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Federico Firpo Bodner https://www.federicofirpobodner.com Escritor Wed, 24 Jun 2020 10:21:24 +0000 es hourly 1 https://wordpress.org/?v=5.4.2 14814772 10000 años https://www.federicofirpobodner.com/2020/06/10000-anos/ https://www.federicofirpobodner.com/2020/06/10000-anos/#respond Wed, 24 Jun 2020 10:21:20 +0000 http://www.federicofirpobodner.com/?p=665 Por primera vez en muchos años, mi amor, acudo a nuestra cita epistolar anual sin saber qué decir, desorientado por completo y casi sin palabras. Por primera vez, siento la tentación de soltarte un “Feliz cumpleaños” acompañado de una declaración de amor, y evitar así desgranar mis pensamientos.

Y creo, mi amor, que se debe [...]

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Por primera vez en muchos años, mi amor, acudo a nuestra cita epistolar anual sin saber qué decir, desorientado por completo y casi sin palabras. Por primera vez, siento la tentación de soltarte un “Feliz cumpleaños” acompañado de una declaración de amor, y evitar así desgranar mis pensamientos.

Y creo, mi amor, que se debe a que esta es una cita nuestra, privada, compartida desde tus cinco o seis años, en la que siempre, siempre, se cuela la honestidad. Entra con un velo de silencio y se sienta a la mesa sin necesidad de ser invitada. Y la honestidad, mi amor, es a veces peligrosa. Sobre todo para quienes, como yo, llegan a un momento de su vida en el que tienen que empezar a reconocer frente a sí mismos que sus hijos son ya hombres, que van dejando de ser imprescindibles, y que, como consecuencia o implicación directa de todo eso, inevitablemente, empiezan a hacerse viejos.

Eliminemos subterfugios: retomo la primera persona.

Empiezo a hacerme viejo, mi amor.

No es terrible, ni trágico, ni siquiera malo. Es solamente cierto, una consecuencia de la vida. Y no pasa nada, simplemente es en estos momentos en los que piso la pelota y levanto la vista, cuando tomo conciencia, cuando entiendo o trato de entender lo que está pasando.

Y lo que está pasando, mi amor, es que vos te estás haciendo hombre, y yo tengo que aprender a ceder terreno, a dejarte paso, a permitir que te pruebes, que decidas, que elijas, que experimentes. Yo tengo que aprender a dejar de cuidarte tanto, para, en su lugar, cuidarte mejor.

Y no es sencillo, mi amor, porque yo me transformé en padre durante lo mejor de mi juventud, en plenitud física y mental. Me hice padre cuando podía vencer a todos tus demonios con una sola mano, cuando el mundo entero era el patio trasero de la fortaleza desde la que custodiaba tu sueño de bebé, tus primeros pasos, el aliento helado de tus infantiles miedos nocturnos, el eco de tus pasitos en el pasillo cargando con el león de peluche y media cebolla cruda.

Y entonces, mi amor, tuvo lugar el privilegio de acompañarte, de verte crecer, de protegerte durante ese camino. Y estaba tan maravillado viéndote conquistar el mundo -a vos y a tu hermano- que no me di del todo cuenta de cómo poco a poco mis brazos perdían algo de fuerza, mi cintura ganaba volumen, mis ojos se atrincheraban detrás de un par de gafas, y paulatinamente empezaba a tener mucho, pero mucho más cuidado al entrar y salir de la bañera.

Pero se supone, mi amor, que esta carta anual es un corte transversal, un momento en el que intento plasmar cómo te veo, qué pienso de vos, qué creo. Se supone que una vez por año intento dejarte un mensaje trascendente, para que cuando sea el momento, los descubras, los sufras, te los apropies o los dejes ir, como las palabras casi sin sentido que son.

Y si tengo que entrar al trapo en eso, mi amor, si tengo que decirte lo que pienso sobre la persona que sos, sobre el hombre en el que te estás convirtiendo, si es absolutamente necesario para preservar el espíritu de este momento y la trascendencia vital de estas cartas, entonces me ruborizo por dentro, se me contrae el pecho y me cuesta empezar.

Y voy a empezar por algo que en estas cartas hago poco, porque en general cuando me siento solo frente a mí mismo y mi hoja de papel, para hablarte de vos, el orgullo que siento como padre y como hombre, y el amor que te tengo me nublan la vista, y casi nunca soy capaz de hablarte de las cosas que me gustaría que fuesen distintas. Siempre tengo tantos motivos para celebrarte como ser humano y como mi hijo, que algunas pequeñas sombras no parecen ni siquiera dignas de mención. Y a todo esto se suma algo, mi amor, que es muy difícil de explicar: los seres humanos parecemos tener una necesidad desesperada de identificar cosas como buenas o malas, pero yo, con la edad, cada vez me convenzo más de que nada es bueno o malo per se, sino que lo que es bueno para vos puede ser malo para tu vecino, o que simplemente se trata de un orden de magnitud. Por ejemplo, la humildad es en principio una característica que casi todo el mundo considera buena, pero yo creo, mi amor, que si una persona es humilde hasta el punto en el que eso le impide defender sus méritos y reivindicar sus virtudes, entonces es claramente perjudicial.

Y en tu caso, mi amor, a veces me preocupa que tu enorme confianza en vos mismo -sin duda un rasgo de tu personalidad que es tremendamente positivo, que te va a ayudar a abrirte paso-, te impida pensar introspectivamente y reconsiderar tus certezas y la forma en la que medís la fuerza de tu brazo. Creo que la certeza es muy necesaria en la juventud, porque es cuando la vida exige que tomes decisiones para siempre, y hace falta hacerlo con pasión y decisión. Y tu autoconfianza, tu certeza, mi amor, es una de tus mayores fortalezas. Solamente te pido, hijo, que me permitas, desde el sillón frente a la chimenea que tenemos los padres en la vida de los hijos, advertirte que sos demasiado fuerte en ese aspecto, y que corrés el riesgo de dejar escapar algunos detalles, de perderte algunas razones, de tener la frente tan alta que tus ojos no alcancen a ver a algunas personas aunque estén frente a vos. No pasa nada, mi amor, porque a veces agaches la cabeza para escuchar el canto de los pájaros, para ver bien todo lo que hay entre tus pies y el horizonte, y para permitir que voces más tímidas ocupen el silencio.

Releo lo que te escribo y son, indudablemente, las palabras de un hombre que está saliendo de la juventud para un hombre que está entrando en ella. Y está bien que así sea, porque así es el juego de la vida.

Para ir cerrando, trato de pensarte hace un año con respecto a hoy, y se me llenan los ojos de lágrimas y el pecho de orgullo.

En este último año, mi amor, además de las cosas que uno espera de un hijo -que sea una buena persona, que sea feliz, que ame, que ría, que juegue, que esté bien preparado para la vida-, en las que una vez más superaste mis expectativas, me deslumbraste nuevamente con el desarrollo exponencial de tu inteligencia abstracta. Este año, mi amor, consolidaste tu transición de joven padawan a maestro Jedi, dejaste de ser un aprendiz para ser un igual, y quisiera conocer las palabras suficientes para contarte mi asombro, mi orgullo, mi inmenso respeto por el hombre que entre vos, mamá y yo, estamos ya terminando de fabricar.

Quisiera poder abrir mi pecho para que echaras un vistazo a mis emociones, y destapar mi cráneo para mostrarte la actividad sináptica de mi cerebro cuando hablamos. Quisiera ser capaz, mi amor, de decirte de hombre a hombre cuánto te adoro, cuánto te admiro, y cuánto me desborda el orgullo que siento por vos.

Quisiera, mi amor, ser transparente para vos.

Pero te pido, mi amor, que entiendas que, así como la llegada de tu juventud se produce inevitablemente cuando comienza la partida de la mía, esa misma partida abre para mí un universo nuevo de reflexiones y una comprensión del mundo y de la vida muy distintos, y en ese escenario es cuando, lentamente, comienzo a entender y aceptar todas las cosas de las que no soy ni seré nunca capaz, y no pasa nada, pero es por eso, hijo, que todas esas frases comienzan sencillamente con un quisiera en lugar de traducirse en verdades absolutas.

Termino ya, hijo, y permitime que lo haga, esta vez, en lugar de con una conclusión inteligente y astuta, con un chiste privado: ¡Felices 10000 años!

Te adora
Papá
24 de Junio de 2020
En la ciudad de los prodigios

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Zorro, viejo, y a mucha honra https://www.federicofirpobodner.com/2020/06/zorro-viejo-y-a-mucha-honra/ https://www.federicofirpobodner.com/2020/06/zorro-viejo-y-a-mucha-honra/#respond Sat, 06 Jun 2020 10:18:19 +0000 http://www.federicofirpobodner.com/?p=648

A mis 47 años no es un secreto que, de un sobrepoblado universo de héroes, superhéroes, mutantes con buenas o malas intenciones, guerreros de lealtades firmes a veces y dudosas otras, elfos infalibles y enanos maquinadores, mi preferido es, fue y será El Zorro. Lo explico en El [...]

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A mis 47 años no es un secreto que, de un sobrepoblado universo de héroes, superhéroes, mutantes con buenas o malas intenciones, guerreros de lealtades firmes a veces y dudosas otras, elfos infalibles y enanos maquinadores, mi preferido es, fue y será El Zorro. Lo explico en El descanso de los Héroes, pero por recordarlo de forma muy resumida, desde niño me parecía que, a pesar de ser admirable, tener superpoderes prácticamente te obliga a dedicarte al bien común, mientras que los hombres normales que lo único que tienen es una habilidad especial, forjada a lo largo de muchas horas de adiestramiento, y que ponen en riesgo su propia vida, me han parecido siempre mucho más admirables que los alienígenas afectados por una invulnerabilidad congénita. Seguramente en este capítulo se merecen una mención especial Batman, Robin Hood y el Che Guevara, entre tantos otros desconocidos, olvidados o simplemente pasados por alto.

