La puerta de doble hoja se abre lentamente. Estรก laboriosamente forjada, con motivos de espectaculares dragones tomando mate, mientras al mismo tiempo expulsan vรญvidas llamaradas por los orificios nasales โno siendo yo un experto en Draconologรญa, no me atrevo a opinar, pero mi instinto me dice que el fuego lo lanzaban por la bocaโ, en medio de un incendiado campo sembrado de girasoles, donde ovejas y vacas, sentadas frente a frente, juegan al ajedrez multidimensional, estudiรกndose con rostros severos. Debe pesar mรกs de cuatrocientos kilogramos y, sin embargo, gira sobre sus dos ejes con un susurro apenas perceptible, como una de esas viejas guillotinas que aparecen en las ilustraciones de la Revoluciรณn Francesa. Francia, por cierto, para quien quiera saberlo, dejรณ de existir en el aรฑo dos mil ciento once, fagocitada por la superpotencia creciente de Luxemburgo, que tristemente sucumbirรญa en dos mil trescientos dos, bajo el potente fuego multidisciplinar y el bloqueo econรณmico impulsado por el nuevo dominio del Imperio Libanรฉs.
Volvamos a la puerta. Al abrirse, puede verse como las luces de criogenia de argรณn cortan el aire, lanzando rayos entre los jirones algodonosos de una humareda artificial, de la que el Emperador gusta rodearse cuando recibe en audiencia a dignatarios extranjeros, embajadores de reinos sometidos, peticionarios diplomรกticos, empresarios relevantes, pedigรผeรฑos comunes o, a veces, simples bichicomes.
Siempre me fascina ver los retazos espesos de la humareda. Dicen los historiadores mรกs versados, que Su Alteza Imperial se inspirรณ en una bebida que solรญa aparecer en antiguas pelรญculas que, aunque parezca una mentira delirante, se producรญan en la zona de Los รngeles, California, en lo que hoy se conoce como el Moridero de los Gringos. La bebida se llamaba, segรบn algunos autores, Coca-Cola, mientras que otros defienden a capa y espada la hipรณtesis de que fuese en realidad Pepsi-Cola. Personalmente, creo que es una discusiรณn poco relevante, ya que parece existir suficiente evidencia creรญble para ambas hipรณtesis, y debido a las catรกstrofes ya bien conocidas por todos, los datos que conservamos previos al aรฑo dos mil setenta y ocho suelen ser ambiguos o difusos, y muchas veces simplemente incompletos. Aparentemente, el espantoso brebaje fue prohibido alrededor de dos mil setenta y tres, cuando se descubriรณ que contenรญa un agente biolรณgico que producรญa un apetito insaciable por los hidratos de carbono, las grasas saturadas e, inexplicablemente โse supone que fue un efecto secundarioโ, por las almejas guisadas.
El humo remolonea en la estancia, y al disiparse, se recorta contra el ventanal del fondo la silueta enorme de Su Alteza Imperial, Abderramรกn Washington Ramรญrez III, nombre este tambiรฉn curioso, porque no consta en la historia del Imperio, ni en la que se conserva de la previa Repรบblica, el primero ni el segundo de la sucesiรณn. Pero los analistas del pasado y los versados en polรญtica general, coinciden en que, seguramente, fue un capricho del Emperador al morir su padre, Wilson Gustavo Ramรญrez, apodado el siniestro por su fea costumbre de matar a los disidentes polรญticos con un pulso electromagnรฉtico que, al suprimir las funciones del sistema nervioso simpรกtico y disolver sus esqueletos, los transformaba en una suerte de babosas flรกcidas. Un saco de carne, piel y รณrganos de cincuenta kilos, que utilizaba para divertimento y disfrute de la Jaurรญa Imperial, y su posterior alimentaciรณn, que como es de pรบblico conocimiento, requiere un alto contenido proteico.
Se recorta la silueta del Emperador, decรญa, sobre el fondo del Cerro de Montevideo, visto desde la planta sesenta y siete del Palacio Imperial, que ocupa el emplazamiento del antiguo Congreso de la Repรบblica, y es, naturalmente, la nueva sede del poder absoluto. Como es su derecho, al ser monarca mรกs poderoso del orbe, el Padre del Imperio de mayor extensiรณn y economรญa mรกs importante, el Emperador no se molesta en acicalarse especialmente para recibir a sus visitas, y cuando el humo se disipa completamente, y la silueta deja paso a la figura, puedo ver que hoy lleva una de las antiguas camisas Hawaianas (Hawรกi era una especie de paraรญso, cuya poblaciรณn รญntegra fue devorada por un ejรฉrcito de langostas carnรญvoras, allรก por el dos mil ciento quince, cuando a pesar de ser gente de paz, los Hawaianos se negaron a rendir su soberanรญa al Imperio), y un par de bermudas de azul metรกlico, elegantรญsimas. Se desplaza flotando suavemente en el aire, completando su atuendo con unas chanclas abiertas con impulsores de gravedad invertida, y lleva, bajo el brazo izquierdo, lo รบnico sacrosanto para รฉl en este mundo, el talismรกn รบltimo y la fuente de inspiraciรณn primera, que no permite que sus sirvientes y ujieres carguen y ceben por รฉl: el termo y el mate.
