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Cuarenta y ocho. Cuarenta y ocho dividido ocho seis. Seis bytes son los que cumplo hoy. Y estos números me dan vuelta en la cabeza hace días. Por un lado, esa especie de pánico absurdo a la cincuentena. Por el otro, el encanto binario de los números redondos, múltiplos de ocho para nosotros los informáticos, múltiplos de diez para el resto de la humanidad.

Decía ayer, en un texto que escribí para mis compañeros de trabajo, que los cumpleaños me ponen de un humor reflexivo, y es verdad. También es verdad que en mí, un humor reflexivo puede a veces significar diez páginas de desvaríos, o dos días sombríos reflexionando frente a una ventana. Pero hoy no.

Hoy quiero compartir con quien quiera leerme mis seis bytes de madurez.

Byte 1: Los hijos

Empiezo, cómo no, por mis hijos. Alguna vez he leído por ahí que la sabiduría es algo que te llega cuando ya no sirve para nada. Sin embargo, en mi madurez me encuentro con dos cosas sorprendentes.

La primera es que no sé bien cuándo ni cómo, mis dos niñitos, mis dos amores, desaparecieron de mi vida, y en su lugar se instalaron dos tipos. Dos casi hombres ya, que tienen ideas propias, un criterio que me asombra, una inteligencia vital que destella y deslumbra, y una salud emocional que resulta imposible pasar por alto. Son hombres muchísimo mejores que yo, y lo que es más importante, la mayoría del mérito es suyo. La parte que nos toca a los padres, hoy siento que no hubiese sido posible sin algo de sabiduría, porque inevitablemente mis hijos son un reflejo de mí, son el mejor y más valioso legado que dejaré el día en que me muera, y no puedo estar más orgulloso ni sentirme más realizado. Cada vez que los miro me sacude una emoción profunda.

La segunda es que, a mis cuarenta y ocho años, estoy aprendiendo (probablemente lo justo sea decir que ellos me están enseñando) a redefinir nuestra relación, a dejar ir a los niños que fueron e integrar en mi vida dos hombres nuevos, a hacerles un hueco en el mundo de los adultos, y a respirar con el nudo en la garganta que se me hace cada vez que me demuestran, sin querer, que hay esperanza para el mundo si la generación que estamos criando es como ellos.

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A mis 47 años no es un secreto que, de un sobrepoblado universo de héroes, superhéroes, mutantes con buenas o malas intenciones, guerreros de lealtades firmes a veces y dudosas otras, elfos infalibles y enanos maquinadores, mi preferido es, fue y será El Zorro. Lo explico en El descanso de los Héroes, pero por recordarlo de forma muy resumida, desde niño me parecía que, a pesar de ser admirable, tener superpoderes prácticamente te obliga a dedicarte al bien común, mientras que los hombres normales que lo único que tienen es una habilidad especial, forjada a lo largo de muchas horas de adiestramiento, y que ponen en riesgo su propia vida, me han parecido siempre mucho más admirables que los alienígenas afectados por una invulnerabilidad congénita. Seguramente en este capítulo se merecen una mención especial Batman, Robin Hood y el Che Guevara, entre tantos otros desconocidos, olvidados o simplemente pasados por alto.

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