La cuestión, el tema que me ocupa hoy y al que quiero volver, tiene que ver con un recuerdo de mi infancia. Como digo unas líneas más arriba, mi admiración por El Zorro era total y absoluta. Recuerdo, cuando tenía trece años apenas cumplidos, que tuve una de mis primeras novias. Se llama Paula (dejemos el apellido a la imaginación de los que nos conocen a ambos). Paula y yo estábamos en pleno despertar hormonal, y no desperdiciábamos ninguna ocasión de enredarnos en besos, lametazos y manoteos altamente censurables. Estábamos tan calientes que no sé cómo no se nos derretía la cera de los oídos. En esa época en que no existía el streaming, el Canal 13 daba El Zorro a las cinco de la tarde. Los mismos capítulos de siempre, los que yo ya conocía de memoria de verlos una vez y otra. Y sin embargo, si a las cinco de la tarde yo estaba enredado en Paula, dejaba lo que tuviese entre manos (fuese lo que fuese) y allá me iba, de vuelta a mi casa, a la cita con mi héroe preferido. Recuerdo los ojos llorosos de Paula y su reclamo rendido, sin esperanza: “Preferís al Zorro antes que a mí”. Y no puedo evitar una sonrisa de lado. Y aunque han pasado treinta y cuatro años, y hoy Paula es una amiga entrañable, sigo sin disculparme por eso, porque el verdadero heroísmo va antes que los placeres personales.

Traigo esta historia solamente a título informativo, para reforzar lo que quiero contar hoy. El fanatismo por El Zorro era como la fuerza en la familia Skywalker: yo lo tenía, mis hermanos lo tenían, y mis padres… bueno, mis padres lo sabían.

A mis ocho o nueve años, yo había visto caracterizando a El Zorro a Alain Delon, a Tyrone Power y a Guy Williams. Los primeros dos me parecían malos, poco creíbles. Yo había conocido a El Zorro en la épica serie protagonizada por Guy Williams, y me parecía inconcebible que otra persona pudiera encarnarlo. Ni hablar de la blasfemia que posteriormente hizo Antonio Banderas, ni de el pobre intento de Duncan Regehr, cuyo único mérito real fue lanzar la carrera de Juan Diego Botto. Lo que quiero decir es que, a mis ojos y a los de mis hermanos, el verdadero y único Zorro era Guy Williams.

Para quienes no lo sepan, Guy Williams estaba casado con una argentina (de hecho, murió en Argentina). La cuestión, y lo que quería compartir hoy, es que por esas carambolas de la vida, los padres de una amiga de mi hermana Florencia, que vivían en el mismo edificio que nosotros, conocían a Guy Williams. No recuerdo si eran amigos de su esposa o cómo venía la relación.

Y entonces, un día, lo invitaron a cenar. Mis hermanos y yo nos enteramos, y se nos cayó la mandíbula. Tanta era la admiración, que nos dijeron que, el día que viniese, nos avisarían para que subiéramos un ratito a conocerlo. Hoy mi memoria me hace trampas y recuerdo que esperamos ansiosos alrededor de un mes, pero probablemente hayan sido solamente unos pocos días.

Lo que sí recuerdo claramente es la inmensa expectativa, el calor en el pecho de saber que iba a conocer a mi héroe, a un héroe real, de carne y hueso, y sobre todo a un héroe posible.

El día señalado finalmente llegó, y puedo revivir sin esfuerzo la emoción, la sensación física mientras subíamos esos dos pisos por la escalera, que nos separaban del héroe incombustible. Imaginaba verlo de pie, alto, gallardo, con sus botas negras, la capa, el sombrero y el antifaz revelando su bigotito irreverente. Luego, pensaba que no podía ir por la vida vestido de Zorro, y entonces esperaba encontrarlo con uno de sus trajes de corte español, adornado con alamares dorados y entallado en la cintura. Imaginaba su sonrisa blanquísima casi como se imagina la boca de una amante. El corazón me palpitaba fuerte cuando golpeamos la puerta, esperando que abriese él mismo, que se llevara la mano al ala del sombrero, sonriendo, y ejecutase una reverencia burlona diciendo: “Comandante”, antes de huir montado en Tornado.

En cambio, nos abrió la puerta Mirta, la mamá de la amiga de Flo, y nos encontramos con un viejo con algo de sobrepeso, que sonreía sentado en el sofá, vistiendo zapatillas y vaqueros, y un suéter cualquiera. Recuerdo hacer un esfuerzo enorme por ocultar mi decepción, que no conseguí disipar en los escasos minutos en los que charlamos con él. Recuerdo estrechar su mano, y salir de la casa de nuestros amigos triste y decepcionado, decidido a no confesar jamás a nadie mi desilusión: solamente contaría con orgullo que había conocido a El Zorro.

Ayer, después de muchos años, vi en Disney+ The Sign of Zorro, que no es otra cosa que un largometraje de unos noventa minutos, pegoteando las mejores escenas de la primera temporada de la serie original, cuando el enemigo era el Capitán Monastario (sí, con a). La primera cosa que me pasó fue que, como padre orgulloso de mis hijos, se me llenaron los ojos de lágrimas en la escena en la que, herido de bala, Don Alejandro de la Vega está siendo cuidado por El Zorro, y le dice que por un instante creyó que si le quitaba la máscara vería el rostro de su hijo Diego, y que es lo más cerca que había estado de saber qué se siente al estar orgulloso de un hijo. Me emocioné, porque me di cuenta de que hoy me siento más Don Alejandro que El Zorro, y que tengo la inmensa fortuna de estar desbordado de orgullo por mis dos hijos, y eso es más gratificante que cualquier heroísmo del que haya podido ser capaz en mi juventud.

Más tarde, charlando con alguien especial para mí, le narré la historia de cuando conocí a Guy Williams y, sorprendido, encontré que la decepción de ver a un hombre viejo en lugar de a mi héroe incombustible, se había esfumado. En su lugar encontré un recuerdo que atesoro con el alma y la piel, y me di cuenta de que solamente la sabiduría que trae la edad permite entender que los héroes son héroes, entre otras cosas, porque son vulnerables, porque pueden envejecer y morir, y que el haber estado cinco o diez minutos en la misma habitación que Guy Williams, el único y verdadero Zorro, es algo que llevo conmigo, porque un niño no sabe admirar al personaje sin admirar a la persona, y yo, aunque en ese momento no supe comprenderlo, estreché la mano del Zorro.

Quizá me esté volviendo un idiota nostálgico, pero todo esto se disparó porque la semana pasada, estando con mis dos hijos frente a la tele, apareció la película en el catálogo de Disney+, y Daniel, el menor de mis hijos, regalándome su sonrisa luminosa, me dijo: “Podríamos verla, Papá. Esa serie es muy especial para mí.”. Y entonces supe que, si en un mundo con sobreoferta de poderes espectaculares, superhéroes todopoderosos y explosiones renderizadas, pude transmitirle a mis hijos el amor y la admiración por El Zorro, puedo iniciar el camino hacia mi propia vejez tranquilo, porque no hay ninguna duda de que ambos serán buenos hombres.

Lo conocí de viejo, sí, y me hicieron falta casi cuarenta años para entender que un hombre, por viejo que sea, nunca, nunca pierde los méritos que lo transformaron en un héroe, y que más allá de las trampas de mi memoria, y de que Guy Williams no haya sido más que un actor, le debo algunos de mis buenos valores como hombre, muchísimas horas de auténtica emoción frente a la pequeña pantalla, y el orgullo infinito, el placer secreto y la emoción enorme de descubrir todo eso en la sonrisa de mis hijos.

Gracias, Guy Williams. Para mí, siempre serás el Zorro.

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Ailóviu tri zóusands (Daniel X) https://www.federicofirpobodner.com/2019/10/ailoviu-tri-zousands-daniel-x/ https://www.federicofirpobodner.com/2019/10/ailoviu-tri-zousands-daniel-x/#respond Wed, 16 Oct 2019 03:00:51 +0000 http://www.federicofirpobodner.com/?p=632 Hola, Hijo. Hola, mi amor. Ya me siento casi idiota hablándote como a un niño, casi empieza a parecerme fingido, impostado. Y no porque yo me sienta menos padre, sino porque te siento más hombre, porque con solo mirarte puedo ver en vos un avance de la persona que vas a ser, un anticipo de [...]
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Hola, Hijo. Hola, mi amor. Ya me siento casi idiota hablándote como a un niño, casi empieza a parecerme fingido, impostado. Y no porque yo me sienta menos padre, sino porque te siento más hombre, porque con solo mirarte puedo ver en vos un avance de la persona que vas a ser, un anticipo de un ser humano al que no solamente me siento orgulloso de amar, sino también al que puedo admirar, al que puedo encontrar de hombre a hombre y con el que puedo permitirme una conexión real, humana, tierna y dolorosa a la vez.

            Y me emociona.

            Me emociona porque, si lo vemos de la forma más cruda posible, yo te hice. Mamá y yo te hicimos, los dos.

            Y es muy impresionante hacer a una persona. Primero es un bebé. Llora, duerme y caga. Después es un niño chiquito.

            Como niño chiquito, vos eras todo lo que un padre puede desear. Dulce, tierno, curioso, cariñoso, y con dos ojos enormes que me buscaban con admiración genuina, infinita, con un amor que no tiene traducción en la lengua de los hombres.

