Dicen que no hay definición más precisa de locura que hacer una y otra vez lo mismo, esperando un resultado diferente.
Así llegué hasta acá. Hasta hoy, hasta esta ventana que, como una boca abierta, me escupe su aliento invernal, las palabras de una soledad fabricada con trocitos de viento y agua, los jirones de una tormenta que, furiosa, no admite cobijo, la escala de grises definitiva y total, bajo la que no se puede sino soñar absolutos.
Hace más de diez años que, todas las mañanas, entre las ocho y treinta y seis y las ocho y treinta y nueve, me acerco a esta misma ventana, solo para verla salir.
Abre la puerta, y la calle se ilumina de con luces de fiesta íntima, bajo el taconeo sordo de una bota alta, o lamiendo la rugosidad abstracta de unas sandalias de tiras.
No sé por qué razón, ella sonríe. Siempre sonríe al pisar la vereda, y casi como quien observa abrirse hacia el infinito los círculos concéntricos en la superficie de un lago cuando se ha lanzado una piedra, la magia de su sonrisa contagia sin piedad a los paseantes, abriéndose como una bandada de palomas espantadas. Una mujer con sombrero le sonríe de vuelta, un hombre que lleva la gorra puesta al revés le hace una inclinación de cabeza, los niños, camino de la escuela, la deifican con la mirada, la aman en silencio, con la naturalidad con que aman los niños, con la simpleza con la que llegan a la conclusión de que determinada clase de belleza solamente puede inspirar amor.
A los pocos minutos pasa el colectivo ciento cincuenta y dos, y entonces yo imagino que va hacia Olivos. Me gusta pensar que trabaja en Olivos, no sé por qué. Quizá porque nadie trabaja en Olivos. Al menos nadie que yo conozca.
Y van diez años, decía, durante los que solamente observé desde mi ventana, bebiendo su pasión a la distancia, sabiéndola inalcanzable y al mismo tiempo posible.
La vi ser casi adolescente, apenas entrada en la veintena, desafiando la gravedad, llenando los jeans con una insolencia casi inaceptable. La observé salir vestida para entrevistas de trabajo, justo después de abandonar para siempre los aparejos de estudiante universitaria en lucha permanente contra la opresión manifiesta de un mundo que no la merecía. La miré cuando salía, formal, para trabajar en Olivos, seguramente en un banco o en una aseguradora o en una fábrica de salchichas. Me recreé en la visión imposible de su cuerpo elástico, de su sonrisa desgarradora, del tiempo que, de a poco, le dibujaba líneas de ternura en el rostro, le agregaba edad en la cintura, le ponía y le sacaba embarazos, desafiaba su sonrisa eléctrica, luminosa, voluminosa, la abrigaba en invierno y la desvestía en verano. Hice cien mil conjeturas acerca de cuál sería su ventana —jamás la vi asomarse a ninguna ventana—, profeticé encuentros improbables y conversaciones equívocas, imaginé amores robados a una caída de hojas otoñal, llovida sobre los hombros de los judíos que, en el barrio, van de la joyería a la carnicería, me morí de júbilo cuando deduje —mediante la simple observación de su ropa y maquillaje—, que se había separado, que no habría ya más embarazos testificando que no era mía, que no me amaba, que era toda dulzura para su hija y sus dos hijos, que era toda pasión para un marido ignoto, desconocido y detestable.
Hace dos años, nada más, empecé a ahorrar coraje. Lo ponía todas las mañanas en un frasco de vidrio barato, después de que el ciento cincuenta y dos se la llevase sin disculparse.
Lo fui atesorando. El contenido del frasco subía de nivel casi imperceptiblemente, y sin embargo, estación tras estación era posible saber que había más coraje encerrado en el frasco que en todo mi pecho.
El lunes —hace dos días—, decidí que a finales de semana tendría ahorrado suficiente coraje para hablarle, y que lo haría a las ocho y treinta y seis minutos del viernes, cuando pisara la calle, con mi frasco de coraje bajo el brazo. El frasco estaba casi lleno.
Hoy, miércoles, salió con un vestido violeta, con pequeñas perlas en el corpiño y un vuelo de fantasía que haría soñar hasta a las monjas del convento de acá a la vuelta.
Un viento asesino le hizo volar la falda, que fue a enredarse trágicamente en la rueda delantera derecha de un colectivo ciento cincuenta y dos que, por alguna razón de mierda, decidió no parar a pesar de su lánguido brazo extendido.
Entre lágrimas, miré hacia mi frasco.
Estaba vacío.

Federico Firpo Bodner, también conocido como Pilo, o Pilux, es, por definición y elección, Rioplatense de nacimiento. Nació en Montevideo, Uruguay, en marzo de 1973. A finales de 1974 su familia se instaló en Buenos Aires, donde residió hasta mayo del año 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Lector insaciable y escriba aficionado desde la niñez, el autor se declara seguidor incondicional de muchos autores. Por nombrar a algunos, citaremos, cómo no, a Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Paul Auster, Roberto Arlt, Felisberto Hernández, Macedonio Fernández, Manuel Puig, Mark Haddon, Eduardo Mendoza, Manuel Vázquez Montalbán, Raymond Carver, Truman Capote, Fedor Dostoievsky, Raymond Chandler, Patrick Rothfus, Brandon Sanderson y muchos, muchísimos otros y otras que en este momento se esconden en las trampas secretas de la memoria.
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