Los martes la estación era una pesadilla. Todos los martes. No parecía haber una razón real para que los martes fuesen peores que los lunes o que los jueves, pero así era. Y en cierto sentido fue lo que ensombreció el día de Adela. El olor del metal contra el metal, mezclándose con el sudor humano, con los girones de palabras escuchadas a medias, malentendidas, una identidad difusa de la marabunta de gente, en oposición directa a su individualidad. La estación Carlos Pellegrini era, además, especialmente fea. Tenía unos paneles de color verde pálido, como un chicle masticado de menta suave, y los andenes en una isla central, con las vías a los costados. Colgados del techo, unos carteles electrónicos con lucecitas naranjas eran lo más triste que Adela había visto jamás. En esa época aún se fumaba en los andenes. No en los trenes, pero sí en la plataforma. El humo le hacía picar los ojos, a pesar de que ella misma era fumadora.
Se acercó al quiosco de cigarrillos.
—Deme unos Parliament —pidió.
La casa está silenciosa. Un remanente de feromonas flota en el aire viciado. Es verano, y el sexo produce, inevitablemente, sudor. Ricardo la mira de reojo mientras se vuelve a poner los lentes. Adela sabe, desde muy jovencita, que no se puede permitir un hombre en la cama con los lentes puestos. Al menos no durante la acción. Abre la caja de Parliament y con un gesto hábil y veloz de su mano derecha, provoca que dos o tres cigarrillos asomen las boquillas. Atrapa uno entre los labios, deja la caja sobre la mesita de noche, recupera el encendedor y prende el cigarrillo, sumando el olor de la combustión del tabaco a los vapores de sexo reciente y transpiración.
Se relaja, apoyándose contra la pared desnuda.
Mira a Ricardo, con disimulo, como quien no quiere la cosa. Ricardo está desnudo, y también fuma. Él fuma Parisiennes livianos. A Adela le gusta cómo huele el tabaco negro. Hay algo muy masculino en el tabaco negro. Finalmente gira la cabeza y lo mira de reojo.
—Si me concentro te escucho pensar. ¿Qué pasa?
—No pasa nada.
—Dale, no seas pelotudo. Tenés preguntas.
—Puede ser —dice él, dándole una chupada larga y profunda al Parisienne—. Imagino que lo entendés.
—Lo raro sería que no las tuvieras.
Se abrió paso hasta el borde del andén, mientras sostenía el Parliament encendido en la boca, y con una mano guardaba el paquete en un bolsillo, y con la otra el encendedor.
Había un hombre alto y fornido que le cerraba el paso, así que avanzó de costado, clavándole el codo para abrir espacio. El hombre la miró sobre el hombro, con cara de orto.
Adela ensayó su expresión más desafiante.
El convoy del subte se hizo visible, lejos adentro del túnel. Parecía un gato acechando en la oscuridad. Adela lo miró a los ojos, y el gato maulló un chirrido de acero, un estruendo de toneladas de metal y carne humana desplazándose a toda velocidad. Contra las paredes del túnel, la luz de los vagones proyectaba sombras sinuosas, tristezas pensadas por los pasajeros que venían a bordo, sus silencios de martes, sus tragedias personales, una danza de demonios sin piel, de ausencias incumplidas.
Adela chupó fuerte el cigarrillo, que estaba por la mitad, y lo tiró a la vía.
—¿Qué fue lo que pasó? —pregunta entonces Ricardo.
—¿Esto? —repregunta Adela, moviendo el hombro.
—Eso.
—¿De verdad lo querés saber?
—Sí.
Vuelve a chupar el cigarrillo. Tan fuerte que siente como el filtro se calienta, y la famosa boquilla filtrónica del Parliament se ablanda entre sus dedos.
—Era pendeja— dice, compungida.
Ricardo intuye que no debe hablar. Y no habla.
—Cuando sos pendeja —retoma Adela después de unos larguísimos veinte segundos de silencio— lo bueno parece maravilloso, y lo malo terrible. Y en esa época mi vida era mala. Y parecía terrible.
Sigue fumando sin decir nada más. Enciende un nuevo cigarrillo con la colilla del otro, y entonces, de improviso, apaga la luz. Ricardo piensa que es curioso, es como si lo que se dispone a contar le diera más vergüenza que su propia desnudez, las costillas que se le notan, las tetas pequeñas y firmes, la flacura de dos fémures largos como puentes. Esa exposición no le produce la menor turbación, pero lo que está diciendo la inhibe profundamente.
—¿Qué pasó? —alienta Ricardo.
El quejido de los metales se volvió estruendoso, vibrante. El tren, como una piara de cerdos espantados, irrumpió en la estación escupiendo un viento con aliento de tumba.
Adela, fascinada, continuaba mirándolo a los ojos felinos.
Justo antes de que el convoy comenzara a frenar, Adela saltó a las vías.
—Tuve un impulso. Fue cosa de un instante. Cuando el tren entró a la estación sentí que no quería vivir. Las luces me llamaban. Fueron las luces, que bailaban en las paredes y el techo.
Ricardo, otra vez inspirado por su instinto, permanece en silencio. Adela fuma, y en seguida retoma el relato.
—Salté justo delante del tren, a último momento, sin que nadie pudiera hacer nada. Recuerdo los gritos en el andén, y después el hospital, un médico que se llamaba Gonzalo diciéndome la suerte que tuve, y mi familia que, a pesar de eso, no apareció.
Dos lágrimas mudas se desprenden de sus pestañas. Están en penumbra, pero Ricardo las ve.
Levanta la mano, y muy despacio le acaricia el muñón a la altura del hombro. Le falta el brazo izquierdo. Entero.
Ella se gira del todo hacia él, y lo mira.
—No pienses mal de mí.
—Para nada —responde—. Gracias por contármelo.
Se besan, un piquito inocente.
Ella se acerca, se acurruca contra él y dice.
—Lo bueno es que es cómodo para dormir. ¿Viste que siempre sobra un brazo? Bueno, conmigo no.
Adela se acerca más, y encaja el muñón del hombro bajo la axila de Ricardo.
Él extiende la mano.
—Por favor, no prendas la luz —dice ella.

Federico Firpo Bodner, también conocido como Pilo, o Pilux, es, por definición y elección, Rioplatense de nacimiento. Nació en Montevideo, Uruguay, en marzo de 1973. A finales de 1974 su familia se instaló en Buenos Aires, donde residió hasta mayo del año 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Lector insaciable y escriba aficionado desde la niñez, el autor se declara seguidor incondicional de muchos autores. Por nombrar a algunos, citaremos, cómo no, a Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Paul Auster, Roberto Arlt, Felisberto Hernández, Macedonio Fernández, Manuel Puig, Mark Haddon, Eduardo Mendoza, Manuel Vázquez Montalbán, Raymond Carver, Truman Capote, Fedor Dostoievsky, Raymond Chandler, Patrick Rothfus, Brandon Sanderson y muchos, muchísimos otros y otras que en este momento se esconden en las trampas secretas de la memoria.
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