En la sala de audiencias se hace un silencio absoluto, teรฑido de reverencia y temor. El Emperador se acerca a su trono, un mamotreto de cuatro toneladas y media, esculpido en mรกrmol y con incrustaciones de acero inoxidable โmetal precioso si los hayโ, que tiene talladas en la base emotivas escenas de las finales de los Mundiales de Fรบtbol de mil novecientos treinta y mil novecientos cincuenta, cuando la antigua Repรบblica Oriental del Uruguay derrotรณ a Argentina y Brasil, respectivamente. En mi modesta opiniรณn son imprecisas, aunque los registros veraces del juego llamado fรบtbol que se conservan son pocos y difusos, porque el Emperador Josรฉ Gervasio I, el legislador, lo prohibiรณ en el aรฑo dos mil noventa y seis, por considerarse que embrutecรญa a la poblaciรณn, incitaba a la violencia y era malo para la estabilidad de los matrimonios.
El emperador se sienta, pero antes, dirige una mirada de desdรฉn a la audiencia, fijando su vista en algรบn punto indeterminado, veinte o treinta centรญmetros sobre la altura media de los presentes. Tuerce la boca en media sonrisa sardรณnica, y dice:
โBuenas.
Los dignatarios extranjeros, arrodillados desde antes de que las puertas comenzaran a abrirse, responden a coro, en un murmullo ininteligible y atemorizado en el que casi puede palparse el sudor frรญo, el miedo como un convidado extra, como observador y rector.
El Heraldo golpea el suelo de mรกrmol con la talonera de su alabarda โplenamente decorativa, porque la vida del Emperador estรก protegida por los mรกs sofisticados avances tecnolรณgicos existentesโ, y derecho como un poste, anuncia:
โTiene el privilegio de hablar a su Alteza Imperial su Seรฑorรญa don Javier Misleyes, Gobernador interino de la Regiรณn Occidental del Uruguay, por obra y gracia del Emperadorโ. Para quienes no lo sepan, se refiere a la antigua Repรบblica Argentina, famosa por la belleza legendaria de sus mujeres, por una antigua danza ritual llamada Tango, de la que apenas se conservan registros, la potencia en el ya mencionado fรบtbol y por ser amantes de la ingesta de carne asada, untada con una sustancia deplorable y espesa a la que llamaban Dulce de Leche.
El dignatario procede a exponer su caso, no sin hacer gala de la tรญpica habilidad para el verbo florido que caracteriza a los habitantes de la regiรณn, y debo decir, como nota personal, que hasta lo hace con cierta gracia y estilo. Esencialmente pide ayuda y recursos para toda la Regiรณn Occidental del Uruguay, porque las minas y yacimientos del norte llevan siglos agotรกndose, el ganado ya no engorda como antes, y en la zona de La Pampa los diez millones de habitantes apenas consiguen plantar trigo genรฉticamente cultivado, mientras las ovejas gigantes โvariedad local conseguida por el famoso cientรญfico occidental Gregorio Mengueleche en dos mil cuatrocientos veintidรณs, es decir, hace poco mรกs de quince aรฑosโ apenas alcanzan la tonelada de lana por oveja y aรฑo, con lo que la producciรณn mundial de tejidos naturales estรก en jaque, y eso genera presiones diplomรกticas provenientes del Principado de Naurรบ, capital mundial de la moda.
Su Alteza Imperial sonrรญe. Se pone de pie, y dice:
โNo seรกs llorรณn, vo. Quinientos aรฑos haciรฉndose los pintas, y ahora venรญs con el caballo cansado. Me meo. Tรก. Dejame ver que puedo hacer, pero no te prometo nada, que bastante paspado me tienen los porteรฑos en los รบltimos meses. Y vos, Gutenberg, servรญ para algo. Escribilo, sacale foto, quรฉ se yo.
Gutenberg soy yo, el Honorable Biรณgrafo Imperial. Como es natural, obedezco.

Federico Firpo Bodner, tambiรฉn conocido comoย Pilo, oย Pilux, es, por definiciรณn y elecciรณn, Rioplatense de nacimiento. Naciรณ en Montevideo, Uruguay, en marzo de 1973. A finales de 1974 su familia se instalรณ en Buenos Aires, donde residiรณ hasta mayo del aรฑo 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Lector insaciable y escriba aficionado desde la niรฑez, el autor se declara seguidor incondicional de muchos autores. Por nombrar a algunos, citaremos, cรณmo no, a Gabriel Garcรญa Mรกrquez, Julio Cortรกzar, Paul Auster, Roberto Arlt, Felisberto Hernรกndez, Macedonio Fernรกndez, Manuel Puig, Mark Haddon, Eduardo Mendoza, Manuel Vรกzquez Montalbรกn, Raymond Carver, Truman Capote, Fedor Dostoievsky, Raymond Chandler, Patrick Rothfus, Brandon Sanderson y muchos, muchรญsimos otros y otras que en este momento se esconden en las trampas secretas de la memoria.
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