            Y después, un niño grande: “Papá, mira como corro / salto / juego / leo / resuelvo el cubo de rubik / me peleo con mi hermano / aprendo, aprendo, aprendo”. Fue un camino increíble, repleto de pequeñas emociones y enormes orgullos. Fue un tránsito hermoso. Y yo, mi amor, yo, hijito, también cambié un montón. También me equivoqué y aprendí y crecí.

            Y ahora, Enano Cabezón (te queda poco de las dos cosas, pero así te decía cuando eras muy muy chiquito), ahora cumplís trece años, y eso es un límite. Es casi el final de la niñez. Y es una frontera importante, mi amor, porque hoy el más chico de mis hijos deja de ser un niño, y entonces, como una serpiente mudando de piel, el padre que vive en mí tiene que eclosionar, tiene que emerger, tiene que ser válido y lo suficientemente hombre para acometer con solvencia esta nueva etapa.

            Ahora, mi amor, ya no soy el papá de dos niños que me idolatran y admiran, dispuestos a creer que todo lo que digo está respaldado por mis diez mandamientos propios, y escrito en piedra con el poder del rayo.

            Ahora soy un hombre mortal, indigno de sostener el martillo, que tiene que guiar como puede a dos jovencitos que se hacen hombres a toda velocidad. Dos adolescentes que lo enfrentan, lo cuestionan y lo desafían. Todos los días.

            ¿Y sabés un secreto, mi amor?

            Creo que es la mejor parte.

            No me malinterpretes. Fui el hombre más feliz del mundo la primera media hora de tu vida, teniéndote en brazos. Me morí de ternura oyéndote cantar un tango por primera vez. Se me derritió el alma viéndote crecer. Todas y cada una de las sonrisas que me regalaste en tu vida son ahora cicatrices translúcidas en mi piel, están en mí y me inundan los ojos de lágrimas cuando te pienso, cuando te adoro en silencio, aún cuando no estás acá para abrazarte.

            Pero aún así creo que es la mejor parte.

            ¿Y sabés por qué lo creo?

           Lo creo porque todos los días me sorprende tu hombría de bien, la agudeza de tu inteligencia, la enormidad de tu ternura y la empatía con la que ves el mundo. Lo creo porque mientras más crecés, más increíble me parece la persona que tengo ante mí, porque sos, sin discusión posible, producto de la educación que te dimos mamá y yo, y en esa enorme tarea que es educar a un ser humano, por lo que a mí me toca, me resulta increíblemente sorprendente sentir que sos mejor persona que yo, más humano, más sensible, más inteligente, con menos prejuicios, con más capacidad de amar. Y es tonto, porque difícilmente podrías haber aprendido todo eso si, de una forma u otra, el germen no viviese en mamá y en mí. Y sin embargo te miro y no puedo creerte, me sobrepasa la certeza de que, por vos mismo, fuiste, a tus trece años, mucho más allá de las fronteras hasta las que yo supe acompañarte.

            Y entonces mi amor, por suerte, me acuerdo de que te queda todavía mucho camino, de que me necesitás para que te guíe, para que te enseñe a sobrevivir en el mundo de los adultos, para que te acompañe cuando encuentres el primer amor, cuando descubras tu verdadera vocación, cuando se te destroce un sueño, cuando alcances una meta, cuando tengas en brazos a un hijo.

            Y sonrío y hago un esfuerzo para no dejar escapar una lágrima, porque sé que en lo que se refiere a ser buena persona, a amar a los demás, a no tener prejuicios, a hacer del mundo un lugar mejor para todos, poco puedo enseñarte ya, más bien al revés, mi amor, me toca mirarte a los ojos y agradecerte las cosas que estoy aprendiendo.

            Ya lo sé, me pongo sensiblero y un poco idiota. Me pasa cada vez que me siento a escribirte por tu cumple. Me pasa cada vez que me pienso como hombre y como padre. Pero lo sigo haciendo, con la cabeza bien alta y con orgullo, porque el hábito de la reflexión, mi amor, es de las pocas cosas que un hombre puede hacer para crecer y transformarse a sí mismo en una persona mejor.

            Hoy, una vez más, vamos a salir juntos a cenar. Vamos a celebrarte, como niño, como hijo, como adolescente y como hombre.

            Como mi hijo, quiero decirte que te adoro con todo lo que soy, con mis tripas, mi sangre y mi fuego.

            Como hombre, quiero decirte que te admiro, te respeto y te reconozco.

            Como adolescente, quiero decirte demasiadas cosas, pero no hay tiempo ni espacio en esta carta. Aún así, no puedo dejar de decirte que se avecina tormenta, que vas a padecer amores turbulentos, injusticias imperdonables y dolores profundos, pero todo pasa, y por suerte, mi amor, voy a estar aquí para acompañarte en este tramo.

            Y como niño, mi hijito, mi chiquitín, mi niño, solamente quiero decirte, parafraseando a Tony Stark, que “Ailóviu tri zóusands”.

            Vos sabés de que te hablo.

Barcelona, 16 de Octubre de 2019

Te adora, Papá

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Cinco mil cuatrocientos setenta y ocho días https://www.federicofirpobodner.com/2019/06/cinco-mil-cuatrocientos-setenta-y-ocho-dias/ https://www.federicofirpobodner.com/2019/06/cinco-mil-cuatrocientos-setenta-y-ocho-dias/#respond Mon, 24 Jun 2019 11:25:41 +0000 http://www.federicofirpobodner.com/?p=628 Hola, mi amor -siempre que te escribo empiezo así-. Son quince años ya. Quince. Una década y media. Cinco mil cuatrocientos setenta y ocho días, contando tres años bisiestos. Ciento treinta y una mil cuatrocientas setenta y dos horas de paternidad, y aún siento que no acumulo experiencia suficiente para saber qué hacer, para comprender [...]
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Hola, mi amor -siempre que te escribo empiezo así-. Son quince años ya. Quince. Una década y media. Cinco mil cuatrocientos setenta y ocho días, contando tres años bisiestos. Ciento treinta y una mil cuatrocientas setenta y dos horas de paternidad, y aún siento que no acumulo experiencia suficiente para saber qué hacer, para comprender cabalmente lo que ocurre, para dejar de sorprenderme.

¿Sabés? A veces, vos y tu hermano se ríen de mi memoria, y es verdad que ya no es lo que solía ser, lo admito. Pero aún puedo sentir en la piel la primera vez que te tuve en brazos, y es un recuerdo tricéfalo. La primer cabeza es la emoción profunda, que me hizo temblar y a la vez me sembró en el suelo, violentamente, acompañada de un miedo encarnado en las tripas, miedo a nada, a vos, a no ser buen padre, a lo absoluto y eterno de la paternidad. La segunda cabeza es física, es el recuerdo a nivel celular, la certeza en la piel de que la vida había cambiado: el primer momento en que te tuve en brazos, poco más de tres kilogramos de carne berreante y llanto, rojo rojo, con la cara hinchada y un cuerpecito minúsculo que se me doblaba en las manos, se me escurría, parecía que te ibas a romper. Y aún así, eras la cosa más bella que había visto en mi vida. Todavía puedo sentir tu piel de cera, tu pechito de bebé subiendo y bajando al son de una respiración con compás de espera. Puedo saber el olor vaporoso de tu caca de bebé, puedo revivir tus encías lisas, tus ojos sorprendidos y asustados, tus veinte dedos minúsculos de uñas microscópicas. Puedo resucitar la sensación vívida de recostarte sobre mi pecho, y entonces sentir cómo la calma crecía en vos, cómo te dormías, puedo recuperar un amor tan violento y tan feroz que yo mismo me asusto. Y la tercer cabeza, hijo, mi amor, es esa con la que, independientemente de lo que me esté pasando, siempre estoy pendiente de las maravillas del mundo, de lo incomprensible y de lo mágico. Y esa cabeza alucinaba, pensando en lo inverosímil del horno mágico de Mamá, capaz de cocinar, a partir de una célula, un bebé en tan solo cuarenta semanas. Intentaba recrear lo absurdo de los miles de millones de divisiones mitóticas que transforman un cigoto en una persona chiquitita, y es de los pocos momentos de mi vida en los que casi comprendo a las personas religiosas, porque es durísimo asumir y comprender que no hay una voluntad superior asegurando que algo tan improbable llegue a buen puerto.

Entonces, mi amor, los insensibles del hospital te dicen que ya está, que te podés ir, y que a partir de ahora sos responsable de una persona más. Y Mamá y yo, mi amor, como ciudadanos obedientes y ovejas adiestradas, allá nos fuimos, a casa, con tres kilos y medio de bebé llorando.

Y recuerdo que creí que era imposible vivir algo tan mágico otra vez, que estaba seguro de no volver a sorprenderme tanto jamás. De esto, por supuesto, la vida te corrige a sopapos en seguida, porque la primera media hora de la vida de tu hermano, en mis brazos, es otro de los momentos irrenunciables de mi vida. Pero hablamos de vos, y te decía que, como hombre, como ser humano, creía que mi capacidad de asombro estaba agotada, había llegado a lo máximo, al punto sin retorno a partir del cual ni siquiera vale la pena seguir alerta.

Y esta mañana te miraba desayunar, ya más alto que yo, y volvía a la mitosis celular, a un proceso de cinco mil cuatrocientos setenta y ocho días que transformó esos huesecillos de papel en la osamenta de un hombre adulto, la carita hinchada y berreante en tus rasgos jóvenes, hermosos (sí, para mí sos hermoso, así de imbéciles somos los padres). Y de por sí, solamente la transformación ósea, los huesos que adivino debajo de tu carne, son suficientes para volverse supersticioso, para creer en lo que sea si da una explicación comprensible, desde mi ignorancia, a la transformación épica de tu cuerpo de bebé en casi un hombre.

