Las hojas muertas caían sin vergüenza sobre Montevideo. El jardín se petrificó por un instante.
Yo nunca había visto llorar a mi tío.
Mi tío es un hombre de los de antes, de los que no lloran. Yo siempre supe que es, además, un hombre tierno.
Pero esa noche lloró.
Mi tía también.
Lloraron mis primos. Los cuatro. Con congoja, con pucheros y con hipos.
Lloraron mis hermanos.
Y, por supuesto, lloré yo.
La imagen de la noche fue, para mí, la mano grande, de dedos planos y venas marcadas de mi tío sosteniendo tu cabeza hasta el final, tu último aliento y entonces, las lágrimas nunca antes vistas, estrellándose sobre las baldosas del patio, incontenidas, incontenibles, con una transparencia casi cruel.
El entierro no fue distinto a los demás entierros. O sí. No hubo una caravana de coches negros, ni funerales ostentosos, ni palabras de consuelo mentidas por un representante de dios. No hubo oropeles ni coronas ni flores. No hubo ataúd.
Pero el dolor sí que fue igual.
El dolor es el mismo, dejar ir al muerto —a la muerta, en este caso— es un dolor que comienza siendo insoportable, y termina por ser una astilla clavada en la planta del pie, que no duerme nunca, que duele un poquito, pero para siempre. Es un dolor que en algún momento deja de impedirle el paso a la sonrisa, a otros amores, a las tardes con amigos en la rambla de Pocitos, al atardecer que desparrama nubes sobre el patio.
Duele igual. Duele para siempre.
Las vacaciones, como todos los veranos, se acabaron después de una eternidad de días descalzos y al sol. Eran veranos larguísimos que, asombrosamente, terminaban en seguida. Enero y febrero, cálidos y sin ver a Papá y Mamá, y sin embargo tan repletos de amores y de risas, las bromas culinarias de mi abuela, y el abuelo sentado para siempre a la sombra del porche, con las patas en una palangana de agua y fumando La Paz sin filtro.
Volvimos a Buenos Aires.
Y entonces, hermosa, los años se dedicaron a pasar uno atrás de otro, voraces y veloces, y el jardín testigo de tu vida se evaporó en más veranos, alguna que otra mudanza y la pesada tarea de hacerse hombre.
Cuarenta y varios años más tarde, en un viaje a Montevideo, cumpliendo los cincuenta y acompañado de mis hijos, un par de adolescentes hermosos y tiernos que saben mucho más de emociones que mi tío y que yo, lo visitamos. Estaba viviendo en el Remanso de Neptunia, en una casa hecha a mano con contenedores navieros, de esos que viajan en la cubierta de los buques, pastoreando una frondosa plantación de marihuana y tomando mate en un balcón de ensueño, desde donde se ve al río doblar una esquina con pereza.
Lo encontramos feliz, con la misma hombría de antes, con la misma ternura de siempre. Propenso a la risa y al chiste fácil.
Quise hablar hoy con vos porque nunca olvidaré tu nariz reseca bajo tu última mirada. Es verdad que ya habíamos pasado veranos con Brancia y Nicola, y que en casa teníamos a Rosa, pero Pacha, acordate de las correrías juntos en la playa, de los juegos con la pelota, del eco de tus ladridos en el patio.
Más de cuatro décadas después, aún puedo ver en la mirada de hombre de mi tío el dolor con el que sostuvo tu cabecita hasta que dejaste de respirar.
Todos, Pacha, tuvimos una vida feliz. Y quiero decirte que, aunque ya no estés, Greta y Rafiki protegen ahora a mi tío en tu nombre, y custodian celosamente la plantación de marihuana.
Quiero que sepas, Pacha, hermosa, que nunca terminaste de irte.

Federico Firpo Bodner, también conocido como Pilo, o Pilux, es, por definición y elección, Rioplatense de nacimiento. Nació en Montevideo, Uruguay, en marzo de 1973. A finales de 1974 su familia se instaló en Buenos Aires, donde residió hasta mayo del año 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Lector insaciable y escriba aficionado desde la niñez, el autor se declara seguidor incondicional de muchos autores. Por nombrar a algunos, citaremos, cómo no, a Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Paul Auster, Roberto Arlt, Felisberto Hernández, Macedonio Fernández, Manuel Puig, Mark Haddon, Eduardo Mendoza, Manuel Vázquez Montalbán, Raymond Carver, Truman Capote, Fedor Dostoievsky, Raymond Chandler, Patrick Rothfus, Brandon Sanderson y muchos, muchísimos otros y otras que en este momento se esconden en las trampas secretas de la memoria.
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