Las librerías siempre me llenaron los pulmones. Desde niño. Mi papá me llevaba de la mano a la del barrio, El Lazarillo de Flores, y el solo hecho de cruzar el umbral dilataba mis narinas, dejando que el olor del papel viejo y la tinta me intoxicara. Parpadeaba, y al abrir los ojos el mundo era otro, siempre el mismo y siempre nuevo. Las paredes repletas de lomos de colores, de fantasías ajenas, de planetas distintos, de historias ofrendadas a nadie para disfrute de todos.
—Andá para allá, que están los infantiles —me decía mi viejo, señalando con el dedo el fondo, donde una mesita desvencijada y dos sillas liliputienses ofrecían un entorno sano y seguro para el solaz de los niños y en beneficio de reducir la inflamación genital de los adultos.
Entonces, la libertad. Podía manosear los libros, escrutar los dibujos, leer historias cortas, rechinando los dientes y comiéndome los mocos. Creo que pasé más horas en esa mesita que en el patio de la escuela.
Ahí descubrí la colección Robin Hood, con sus tapas amarillas y las historias de héroes y villanos, las de llorar, las de animales y las de romances. Descubrí los libros rojos del Barco de Vapor, y los entrañables de María Elena Walsh, que hoy, con los ojos llorosos, les leo en voz alta a mis hijos.
Pero lo que más me gustaba era espiar a mi papá. Primero iba y hablaba con el librero, don Luis. Eran amigos. Don Luis se quejaba de la economía, y mi papá le decía que si con la cabeza. Luego, disimulando la emoción de la voz, Papá preguntaba:
—¿Y las ventas cómo van, Luis?
—Esta semana no vendimos nada, Toto.
El diálogo, no por repetido era menos fascinante. Mi papá siempre tenía la esperanza de que sus libros se hubieran vendido, y don Luis siempre le decía que “esta semana no”, como si la pasada semana si, como si no fuera más que una mala semana para las ventas de ficción contemporánea.
Mi padre, entonces, se miraba los pies, y don Luis le palmeaba el hombro en silencio, desviando la vista hacia el pasillo de novelas de misterio. Papá se daba vuelta despacio, y se dirigía a la mesa principal de exhibición, en la que sus dos novelas estaban siempre. La misma pila de diez ejemplares, juntando polvo. Acariciaba las tapas y suspiraba, imagino que soñando con ser leído, pero nunca me animé a preguntarle qué pensaba, y mucho menos qué sentía.
Al rato, se acercaba y me decía:
—¿Y, Santiago? Si querés podés elegir uno. Uno solo, que no sea muy caro.
Yo sonreía como un demonio, y me dejaba seducir por los títulos: Huckleberry Finn, 20.000 leguas de viaje submarino, Gulliver en el país de los enanos, Sandokán y los Tigres de la Malasia, Azabache, Príncipe y Mendigo, y tantos, tantos otros que fueron revelándose a mí, arrastrándome a un universo infinito, un sueño de colores vivos, una metáfora de las vidas que no viví, de las aventuras que no tuve, pero que sentí en la piel, en los dientes, en las manos.
Y un día, me encontré frente a una máquina de escribir Remington, que era precisamente en la que mi viejo había renunciado a sus sueños de escritor, y después abrazado el amor por escribir, sin más objetivo que el de devanar sobre las teclas mecánicas, respirando el tac tac tac acompasado de sus dedos, sorbiendo de tanto en tanto la nariz y tomándose frío el café que mi mamá, antes de morir, le acercaba cuando caía la tarde.
Empecé por jugar.
Un día puse una hoja en blanco, y sentí volar mi sangre cuando el rodillo, con su raca raca, se tragó la hoja y la hizo aparecer como una promesa sin destinatario.
Escribí una frase: El olor de la torta de limón me traía siempre recuerdos de mi abuela.
Y después otra.
Y después una historia.
Y después un capítulo, y otro, y otro.
Y mi novela se llamó El olor de la torta de limón.
Y mi padre murió en paz, dos días después de leer el primer borrador.
Y ahora soy yo el que entra a El Lazarillo de Flores, que ya no es de don Luis, sino de una cadena de libreros sin nombre ni rostro, que reemplazaron la mesita de mis sueños infantiles por una góndola de libros de autoayuda.
Mi libro ocupa toda la mesa central, en el mismo lugar donde las novelas de mi padre juntaban polvo.
Me quedo unos minutos, y en ese rato, seis personas distintas entran, van derecho a la mesa de novedades, y sin reconocerme se llevan mi ópera prima hacia la caja.
Me acerco a la mesa, y en el momento en que una lágrima se me escapa, estrellándose sobre mi nombre, pienso en mi viejo. Ojalá hubieras vivido para verlo, Papá.

A mi viejo querido, que me enseñó a amar a los libros, las historias y la escritura.
Que nadie se preocupe: goza de excelente salud y apetito por la vida. A veces hay que echar mano de una ficción dolorosa para escribir según que historias.
Federico Firpo Bodner, también conocido como Pilo, o Pilux, es, por definición y elección, Rioplatense de nacimiento. Nació en Montevideo, Uruguay, en marzo de 1973. A finales de 1974 su familia se instaló en Buenos Aires, donde residió hasta mayo del año 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Lector insaciable y escriba aficionado desde la niñez, el autor se declara seguidor incondicional de muchos autores. Por nombrar a algunos, citaremos, cómo no, a Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Paul Auster, Roberto Arlt, Felisberto Hernández, Macedonio Fernández, Manuel Puig, Mark Haddon, Eduardo Mendoza, Manuel Vázquez Montalbán, Raymond Carver, Truman Capote, Fedor Dostoievsky, Raymond Chandler, Patrick Rothfus, Brandon Sanderson y muchos, muchísimos otros y otras que en este momento se esconden en las trampas secretas de la memoria.
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