Pero una vez más, mi amor, los hijos me ponen a prueba. Y me veo obligado a reconocer que, lo que de verdad me llena de asombro, lo que es una auténtica razón para volverse místico y creer en dioses, estrellas y centauros, es la persona en la que te estás convirtiendo, a pesar mío, más allá de mis limitaciones y de lo poco o mucho que he podido ofrecerte.

Yo deseaba ser padre como ninguna otra cosa, más que nada. Pero nunca, nunca pensé, mi amor, que iba a sentir las cosas que estoy sintiendo, como hombre y como padre, y que no te cuento en esta carta, no porque no sea capaz de expresarlas con palabras, sino porque hay un punto en el que empiezo a creer que ya no tengo perspectiva, que no soy objetivo, y que quizás no sea bueno para vos que te diga cuánto te admiro, cuánto orgullo siento, y las cosas de las que sería capaz para ofrecerte un camino mejor que el que supe hacer para mí.

Y me quiero llamar al silencio, hijo, hijito, mi amor, porque ya sos un hombre, y entre hombres las leyes de los hombres dicen que no debemos escribirnos cartas de amor, no debemos tocarnos ni besarnos, no debemos amarnos con locura. Y yo, mi amor, que soy un hombre, te amo con locura, y me gusta hacerte una caricia en los hombros, y me gusta abrazarte y besarte y escribirte cartas de amor, y mi pobre hombría no tiembla por eso, pero vamos a respetar las reglas.

Te escribo porque te escribo todos los años, porque me gusta dejar un registro de tus cumpleaños, y porque espero que algún día, quizás cuando yo no esté, la relectura de estas palabras pueda devolverte aunque sea una parte del amor desorbitado de tu viejo, un hombre más, que después de nada menos que cinco mil cuatrocientos setenta y ocho días, aún no es capaz de sentir que sabe cómo ser tu padre, ni de creer la suerte que te trajo hasta él.

Y sí, mi amor. No sos más que un saco de células, tejido, músculo y sangre. Una bolsa de agua roja y funciones fisiológicas. Pero hay algo, mi amor, que va más allá de la ciencia que lo explica todo, y es cómo esa bolsa de carne es capaz de retener a lo mejor que somos, el intangible desde el que somos capaces de amar. Y es desde ahí, hijo, que hoy quiero decirte que cada segundo de los cinco mil setecientos cuarenta y ocho días, valió enormemente la pena si hoy, tu saco de carne y huesos es capaz de hospedar para el mundo la persona que sos.

Gracias por hacerme padre. Gracias por tu amor. Gracias por tu inteligencia. Gracias por tu sentido del humor. Gracias por los cinco mil setecientos cuarenta y ocho días de amor que hoy tenemos derecho a celebrar.

Te adora,
Papá
Barcelona, 24 de Junio de 2019

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Lumos! (Daniel IX) https://www.federicofirpobodner.com/2018/10/lumos-daniel-ix/ https://www.federicofirpobodner.com/2018/10/lumos-daniel-ix/#respond Tue, 16 Oct 2018 16:06:57 +0000 http://www.federicofirpobodner.com/?p=606 Hola, mi chiquito. Hola, mi amor. Alcemos las varitas, porque como todos los años, los ocres de otoño auguran la llegada de tu cumpleaños, y te alejás un poquito más del suelo, te hacés un poquito más hombre y un poquito menos niño. Y algunas veces, Daniel, me parecía que tu día me encontraba siempre [...]
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Hola, mi chiquito. Hola, mi amor. Alcemos las varitas, porque como todos los años, los ocres de otoño auguran la llegada de tu cumpleaños, y te alejás un poquito más del suelo, te hacés un poquito más hombre y un poquito menos niño. Y algunas veces, Daniel, me parecía que tu día me encontraba siempre igual, siempre en el mismo sitio, siempre con las mismas emociones, con los mismos pecados sin expiar, con las mismas culpas, con las mismas pequeñas proezas, con los mismos enormes defectos; pero no, no es así. Yo también cambio, crezco algo, envejezco otro poco, me ensancho, me acomodo, me reinvento.

Y no me olvido, mi amor, de que el año pasado falté a la cita, y mi carta no llegó. Te pido perdón, pero sé que vos entendés: era un momento triste.

Pero hoy, Daniel, hoy, chiquitín, quiero hablarte de vos, de tus ojos compañeros y leales, de tu sonrisa solar, de tus dientes desordenados, de tu niñez mágica, de tu verbo exquisito, de tu luz infinita.

El año pasado cumplías once, y mi carta -como cuando los cumplió tu hermano- debía haber sido la de Hogwarts, la que te descubriese que sos mucho más que el niño que el espejo te devuelve, la que te hablase de tu coraje, de tu inmensa ternura, de los sortilegios que sos capaz de conjurar, con solo invocarlos con la mirada. Debí haberte dicho que, aunque Albus no te escriba, la magia comienza para vos de todas formas, y simplemente porque la magia, cuando se lleva en el pecho, cuando se la vive en el alma, mi amor, nunca termina.

Y debo confesarte, hijo, que se me están quemando los papeles, se me acaba la sabiduría. Al principio, estas cartas anuales, este ritual de consonantes y vocales, no era más que un pobre intento de guiarte, de dejarte en algún lado un pedacito de lo que aprendí siendo tu padre, de contarte cómo poco a poco te veía crecer, cómo te adoraba cada vez más, cómo te sentía apoderarte de tu mundo, levantar la mirada, reconocer el terreno, estudiar al rival peligroso y sensual que es la vida. Pero poco a poco voy sintiendo que el papá que inventé para ustedes -para vos y para tu hermano-, el hombre sabio que todos los días me esfuerzo en mejorar, es en realidad un pobre tipo al que no le cabe el corazón en las manos, al que ya no le quedan recursos para ofrecerte un horizonte más luminoso que el tuyo propio. Y no es algo malo. Es sencillamente que cada año siento más claramente que ya has aprendido todo lo que puedo ofrecerte, como hombre y como padre, que tus instintos básicos son casi siempre tan certeros, tan naturalmente correctos que me asusto, me asombro y me lleno de orgullo. Es en las cosas importantes, mi amor, en donde siento que ya sos mucho, muchísimo mejor que yo. Claro que me seguís necesitando, pero necesitás al padre tradicional, el que te dice que te duches, el que te manda a ordenar la habitación o a sacar la basura, el que te sugiere que te abrigues, el que te cocina tartas de jamón y queso. Necesitás el padre que pone límites, el que juega a las cartas una tarde de lluvia, el que te traduce las partes feas del mundo.

Pero quiero decirte, mi amor, que me maravilla descubrir que no me necesitás para soñar, ni para ser leal, ni para que lo que es justo y correcto sea siempre tu primer instinto. No necesitás que te explique cómo no ser egoísta, cómo ser buena persona, cómo ofrecer como un hombre tu corazón de niño, cómo amar, cómo respetar las elecciones de los demás, como aceptar naturalmente lo diferente, cómo explorar tu propio potencial.

Y a veces, mi amor, los adultos, que somos egoístas, que necesitamos ser necesarios, que deseamos que los hijos sean siempre niños, siempre nuestros, que siempre sueñen nuestros sueños, piensen nuestras ideas, sufran nuestros dolores, hablen nuestra lengua y repitan nuestros mantras, a veces no entendemos que una vida deja de pertenecernos tan pronto como se para sobre sus propios pies.

Y tu padre, hijo, no es una excepción. Soy un adulto más, y mis recursos son pobres, limitados, y claramente menores que los tuyos. Pero necesito decirte, hijo, mi amor, que hoy quiero celebrar con vos que esto esté sucediendo, porque tu calidad humana, la luz de tu mirada, la maravilla de tu ternura infinita, la salud con la que sabés amar, hacen que me sienta libre de mis miserias como padre, hacen que entienda, de una vez y para siempre, que mi guía moral va dejando de ser necesaria, y a pesar de eso, no dejás de necesitarme. Es solo que ahora, chiquitín, ahora, Daniel, me necesitás simplemente para que te cuide, para que te acompañe en el tramo final del camino de hacerte hombre, más para aprender que para enseñarte cómo hacerlo. Me necesitás para que te abrace, para que te ame, para que te permita que sigas conmoviéndome en cada abrazo, estremeciéndome en cada contacto de tus ojos, leyendo de tus labios la honestidad de tus besos.

Perdoname, soy un poco tonto, y cada vez que te escribo -no se lo digas a nadie- se me caen las lágrimas. No soy capaz de entender cómo de mamá y de mí salieron dos personas de la calidad humana que tienen vos y tu hermano. No soy capaz de sentir que los merezco, y sin embargo, mi amor, si fuera capaz de contarte mi orgullo, de escribir la profundidad de mi amor, de describir los terremotos de mi piel cuando te abrazo, si supiera decirte que se me desgarra el pecho cuando estás cerca, entonces, hijito, sabrías que sí, que hay una razón para todo, porque la admiración y el orgullo que siento por la persona en la que te estás convirtiendo no son producto de la sabiduría, sino del amor. Hacé lo que quieras con tu vida, hijo, lo que te pida tu corazón, que no se equivoca nunca. Estudiá lo que quieras. Trabajá de lo que quieras. Formá la familia que te dé la gana, o no formes ninguna si no querés. Lo único que te pido, hijo, es que bajo ningún concepto renuncies a amar como lo hacés. Amá, hijo. A tus amigos, a tus parejas, a tu hermano, a tus padres. Amá, porque tu amor, Daniel, tu amor, hijo, ennoblece a quien lo recibe. Tu amor es lo más generoso que existe, es la dulzura más tierna, más pura, más profunda. Tu amor, Daniel, hace que todos seamos mejores personas.

