Fabricio plegó el papel de regalo, intentando que recuperase su forma original, como había hecho casi todos los días durante los últimos diecisiete años, sin dejar de experimentar, ni una sola vez, cierta frustración por la terquedad del papel, que se negaba a volver a su estado cero.
Era un papel encerado, a rayas blancas y ocres, que forraba el interior de la caja. Una caja de cartón y madera, de El Trust Joyero. Probablemente en su día fue el hogar de un collar de esmeraldas o diamantes, o de una diadema de platino. La caja, extremadamente bien hecha en un principio, había aguantado bastante bien el paso de los años, aunque el estampado dorado del logotipo del joyero ya no brillaba, y en algunas partes el revestimiento estaba ajado y comenzaba a revelar el bastidor base.
Cerró la tapa, con mucho cuidado, y con la caja en las manos dio un par de pasos erráticos hacia el aparador. Abrió la puerta de madera y vidrio y con muchísimo amor acomodó la caja en el segundo estante, justo al lado de las finas copas de cristal, las de salir, como le gustaba decir. Al cerrar la puerta, se vio reflejado a sí mismo, y notó que una lágrima le caía lentamente desde el ojo derecho.
Se dio vuelta, rápidamente, más para dejar de ver el reflejo que por otra cosa, y se encontró cara a cara con Julito.
—¿Qué pasa, Papá? ¿Por qué llorás?
Fabricio se limpió la mejilla con la mano y sorbió la nariz.
—No lloro —dijo.
—Sí, estabas llorando.
—¿Hiciste tus tareas?
—Estabas otra vez leyendo las cartas del abuelo. ¿Verdad?
—No me controles. Soy tu padre.
El silencio se instaló entre ambos, por espacio de veinte segundos, que a veces son tan largos como para escalar una montaña, y otras, un suspiro que se escapa sin dar tiempo a nada.
—No me mires así. Vos no lo entendés.
—No, no lo entiendo. ¿Y sabés qué? No me importa. Pero desde que tengo memoria te veo llorar sobre esos papeles. Y no sos vos, papá. No sos mi papá, el que jugaba conmigo de chiquito, el que me pregunta cosas o el que me hace de comer. Cuando estás mirando las cartas sos un señor que no conozco.
—No lo entendés, Julito.
—Explicame.
—Te lo expliqué cien veces. Tu abuelo me habla a través de sus cartas. Te ve crecer. Hoy me dijo que ya estás hecho un hombre. Me ayuda a entender por qué tu mamá ya no está.
—¿Cuántas cartas hay en la caja?
—Cuatro. La primera me la escribió cuando empecé la primaria. La última, dos semanas antes de morir.
Julito miró por la ventana. Afuera, un sol travieso invitaba a jugar. En el parque del otro lado de la calle, niños con sus madres y padres usaban los columpios o saltaban a la cuerda, y en la zona de césped había quien le lanzaba una pelota al perro y quien se revolcaba en el pasto jugando con otro.
—Voy a pasear a Zulú. ¿Me acompañás, Papá?
Fabricio sentía ganas de llorar. Una angustia incomprensible después de tantos años. Al abrir la caja, revivía el recuerdo de un beso de niño con la mejilla sin afeitar de su padre, rasposo y hasta un poco doloroso, pero que lo hacía sentir protegido. El día de su casamiento, su padre orgulloso, vestido con la mejor ropa que podían permitirse. El día que terminó la primaria, que lo llevó a tomar un helado de tres bolas, y después al cine a ver el estreno de El regreso del Jedi.
—Claro hijo. ¿Querés que aprovechemos para tomar un helado?
—Dale.
Salieron en silencio. El barrio los recibió con algarabía, con el sol que empezaba a caerse del cielo, el mecánico haciendo un chiste cómplice y grosero al verlos pasar, el señor Ramírez en la puerta de una relojería que ya casi no tenía clientes, dando las buenas tardes a cada transeúnte.
