba dormir la siesta con vos sobre mi pecho. Juntos, piel a piel. Adoraba darte un besito suave en los labios, y cómo te patinaba el habla al decir “Papá te quelo musho”. Me derretían tus pasitos dubitativos, tu caminar errático de pañal bamboleante y tu sonrisa que, siendo tan pequeña, llenaba la habitación de una luz inverosímil. Después, mi amor, fuiste creciendo, floreciste como una adolescente espléndida, y entonces mi vocación de persona de bien me impidió el contacto físico con vos. No es que haya dejado de quererte, o que mi ternura haya muerto, sino que los padres a veces no podemos tener contacto con las hijas sin que una sospecha pecaminosa nos haga sentir muy mal. Y creeme, mi amor, que fue quizás de las pérdidas más grandes que sufrí en el camino de la paternidad.
Quiero contarte también, que eras especialista en sacar burbujas de moco por la nariz. A veces alcanzaban el tamaño de un globo mediano, antes de estallar en un millón de gotitas que salpicaban los salvamanteles. Tu mamá me cagaba a gritos porque yo dejaba evolucionar las burbujas de moco, te las festejaba, reía con vos a carcajadas cuando explotaban. No habías cumplido cuatro años cuando yo ya sabía por tus pasitos corriendo hacia mí, mientras gritabas “¡Papi, papi!”, que estabas germinando una nueva pompa mucosa, y que después de reírme iba a tener que pelear por enésima vez con tu madre.
Quiero que sepas que tus ojos son, sin ninguna duda, los más bellos que contemplé jamás, los más desbordantes de amor y ternura, y que, a tus cuatro, cinco, seis años, te bastaba buscarme con la mirada para que yo sintiese un punzón mortal en el pecho, un arranque de dulzura que invitaba al desmayo: me dolía cada vez que me daba cuenta que te amaba -te amo- tanto, tan intensamente y con un amor tan puro que moriría sin pensarlo solamente por hacerte sonreír.
Ahora que ya sos una mujer, hijita, quisiera poder decirte que me entristece profundamente cómo poco a poco dejamos morir la complicidad, el aura seráfica de secretos compartidos, la incondicionalidad a la hora de pasar tiempo juntos, y todo por la estúpida circunstancia de ser dos adultos, de que la inocencia tuya se suicidó, probablemente entre los brazos de algún novio ocasional, y mi conciencia de padre responsable marcó para los dos límites físicos y sociales, que nunca más volvimos a cruzar. Daría la mitad de lo vivido por volver a tener la oportunidad de besarte inocentemente en los labios, de abrazarte siendo niña otra vez, de poder regalarte mi amor de padre sin filtros ni hipocresías limitantes.
Ojalá, mi niña, la vida nos diera esa chance, pero te digo todo esto porque esta carta es una despedida, un karaoke de lágrimas que desaparecerá en las llamas, un susurro flamenco a los oídos del fuego voraz que, dentro de pocos minutos ya, va a llevarme de vuelta a la inmensidad de no existir.
No estés triste, hijita, estoy en paz. Me siento bien. Pude decirte estas pavadas, aunque no las vayas a leer… esperá. ¡Opa! Capaz que me voy a sentir muy pelotudo cuando tenga que darte esta carta en mano, porque los bomberos acaban de derribar la puerta, y espero llegar a esconderla en mis bolsillos antes de que, a prepo, me pongan una máscara de oxígeno.

Federico Firpo Bodner, también conocido como Pilo, o Pilux, es, por definición y elección, Rioplatense de nacimiento. Nació en Montevideo, Uruguay, en marzo de 1973. A finales de 1974 su familia se instaló en Buenos Aires, donde residió hasta mayo del año 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Lector insaciable y escriba aficionado desde la niñez, el autor se declara seguidor incondicional de muchos autores. Por nombrar a algunos, citaremos, cómo no, a Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Paul Auster, Roberto Arlt, Felisberto Hernández, Macedonio Fernández, Manuel Puig, Mark Haddon, Eduardo Mendoza, Manuel Vázquez Montalbán, Raymond Carver, Truman Capote, Fedor Dostoievsky, Raymond Chandler, Patrick Rothfus, Brandon Sanderson y muchos, muchísimos otros y otras que en este momento se esconden en las trampas secretas de la memoria.
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