Me despido hasta el año que viene, mi amor, mi chiquitín. Me despido con besos, con abrazos, con la piel, con los ojos, con las manos. Me despido para estar juntos, para seguir juntos, para amarte todavía más. Y te pido, hijito, que levantes tu varita y murmures un conjuro para guiarme otro año por el laberinto de ser tu padre, para ahuyentar las sombras que de vez en cuando me habitan, para seguir, como siempre,  iluminando mi vida: Lumos!

 

Barcelona, 16 de Octubre de 2018

Te adora, Papá

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Cien gigabytes de soledad https://www.federicofirpobodner.com/2018/09/cien-gigabytes-de-soledad/ https://www.federicofirpobodner.com/2018/09/cien-gigabytes-de-soledad/#comments Sat, 22 Sep 2018 17:40:21 +0000 http://www.federicofirpobodner.com/?p=599 1981. Por fin, mi habitación para mí solo. Un rato, nomás, mientras mi hermana pasaba la tarde en lo de una amiga o pelotudeaba en el paredón a la hora de la pavada. Entonces abría mi cajón, sacaba una lata de Nesquick de medio kilo, con los rebordes oxidados, despintada -la grosería de los envases [...]
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1981. Por fin, mi habitación para mí solo. Un rato, nomás, mientras mi hermana pasaba la tarde en lo de una amiga o pelotudeaba en el paredón a la hora de la pavada. Entonces abría mi cajón, sacaba una lata de Nesquick de medio kilo, con los rebordes oxidados, despintada -la grosería de los envases de plástico aún no dominaba el mundo-, llena de bolitas comunes, de vidrio. Para mí eran como perlas fabulosas, un tesoro privado. La japonesa, la chilena, la lechera. Nombres de fantasía que utilizábamos para dirimir las disputas en el arenero de la plaza. El hopi y la quema, los dos hitos que había que alcanzar para derrotar al rival, para obtener otra bola de vidrio, para aumentar el tesoro. Pero en esas tardes, simplemente me sentaba en el suelo, las piernas chuecas de cualquier manera, y las bolitas danzando. Hacía una fila, aprovechando el reborde semejante a una vía de tren de la lata. Las ponía ahí, las hacía girar. Me podía pasar horas, solo, las rodillas en una posición inverosímil. No eran las bolitas, ni el juego. Era la ilusión de tener la habitación para mí solo. Era difícil estar solo en esa época. Habitación compartida. Demasiados hermanos, demasiadas personas, la escuela, la plaza. Y, por supuesto, la baja necesidad de intimidad que tienen los niños.

El asunto es que eran tan pocas las oportunidades de soledad, que cuando se presentaban eran un auténtico disfrute. No había necesidad de gestionar la soledad, porque un universo fantástico acudía sin ser llamado. Dragones y piratas, fantasmas y ensueños, bolitas de vidrio y cochecitos. No hacía falta más, porque el imaginario también estaba sobrepoblado de personajes, de hazañas por realizar, de mundos por visitar, de historias inconclusas e historietas ajenas, de niñas rubias de labios rojos rojos, de héroes indestructibles, justicieros enmascarados, demonios de sombra blanca. No había videojuegos. No había internet. No había manera de conservar las rodillas limpias.

 

Ser niño era una maravilla, sí, pero no se aprendía a gestionar la soledad.

 

2018. Inmigrado a otro continente. Padre separado. Lejos de mis amigos. Maniático, difícil, estructurado, desordenado, perezoso. Entonces, un fin de semana de éstos que los niños no están conmigo, por mil millonésima vez, decido releer Cien años de Soledad. Lo hago casi todos los años, y un fin de semana de tres días con perspectiva de pasarlos solo en casa parece ideal. Y entonces me invade la misma soledad que a los Buendía. Los edecanes del Coronel trazan un círculo de tiza de tres metros a mi alrededor, y desde su centro puedo observar al Judío Errante, al monumental José Arcadio Buendía atado bajo el castaño, puedo escuchar las pinzas laboriosas de un ejército de hormigas devorando al último de la estirpe. Ni siquiera huele a papel, porque lo leo en mi Amazon Kindle, mientras mi teléfono dispara cada pocos minutos notificaciones de un mundo cibernético sobrepoblado, saturado de información inútil, de personas ajenas, de mercados persas de carne humana, de mensajes envasados al vacío en botellas de bytes, de imágenes superpuestas, una tras otra. Personas, comidas, paisajes, frases astutas, instantes de otras vidas, de otros lugares, todo tiene el mismo valor de verdad. Todo es igual de cierto o falso, todo deambula, y si entrecierro los ojos puedo ver el aire saturado de información, puedo sentir en mi piel, en mis órganos, en mi carne y mi sangre, cómo me atraviesa un torrente de información que no es mía, que no es para mí, que no me interesa, pero por alguna razón la reviso, la leo, la dejo pasar, la interpreto, la escucho en las yemas de mis dedos, la recorro con los ojos, la incorporo o la descarto en un instante, porque las vacaciones en la playa de alguien se mezclan con el reclamo desesperado de una familia que perdió a una hija, mientras algunos agitan banderas y otros nos dejan saber qué música les gusta, al mismo tiempo que un grafitti de una pared anónima traslada una idea luminosa de no sabemos quién.

 

Y entonces pienso otra vez en Macondo, en los Buendía, y me asombro al sentir que ambas soledades son extremadamente parecidas, soledades repletas de absurdos, de fragmentos, de palabras de otras personas. Y añoro la soledad pura y simple de mis bolitas de vidrio, de las tardes robadas al estrépito de mis hermanos. Volver de la plaza y descubrir que en casa no había nadie. Quedarme esperando solo en un pasillo en el que cada pocos minutos se apagaba la luz, y el corazón golpeando fuerte.

 

Ahora tampoco sabemos gestionar la soledad. No hay espacio para la soledad. No se puede dejar afuera al mundo, es tremendamente difícil dedicar la totalidad de nuestra atención a una sola cosa, focalizarse en un único espacio, un único momento y comprender que sí, que estamos solos, que parecemos haber olvidado que a veces es saludable encontrarnos sin más motivos que una tarde de otoño. A mis cuarenta y cinco años, me siento idiota cuando me dan ganas de llamar a personas reales, de carne y hueso, para preguntarles qué van a hacer un sábado por la noche, simplemente porque quizás no tenga ganas de estar solo. Y creo que si fuésemos capaces de desterrar de la soledad los artificios que la hacen ruidosa y superpoblada, quizás recuperaríamos el placer de encontrarnos, de mirarnos a los ojos, de reírnos unos de otros. Creo que si un mundo estúpidamente falso, pero inconmensurablemente vasto, no estuviese al alcance de la mano, entonces los humanos saldríamos más a la calle, haríamos más esfuerzo por vernos, por tocarnos, por sentirnos cerca.

 

2018. Hemos matado a la soledad, la hemos convertido en un fantasma espantado de sí mismo, en una sombra al acecho, en un terror indefinido en alguna parte del cuerpo. Nos hemos olvidado de que es precisamente la soledad la que hace posible el encuentro.

 

Y entonces, hoy, apagué mi teléfono, me acerqué a la ventana y decidí abrazar mi nueva soledad de padre separado, empezar a entenderla nuevamente en clave de contacto humano, y no pude evitar una sonrisa torcida cuando, por el pedacito de cielo que puedo ver, reconocí la silueta inconfundible de Remedios, la bella, interfiriendo las comunicaciones de la red 4G con el aura inconfundible de la soledad de los Buendía, al mismo tiempo que, una vez más, sube en cuerpo y alma al reino de los cielos, y secretamente supe, en la piel y en la sangre, que las estirpes condenadas a cien gigabytes de soledad no vuelven a tener una segunda oportunidad sobre la tierra.

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Café con aroma de varón https://www.federicofirpobodner.com/2018/09/cafe-con-aroma-de-varon/ https://www.federicofirpobodner.com/2018/09/cafe-con-aroma-de-varon/#comments Sun, 09 Sep 2018 10:11:33 +0000 http://www.federicofirpobodner.com/?p=595 Ser padre es, probablemente, lo más gratificante que hice con mi vida. Y es, también y sin ninguna duda, lo más difícil que hice. Y como es tan difícil, en lugar de hacerlo con mi vida lo hice con las de mis hijos. No es que sea difícil por sufrido, me resultó -me resulta- enormemente [...]
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Ser padre es, probablemente, lo más gratificante que hice con mi vida. Y es, también y sin ninguna duda, lo más difícil que hice. Y como es tan difícil, en lugar de hacerlo con mi vida lo hice con las de mis hijos. No es que sea difícil por sufrido, me resultó -me resulta- enormemente placentero. No es algorítmicamente difícil, ni requiere procesos de cálculo diferencial. No es difícil porque te obligue a enfrentar enemigos ni peligros, ni porque se requieran proezas físicas o destreza de funambulista. Es difícil, simple y sencillamente, porque te refleja contra tus propias carencias, porque te enfrenta a tus pequeñas virtudes y a tus enormes defectos, porque te prueba, ética y emocionalmente, hasta el límite máximo que sos capaz de alcanzar, hasta la frontera última de tus creencias, de tus valores, de tu ternura.

Pero es difícil, sobre todo, porque te fuerza a entender por completo la potencia brutal de las consecuencias de tus actos, la revelación absoluta de que a nadie le importa un carajo tu sabiduría ancestral, ni nada de lo que seas capaz de decir, porque en última instancia tus hijos siguen tus ejemplos, agregan las huellas de sus pasos sobre las tuyas, aportan errores nuevos, y se transforman en personas completamente autónomas reproduciendo un patrón moldeado no por lo que querías, no por lo que dijiste saber, sino por lo buena o mala persona que seas, por el ejemplo que diste, por tu forma de entender la vida.