Al día siguiente, Fabricio recibió el diagnóstico. Igual que su padre. La metástasis era imparable. Solo cuidados paliativos a partir de entonces.
Julito aún no lo sabía.
Pasó la tarde en el despacho de su abogado, arreglando sus asuntos para que el muchacho no tuviera problemas a la hora de la sucesión.
Quedaban escasos meses.
Así que esa misma noche, cuando Julito se fue a dormir, comenzó a escribir la carta. El plan era dejarle una carta larguísima, que no fuese triste en absoluto. Una carta que celebrase la vida, en la que contarle a su hijo el amor, la ternura de bebé, los primeros pasos, las palabras balbuceadas, los abrazos de niño, los juegos, las travesuras. Una carta en la que agradecerle todo lo recibido.
Cada noche, antes de irse a dormir, abría la caja y guardaba los folios de esa noche, protegiéndolos con el papel encerado, bajo la atenta mirada de su propio padre, que lo observaba con ternura. Después conversaban unos minutos. Fabricio había aceptado su destino sin dramatismo, y hasta deseaba que llegara el día en que sentarse junto a su padre, para ver transcurrir la vida de Julito.
Al tercer mes de escritura nocturna, una tarde al volver de la oficina, encontró a Julito de pie junto al aparador. La caja estaba abierta de cualquier manera y el papel encerado, sobre la mesa, sufría los lametazos de la brisa que se colaba por la ventana entreabierta.
Se miraron a los ojos. Julito lloraba sin sonidos.
—No me dijiste nada.
—No.
—¿Por qué?
Fabricio, durante un instante apenas perceptible, se miró los pies.
—Porque no quería que me recordaras como a un padre moribundo, sino como a uno que un día murió.
—¿El abuelo hizo lo mismo?
—Sí. Está todo en las cartas.
—¿Puedo terminar de leerla, Papá?
Fabricio, apesadumbrado, recorrió la habitación con la mirada.
—Sí, pero después guardá todo en la caja como estaba.
Fabricio se fue a la cocina y preparó un mate. Con una parsimonia ritual ahuecó la yerba, plantó la bombilla y escupió en la pileta el primer sorbo.
Luego se sentó en la silla de paja, y lentamente, cebó un mate tras otro hasta que cayó la noche.
No se molestó en encender la luz. Solamente interrumpía sus pensamientos cuando vaciaba una pava, y se levantaba a rellenarla y ponerla al fuego.
Julito entró a la cocina. Tenía los ojos enrojecidos, pero sonreía.
Fabricio se puso de pie, dejando la pava sobre el fogón ennegrecido de la cocina.
Quiso hablar, pero no pudo.
Julito, ya casi tan alto como él, se acercó. Lo miró frente a frente y le puso ambas manos en las mejillas por espacio de unos segundos.
Luego lo abrazó, igual que lo abrazaba de niño.
Cuando se separaron, después de un abrazo sin tiempo, Julito sonreía.
—Gracias, Pá —dijo.

Federico Firpo Bodner, también conocido como Pilo, o Pilux, es, por definición y elección, Rioplatense de nacimiento. Nació en Montevideo, Uruguay, en marzo de 1973. A finales de 1974 su familia se instaló en Buenos Aires, donde residió hasta mayo del año 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Lector insaciable y escriba aficionado desde la niñez, el autor se declara seguidor incondicional de muchos autores. Por nombrar a algunos, citaremos, cómo no, a Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Paul Auster, Roberto Arlt, Felisberto Hernández, Macedonio Fernández, Manuel Puig, Mark Haddon, Eduardo Mendoza, Manuel Vázquez Montalbán, Raymond Carver, Truman Capote, Fedor Dostoievsky, Raymond Chandler, Patrick Rothfus, Brandon Sanderson y muchos, muchísimos otros y otras que en este momento se esconden en las trampas secretas de la memoria.
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