Y a mí, en la era de la mujer, me tocó ser padre de varones. No soy capaz de explicar, antes de que naciera mi primer hijo, la tremenda fuerza de mi deseo de ser padre de una nena. No sé contarlo, no conozco las palabras para describir lo trascendental, lo inmensamente potente de ese deseo: quería traer al mundo a una mujer libre. Tampoco puedo contar, sin sentirme un poco banal y caprichoso, la velocidad con que eso dejó de importarme, ni bien tuve a mi primer hijo en brazos, ni lo poco que me importaba cuando esperaba al segundo, porque para entonces ya había entendido que no importa si es varón o nena, lindo o feo, no importa si se ríe o llora, si obedece o protesta, si juega o duerme. En cualquiera de los casos un hijo dinamita la capacidad de amar de cualquier persona, la explota, la demuele y la transforma en algo mucho más pleno, puro y enorme. Yo no sabía que se pudiera amar así. No estoy seguro de haberlo entendido ahora, pero con dos hijos varones ya adolescentes, aún me duele el pecho cada vez que los abrazo, se me parte el alma cuando los regaño, me cruje el estómago cuando los beso, y me siento morir de orgullo al menos diez veces por semana, mientras otras tantas el miedo me asalta cuando los veo perpetuar mis errores.

 

Y tengo varones, decía, en la era de la mujer.

 

Hace unos pocos días, pasó algo que no es muy frecuente. Daniel se fue por ahí con sus amigos, y me quedé solo con Pablo. Normalmente miramos alguna serie, charlamos o simplemente jugamos a las cartas. Pablo está en esa edad en la que prefiere jugar videojuegos a casi cualquier otra cosa, pero ese día, no sé por qué, el cuerpo me pidió que lo invitara a un café, pensando que me diría que no tenía ganas, que mejor nos quedásemos en casa. “¿Vamos al bar a tomar algo?”, pregunté. Su carita, que ya no es de niño, se iluminó como entonces, y me dijo que sí con entusiasmo, con alegría, con esa franqueza que a los adultos, a veces, nos resulta casi antinatural.

 

Allá nos fuimos. A por un café.

 

Dos hombres y una mesa de bar. No puedo contar las veces que sucedió en mi vida. Las charlas trascendentales con las que iba a cambiar el mundo, el relato equívoco de proezas femeninas, los sueños con los que muevo el planeta, los proyectos de besos, los adioses anticipados o póstumos, la dimensión inabarcable de la amistad masculina.

 

Y sí, no tuve ninguna niña. Me hubiese gustado mucho, muchísimo, poder educar a una mujer en la era de la mujer.

 

Pero tuve dos varones. Dos hombres que hoy, ya son mucho, muchísimo mejores que yo. Y entonces, después de los pañales y las cacas, después de los llantos por la sopa y los mocos por todos lados, después de bajarlos una y mil veces dormidos del coche, después de las tardes de plaza y la primera bicicleta, después de enseñarles cien, mil, diez mil cosas intrascendentes, un día cualquiera somos solamente dos hombres en un bar. Dos hombres charlando. Dos hombres compartiendo de igual a igual. Dos camaradas que en lugar de llorarse las penas el uno al otro, no necesitan más que una palmada de oso en la espalda para confesarse su amor como hombres.

 

Y yo me siento imbécil, porque de golpe y sin razón alguna me dan ganas de llorar, de abrazar a mi hijo y de decirle que admiro al hombre en que se está convirtiendo, de ir a buscar a mi otro hijo, arrancarlo de lo que esté haciendo con sus amigos y convocarlo a esa mesa de bar, para decirle lo mismo que necesito decirle a su hermano, para volver a besarlos a ambos en los labios, como cuando eran chiquitos, para suplicarles a ambos que no abandonen esta forma de ser hombres, la que hace que, en la era de la mujer, un padre pueda sentirse plenamente orgulloso de sus hijos varones, de los hombres que son, de sus valores, de sus ideas propias, de su sensibilidad, de la amplitud de la ventana por la que miran el mundo.

 

Entonces, la magia del momento se rompió. Aparecieron -vivimos en un pueblo, que es algo todavía más pequeño que un barrio- los amigos de Pablo. En grupo, pelota bajo el brazo, se detuvieron frente a nuestra mesa y nos pusimos a charlar. Cuando se iban, insistieron: “Pablo, ¿te vienes con nosotros?”. La tarde todavía era joven, el clima estaba precioso, con un sol muy rojo vigilante y amigo; era un momento para ser niño, para ir a jugar. Pablo me consultó con una mirada rápida, imperceptible, y yo le sonreí. “Andá, hijo. Yo me termino el café y te espero en casa, no te preocupes.” El se rió. Miró a sus amigos y respondió: “No, gracias, vayan. Estoy tomando algo con mi Padre.” Lo dijo con naturalidad, sin afectación, sin vergüenza. Lo dijo sin obligación, con libertad y con alegría.

Los chicos se fueron, haciendo ruido, empujándose unos a otros y riendo. Pablo no dijo nada, simplemente me miró, e inmediatamente volvió a ser un hombre, con otro hombre, sentado a la mesa de un bar, hablando de pavadas sin ninguna trascendencia, pero pavadas que dejan leer entre líneas que esos dos hombres están ahí, el uno para el otro, y que, al menos durante ese rato, hay entre ellos una camaradería inquebrantable, que son compañeros de armas, gladiadores que luchan en el mismo equipo, borrachitos alegres que se quieren estrepitosamente.

 

Y yo me derretí por dentro. No dije nada, porque aún en la era de la mujer, cuando a los hombres se nos empieza a permitir ser más sensibles, conectar mejor con las emociones, aún ahora, todavía hay cosas que los hombres no nos decimos. No me quería quedar con esa emoción dentro, pero el pecho se me quebró de amor, porque en ese momento, esa tarde, a esa hora, mi chiquito, mi hijito, fue muy hombre, y prefirió pasar un rato más a solas con su padre.

 

Eso me hizo pensar. Quizás lo que más me enorgullece de mis hijos, de ambos, es su enorme lealtad. Son leales ante todo, frente a todo, siempre. Y así como son hijos leales, puedo sentir al mirarlos, al hablar con ellos, que serán novios leales, amigos leales, yernos leales, padres leales -tal vez, algún día-. Serán leales con sus amigos, con su trabajo, con su día a día, con el mundo que los abriga y los agrede, con sus verdades pequeñas y sus vergüenzas privadas. Serán leales con sus padres, y, por supuesto, serán leales con todas y cada una de las mujeres de su vida.

 

Y ya no me da pena no haber tenido hijas en la era de la mujer, porque puedo saber, mirando a mis hijos a los ojos, que son hombres, que son buenas personas, y que están muy bien preparados para vivir en un mundo nuevo, donde mis experiencias, la forma en la que yo aprendí a ser hombre, ya no es válida -por suerte-. Aprendimos juntos a ser hombres en la era de la mujer, y mis hijos lo harán mucho, mucho mejor que yo.

 

Es tremendamente emocionante estar orgulloso de ser hombre, porque hoy, ahora, estamos construyendo un nuevo significado de la hombría, que es mucho más humano, mucho mejor, y mucho, muchísimo más difícil de ejercer. Es conmovedor estar tan orgulloso de los dos hombres que ayudé a construir, en el siglo de la mujer. Por eso quería celebrar esa tarde. Por eso quiero dejar un registro de lo que sentí. Por eso quiero alzar mi taza, y celebrar que estamos cambiando, todos, que estamos haciendo que el mundo sea mejor, y que los hombres nuevos que vienen serán lo suficientemente hombres para vivir codo con codo, de igual a igual, en la era de la mujer. Levanto mi taza, por mis hijos, por un mundo nuevo de hombres y mujeres todos juntos, por el orgullo que, todos los días, me hacen sentir.

Levanto mi taza, brindo, entre hombres, con mis hijos, y esa taza humea café con aroma de varón.

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Porque lo digo yo, que soy tu Padre IX: Juventud, Divino Tesoro https://www.federicofirpobodner.com/2018/06/porque-lo-digo-yo-que-soy-tu-padre-ix-juventud-divino-tesoro/ https://www.federicofirpobodner.com/2018/06/porque-lo-digo-yo-que-soy-tu-padre-ix-juventud-divino-tesoro/#respond Sat, 23 Jun 2018 19:30:43 +0000 http://www.federicofirpobodner.com/?p=573 Hola Pablo, hola hijo, hola, mi amor. En muchas otras de mis cartas te llamo simplemente “mi amor”, pero algo me dice que estás grande para eso, que al hombrecito que amanece en tu cuerpo le incomoda esa cercanía, ese padre que te quiere como niño, como hombre, como hijo. Y lo entiendo, hijo, lo [...]
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Hola Pablo, hola hijo, hola, mi amor. En muchas otras de mis cartas te llamo simplemente “mi amor”, pero algo me dice que estás grande para eso, que al hombrecito que amanece en tu cuerpo le incomoda esa cercanía, ese padre que te quiere como niño, como hombre, como hijo. Y lo entiendo, hijo, lo entiendo. Creeme que lo entiendo, que pasé por eso, que una vez tuve bajo la piel a un hombre incipiente, un grito en el pecho buscando salida, una rebelión desatada en las venas.

Pero esta cita anual, hijo, es un privilegio que me reservo para escribirte, para contarte lo que siento, lo que aprendo de vos, lo que tu año aporta a mi vida. Y aunque lo hago para vos, aunque te escribo con la esperanza de que un día lo descubras, y leas, una por una, las cartas que año a año escribo para celebrar tu vida, es un espacio que es mío. Es el lugar en el que me importa poco y nada todo lo que no sea ser tu padre, el santuario donde puedo ser padre y madre, donde puedo amarte con locura y decirte “mi amor”, aunque te pongas colorado. Es el planeta donde te sigo besando en los labios, donde te abrazo durante horas, donde aún dormís la siesta recostado en mi pecho. Y necesito que entiendas, mi amor, que no importa si un día tenés barba o pelos en los huevos, que me da o mismo si alguna vez tenés novia, novio o tus propios hijos, que sé que algún día serás hombre y ganarás tu pan, y que tal vez llegue el momento en el que yo te necesite a vos más de lo que vos me necesites a mí. Todo eso será, pero en este templo, en mi guarida infinita y eterna, sos mi bebé, mi niño, mi hijito, al que le cambié pañales, al que consolé muchas noches, al que le grité mas veces de las que me gustaría. Sos mi nene, ese que se hacía pis y caca, el que me miraba con dos ojazos que parecían creer que yo lo podía todo, que lo sabía todo, que lo tenía todo bajo control. Sos la continuidad de mi sangre, la perpetuidad de mis tripas, el objetivo final de lo mejor de mí, de los sueños con que muevo la tierra, del amor con el que me levanto todas las mañanas para enfrentarme al mundo, de mis miedos anónimos, de mis cobardías secretas y mis valentías ufanas, de la tremenda dedicación con que me equivoco, una y otra vez, tratando de hacerte una persona mejor, intentando guiarte por un camino que desconozco, sin saber nada, sin más armas que un puñado de buenas intenciones y un amor infinito, sin más triunfos en mi mano que las tres o cuatro razones por las que creo que soy buena persona.

Y no es casual, mi amor, que sea en tu cumpleaños número catorce que te escribo estas cosas. Lo hago porque alcanzaste una frontera, porque tu cuerpo de niño desaparece rápidamente bajo una torpeza adolescente que es casi como llevar a una vaca a un salón de té, porque tu humor muta a toda velocidad hacia el sarcasmo y la ironía propias de los adultos, porque puedo sentir, hijo, mi amor, como poco a poco te vas queriendo medir conmigo, en una vana contienda de hombre a hombre, en una disputa de macho alfa sin sentido, en la que te probás a vos mismo, y te probás contra el molde que te hizo, te probás contra mí. Y es algo que me emociona, y a la vez me sorprende día a día. Me enorgullece verte velar tus armas, elegirlas con cuidado y blandirlas con valentía. Me deslumbra descubrir que hay en vos un coraje que yo nunca tuve, y una necesidad tremenda de ponerlo a prueba.

Pero también, mi amor, veo en vos algunos de mis defectos, reconozco en tu hombrecito cosas que me gustaría no haberle enseñado nunca. Y son cosas que no van en esta carta, porque esta carta es de celebración; pero lo que sí va aquí, lo que quiero decirte sobre eso, es que una de las cosas más difíciles de ser hombre es aceptar lo peor de uno mismo, y que al mismo tiempo, el padre que tenés, el hombre que soy, no es posible sin esas debilidades, sin los defectos, sin los fallos continuados que, por suerte, a mis cuarenta y cinco años, me siguen permitiendo aprender cosas. Y te lo digo, mi amor, porque estás en una edad en que los padres dejamos de ser héroes, y empezamos a ser molestos, nos quejamos, te pedimos que colabores, que levantes la mesa, que laves los platos, que vayas al supermercado. Te lo digo porque, cada vez más, salgo al cruce de tus defectos. Lo hago por dos razones. La primera es que te amo con locura, pero eso ya lo sabés. La segunda, mi amor, es que, desde mi torpeza, desde lo poco que sabía de ser padre antes de que llegaras a mi vida, intento regalarte lo que aprendí, lo que mis propias cicatrices permiten leer en mi piel. Y en este caso, mi amor, no es más que decirte que todos los seres humanos estamos llenos de miserias, de egoísmos estúpidos, de deseos infantiles, de caprichos mundanos. Y no pasa nada. La mejor forma de vivir con eso es abrazarlo, es aceptar que, al igual que el resto de los primates, no somos posibles sin nuestros fallos, sin nuestros defectos. Es el primer paso para ser una persona mejor: entender qué es lo que se puede mejorar.

Y no creas, mi amor, que te digo esto porque pienso que puedo aportarte sabiduría. Te lo digo porque comienzo a aceptar que me acerco a la madurez, y a entender que, mucho más que la poca o mucha sabiduría que pueda ofrecerte, lo mejor que puedo darte es el resultado de mi experiencia, junto con mi amor incondicional, con mi deseo profundo de verte convertido en un hombre.

Te lo digo, mi amor, porque como padre, me arrancaría los ojos con una cuchara si supiese que eso te garantiza una vida larga y plena. Viviría en mi cuerpo todos tus dolores si con eso pudiera evitártelos, sufriría tus desengaños amorosos, asumiría tus derrotas, me llevaría tus golpes, sangraría tus heridas, moriría en tu lugar. Y sería un error, porque a los padres, mi amor, nos cuesta mucho entender que los hijos no son nuestros, que sus vidas son suyas, y que tenemos que saber estar sin interferir, guiar sin dirigir. Y es imposible no desear vestir tu piel para evitarte mis errores, pero a veces pienso que no es más que un autoengaño para contar con una segunda oportunidad.

Quiero decirte, mi amor -y con esto termino-, que estás conquistando lo que Sumo, honrando a Rubén Darío, llamaba “Juventud, divino tesoro”, y que con la juventud vienen los dolores más fuertes del corazón, los sufrimientos más intensos, los errores más tontos, pero también una fuerza vital pura, un poder inmortal, y una capacidad de entrega que no se vuelve a tener en la vida. Y quiero, mi amor, ser parte de tu juventud, ser una piedra de tu divino tesoro, jugar tus juegos, estar con vos. Pero el mejor consejo que puedo darte, hijo, mi amor, lo más sabio que puedo decirte, el secreto más preciado que puedo compartir, es pedirte por favor que no le permitas a tu viejo meterse en lo que no le importa, que elijas el hombre que querés ser y entonces nada te detenga, que te lleves por delante al mundo, a tu padre, a tu madre y a la santa puta madre que lo parió.

¿Y sabés por qué, hijo, mi amor?

Porque sé que vas a equivocarte mucho, muchísimo, y que tus errores van a traerte dolor, pero es mucho más sano que te equivoques con tus reglas, con tus ideas, con tus convicciones, con la persona que sos y con la que querés ser. Y así es este juego, yo no voy a saber no meterme, no corregirte, no decirte lo que creo que tenés que hacer, porque para eso soy tu padre. Y vos, hijo, vos, mi amor, tenés que cagarte en lo que yo te diga, porque para eso sos mi hijo.

Te adora, Papá

23 de Junio de 2018, en la ciudad de los prodigios

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La bisectriz de la vida https://www.federicofirpobodner.com/2018/03/la-bisectriz-de-la-vida/ https://www.federicofirpobodner.com/2018/03/la-bisectriz-de-la-vida/#comments Tue, 27 Mar 2018 05:00:08 +0000 http://www.federicofirpobodner.com/?p=562 Es como un reencuentro. Hace mucho que el tic tic tic de mi teclado no suena por algo diferente al trabajo. Hace meses. Meses sin escribir, meses largos, meses en los que la vida se movió, se sacudió, cambió de forma, de camino.

Ahora estoy solo en casa, es domingo de tarde y todo vuelve [...]

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Es como un reencuentro. Hace mucho que el tic tic tic de mi teclado no suena por algo diferente al trabajo. Hace meses. Meses sin escribir, meses largos, meses en los que la vida se movió, se sacudió, cambió de forma, de camino.

Ahora estoy solo en casa, es domingo de tarde y todo vuelve a mí, se arremolina, da vueltas, y me recuerda que, en un par de días nada más, voy a cumplir cuarenta y cinco años. Y entonces me vuelve a asaltar el encanto absurdo por los números redondos, por los múltiplos y los divisores, por el significado inexistente de las cifras, por las verdades que deberían revelarse en algunos momentos, y sin embargo no acuden al llamado.

Y no puedo evitar pensar en este número como en la bisectriz del ángulo recto, la certeza brutal de que, si no pasé ya la mitad de mi vida, entonces es ahora, justo hoy, la mitad exacta y redonda de lo que espero vivir. No puedo evitar sentir en las yemas de mis dedos que hay una frontera cruzada, que cada día que vivo me aleja un poco más del origen, reduce lo posible, mirando hacia adelante. No puedo evitar pensar que, además, hay una trampa oculta en todo esto, un engaño piadoso, la voluntad de creer que todavía hay tiempo.

Pero no es tan así. Puede que esta sea la bisectriz, puede que quede la mitad del camino, pero queda la mitad cuesta arriba, la más difícil, esa en la que vas perdiendo fuerza, reflejos, ilusión, pasión, ganas. Queda la mitad, pero sin embargo, hay una parte de mí en la que sé que ya pulsé más de la mitad de las teclas que voy a pulsar, que ya escribí más de la mitad de las palabras totales, volé más de la mitad de los kilómetros, di más de la mitad de los paseos, recibí en la cara más de la mitad de las lluvias y los vientos, besé a más de la mitad de las mujeres, abracé a más de la mitad de las personas, corrí más de la mitad de los peligros, sufí más de la mitad de las decepciones, peleé más de la mitad de las batallas, soñé más de la mitad de los sueños, trabajé más de la mitad de las horas, me apasioné más de la mitad de las veces.

 

Y entonces me examino, lo hago de manera descarnada, en profundidad. Y no, no es tan así.

 

Porque desde este lugar, desde donde estoy, en la falda de la montaña, se ve con otra perspectiva. Y entonces identifico un filtro con el que comprendo de otra manera, me ofrezco de una forma nueva, me expongo con menos miedo, soy capaz de aprender mejor. Y encuentro ganas, muchas ganas de vivir, de lo que viene, y la mitad me suena al doble.

Tengo el doble de ganas de volar, el doble de ilusión por lo que queda, por recorrer el camino cuesta arriba. Cada hora con mis hijos es el doble de intensa, de placentera, de innovadora. Cada encuentro con personas significa el doble, me deja el doble de datos, de fórmulas, de ideas. Cada palabra escrita tiene el doble de letras, el doble de sinónimos, significa dos veces más; dice, a mi pesar, el doble de lo que pienso. Cada paso nuevo recorre el doble de distancia, me acerca dos veces más adonde quiera que sea que estoy yendo, porque en este momento en el que avanzo al doble de velocidad, el destino final me importa la mitad, pero me hace vibrar el doble.

Y es que, al final, es sencillísimo. A medida que los años pasan, se van, quedan atrás, los que vienen valen más, se sienten más intensamente y me asalta una verdad brutal: lo que no disfrute ahora no volverá. Cada oportunidad de vivir se transforma en única. Ya no me pregunto por la juventud que tuve, sino que la reaprovecho, la utilizo para darle significado al ahora, para entender que, cuando creemos que nos terminamos de preparar para vivir, entonces la vida se está pasando, y mientras nos mirábamos los pies, en la ventana un rayo de sol iluminaba el presente.

Nunca más voy a cumplir cuarenta y cinco años, nunca más voy a dividir, tan claramente en dos mi vida. Es hoy. Es ahora. Todo está por vivir. Esto recién empieza.

 

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Porque lo digo yo, que soy tu padre VIII: ¿Y ahora qué? https://www.federicofirpobodner.com/2017/06/porque-lo-digo-yo-que-soy-tu-padre-viii-y-ahora-que/ https://www.federicofirpobodner.com/2017/06/porque-lo-digo-yo-que-soy-tu-padre-viii-y-ahora-que/#respond Sat, 24 Jun 2017 07:00:14 +0000 http://www.federicofirpobodner.com/?p=532 Son las ocho de la mañana del día de tu decimotercer cumpleaños, y si bien siempre comienzo tus cartas anuales diciéndote “Hola, mi amor”, esta vez siento que debería ir a despertarte, tirarte de las orejas, darte dos besos y un par de sopapos, por las dudas, por lo que habrás hecho o por lo [...]
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Son las ocho de la mañana del día de tu decimotercer cumpleaños, y si bien siempre comienzo tus cartas anuales diciéndote “Hola, mi amor”, esta vez siento que debería ir a despertarte, tirarte de las orejas, darte dos besos y un par de sopapos, por las dudas, por lo que habrás hecho o por lo que vas a hacer. Hoy cumplís trece años, mi amor, y ya sos oficialmente un adolescente. Y tu padre, mi amor, que toma café y fuma y siempre está abrumadoramente seguro de todo lo que dice, irradiando autoridad moral y certezas dogmáticas, ese mismo padre que, tras una intención y unos minutos de diversión supo que iba a ser padre, y que un día, después de nueve meses de sensaciones encontradas, de repente se encontró con que tenía en los brazos un pedazo de carne que no hacía más que llorar, comer y cagar, hoy está asustado.

Y perdoname, mi amor, que pase ahora a la primera persona, pero necesito hacerme responsable de las cosas que quiero decirte, porque ya es hora de que sepas, mi amor, que la paternidad no es como correr o saltar; no es como llorar, comer y cagar. Es una cosa que se aprende, sobre todo, a fuerza de equivocarse, y de eso quiero hablarte hoy. De eso y del amor. Mientras la paternidad es probablemente el más difícil de los retos que, como hombre, me ha tocado enfrentar, el amor es la parte fácil. Una parte que se te chorrea, te desborda, te abruma, te transforma en imbécil, y que no se puede evitar. Es desmedido, disparatado y desproporcionado: a los hijos se los ama con demencia, con brutalidad, de manera absoluta y total.

La contemplación pasiva durante nueve meses, mientras tu madre hacía el milagro de cocinar una persona en su vientre, a mí –y a vos también, porque un día no muy lejano vos también serás hombre y te darás cuenta de la enormidad de lo que no sabés– nos queda la teoría, imaginar el padre que queremos ser, imaginar lo mucho que vamos a amar a ese hijo que viene, planificar lo buenos educadores que vamos a ser. Y todo eso, mi amor, se va a la mierda estrepitosamente cuando te ponen un bebé en brazos, cada vez que lo hacés sonreír, cuando llora y su gesto te inunda de ternura, cuando te llama “papá” por primera vez, cuando te mira con una admiración que, en esta vida, un hombre común como yo no recibe de nadie más que de sus hijos.

Y entonces, mi amor, vienen años muy felices, donde aprendés a hablar, a caminar, donde cualquier insignificancia que haga tu bebé te hace sentir orgulloso, donde todo son risas y logros. Y uno quisiera ser ese ser poderoso que ven los hijos, y ser capaz de mantenerte así para siempre. Así, tierno, dulce, inocente, infantil, ávido de mis besos y mis abrazos y mi atención, mi aprobación y mi mirada. Quisiera mantenerte bajo mi protección para siempre.

Y entonces, mi amor, los ingratos de los hijos crecen y empiezan a tener opinión propia, a necesitarte menos, a tener sus propios amigos, su propia vida, y yo me doy cuenta de repente que todos esos deseos no son generosos sino egoístas. Es mi miedo a envejecer, es asumir que, gradualmente, vas perdiendo el control sobre la persona que –literalmente– has fabricado. Y ese hijo ingrato comienza a discrepar, a enfrentarte, a desaprobar tus verdades universales, tu sabiduría de cartón y lata. Ese hijo ya no cree cualquier cosa que le digas sino que la contrasta con la Wikipedia, lo busca en Google y después te lo discute.

Y estoy llegando a lo más importante que quiero decirte hoy, mi amor. Yo fui un adolescente muy difícil, y mi padre, que es un hombre mucho más sabio que yo, me dejó hacer, vigilándome de cerca. Me permitió equivocarme, tomar malas decisiones, y supo esperar con paciencia a que yo volviese a acudir a él, como inevitablemente ocurrió. Yo no estoy seguro de ser tan fuerte ni tan sabio. No estoy seguro de que en algún momento no me vayan a entrar irreprimibles ganas de darte vuelta la cara de un sopapo o de pegarte cuatro gritos.

Pero de lo que sí estoy seguro, mi amor, es de la inmensidad del orgullo que siento cuando te veo defender tus opiniones, cuando te escucho argumentar, cuando te veo equivocarte convencido de que tenés razón, y pelear a brazo partido guerras pueriles e inútiles, pero con la pasión y la fuerza que, en el corazón, tenemos los buenos hombres. Estoy seguro también, de que mi amor por vos es irracional, supera los límites de lo que está bien y lo que está mal, de lo que es justo o injusto. Es tan enorme, tan bestial y tanto más importante que yo mismo, que no importa lo que hagas, siempre, siempre, voy a estar a tu lado, a veces queriéndote dar un sopapo, a veces diciéndote por qué me parece que estás equivocado, pero siempre, siempre, apoyándote, acompañándote e intentando guiarte desde la infinita sabiduría que, muy pronto, te darás cuenta de una vez y para siempre que no tengo.

Y estoy seguro, mi amor, de que hoy empieza la que quizás será la etapa más dura de nuestra relación vital. Tus pasiones van a desbocarse, tu vientre va a llenarse de urgencias y espuma. Vas a sentir la enorme injusticia del mundo conspirando en tu contra y muy probablemente me vas a hacer responsable de eso –a mí y a tu madre–, pero sé también que pasará pronto, y que el hombrecito que hoy va a levantarse, dentro de un ratito nada más, de su cama, será entonces capaz de vislumbrar, por primera vez en su vida, cuánto y con cuánta intensidad lo aman sus padres.

Porque, mi amor –y con esto termino– lo mejor que te hemos dado tu madre y yo no es tu lucidez aterradora, ni tu inteligencia aguda, ni tu capacidad abstracta, ni tu lengua irónica. Lo mejor que te hemos dado, y de lo que más orgulloso me siento, es amor. Amor, total, absoluto e incondicional. Lo mejor que te hemos dado es un montón de aciertos en tu crianza, complementados con un montón de errores, todos y cada uno de ellos (los primeros y los segundos) surgidos de ese amor, que lamentablemente, hijo mío, no conocerás hasta que seas padre.

Estoy listo para empezar la que quizás sea la batalla más importante de mi vida: la de tu adolescencia, la tuya y la de tu hermano, que viene detrás, ya mismo, en cualquier momento.

Nos vamos a gritar, nos vamos a pelear, nos vamos a decir cosas feas, pero también nos vamos a reír, vamos a disfrazarnos juntos, y vamos a jugar los juegos que nos hacen cómplices. Pero sobre todo, mi amor, te voy a seguir amando con locura, con todo lo que soy, con todo lo que puedo, con todo lo que sé y con todo lo que no sé. Sobre todas las cosas quisiera pedirte, mi amor, que sepas perdonar a tu viejo por los errores que se dispone a cometer, y que no pierdas nunca de vista que el amor de un padre es devastador, absoluto y total, pero es la riqueza más profunda que puede darle a un hijo. Y de eso también estoy seguro: he sido capaz de enseñarte a amar y a ser amado. No necesitás nada más para ser buena persona.

 

 

Feliz cumpleaños

Te adora,

Papá

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