Que no le confunda, como suele suceder, la obvia extracción humilde y baja cuna de los que evidentemente provengo, porque amén de las limitaciones, privaciones y terribles infortunios a los que, desde infante, me he visto sometido, y a pesar de ellos, poseo y detento un proverbial uso del lenguaje, en sus formas hablada y escrita, una imaginación vívida y peculiar, información actualizada de allende los mares y una habilidad fuera de lo común para la propia defensa, la argumentación precisa y la protección del honor personal.
Y a pesar de ser consciente de cómo lucen los hechos, de la equívoca apariencia de culpabilidad que, al ojo menos analítico o entrenado, el relato de lo sucedido puede causar, y de la mala suerte mía, que una vez más me ha colocado en el sitio incorrecto y en el peor momento, me dispongo a contarle, Señoría, la verdad más pura y simple: soy inocente.
Verá usted. A la hora de autos –que conste en acta–, salía yo de casa, como es habitual, a las siete menos cuarto, para que mi mascota, a la sazón un can conocido popularmente como “perro salchicha”, pudiera evacuar sus intestinos y vejiga, no sin la firme intención de recoger las deposiciones en una bolsa que traía conmigo a tal fin, como es mi deber cívico y moral, y como, además, está mandado por las autoridades locales y la regulación vigente. El caso es que, como cualquier otra mañana, Mandarín –que así se llama el pobre animal– eligió para su solaz el pino de la esquina de la Avenida Márquez, dicho sea de paso, no tengo idea de la causa de su predilección por este tipo de conífera para la primera micción de la mañana. Levantó su patita, como por otra parte hacen los ejemplares macho de la mayoría de las especies de cánidos, y como siempre que se pone al tema, me causó cierta incomodidad, por lo que dirigí la vista hacia el otro lado de la avenida, donde está el quiosco de diarios y la verdulería de la señora Tota.
Pude ver, desde mi posición privilegiada, que el sujeto más tarde identificado como Benjamín “el chino” Sáez, mirando a diestra y siniestra, aprovechaba un momento de descuido de la ya mentada señora Tota, y raudo y veloz, procedía al hurto de una sandía y la correspondiente huida, sin la cual, claro está, el hurto no tendría razón de ser.
Es de natural mi bonhomía y temple, a tal grado que fue mi instinto primario y reacción vital la de proferir un alarido brutal, seguido del señalamiento del sujeto con mi índice derecho, para inmediatamente, descuidando mis deberes con Mandarín, precipitarme en pos del ratero cual justiciero enmascarado, pero siendo yo un ciudadano común.
Y verá usted que tengo razón en esto, Señoría: la diferencia principal entre los héroes enmascarados y los ciudadanos de a pie, es que quienes nos identificamos bajo esta segunda categoría no solemos estar en disposición de grandes habilidades físicas, fuerza muscular y velocidad punta, así que mi arranque fue particularmente tosco y desprovisto de gallardía. Aún así, contra viento y marea, conseguí esquivar el colectivo veintinueve, que venía repleto de ciudadanos que, a esas horas se trasladan con responsabilidad y puntualidad a ocupar sus puestos de trabajo, y conquistar por mi propio pie la vereda de enfrente.
El rufián, a todo esto, había alcanzado ya la mitad de cuadra, y estaba a la altura del bar de doña Teresa, que a esas horas pone dos mesitas en la calle y sirve tostados de miga y café con leche, que aunque no venga al caso, no le recomiendo a usted porque siempre sabe un poquito a quemado.
En mi incuestionable afán por dar caza al maleante, intenté acelerar el paso una vez superado el cordón de la vereda, justo frente a la verdulería, con tal mala suerte que fui a pisar una uva distraída que ensuciaba nuestro suelo público. Reventó el noble fruto bajo la suela de mi zapato, dando lugar a un inesperado y súbito resbalón. Haciendo gala de una insospechada agilidad, incliné todo el peso de mi humanidad a la izquierda, intentando compensar la atracción gravitacional que el suelo ejercía. Desafortunadamente, a causa de esto, terminé impactando contra los cajones de frutas y verduras, convenientemente expuestos para tentar a los clientes. Varios cajones saltaron por los aires, desparramando dramáticamente su contenido, y causando un rebote de mi humanidad hacia el otro lado de la acera. Velozmente y con destreza, inicié yo un nuevo esfuerzo de compensación, con el principal objetivo de evitar caerme al suelo, y en segundo lugar retomar la persecución del forajido. Lanzado nuevamente a mi siniestra, e inevitablemente acumulando velocidad indeseada, agitaba yo mis brazos en un encomiable esfuerzo de recuperar la verticalidad, de tal manera que no percibí a tiempo la presencia del provecto matrimonio Nuñez, quienes sin mediar mala intención alguna de mi parte, fueron lanzados contra la vidriera de la mercería, provocando la lamentable rotura de sus cristales. Los siguientes tres pasos no mejoraron la situación. A los bandazos a ambos lados de la acera, se sucedieron sendas y atléticas correcciones por mi parte, razón por la que tampoco pude evitar la colisión de mi bajo vientre con las mesitas del bar de doña Teresa, que consecuentemente perdieron verticalidad, con la lamentable pérdida de los tostados de miga, y la no tan lamentable del café con leche que sus distinguidos comensales se disponían a disfrutar.
Es verdad, Señoría, que causó cierto escándalo y desconcierto generalizado el pequeño accidente que hoy nos ocupa, por cierto, sin pérdida de vidas humanas ni daños personales que lamentar, aunque con un reconocido perjuicio patrimonial y pecuniario a la verdulería, la mercería y el bar.
Por todo lo expuesto, Señoría, lo conmino a usted a mi inmediata puesta en libertad, y a que ordene a las fuerzas de la ley colaborar en la busca y captura de Mandarín, en paradero desconocido –al menos para mí– desde la hora de autos. Es importante encontrarlo a la mayor brevedad, porque se acerca la hora de suministrarle su supositorio de glicerina.

Federico Firpo Bodner, también conocido como Pilo, o Pilux, es, por definición y elección, Rioplatense de nacimiento. Nació en Montevideo, Uruguay, en marzo de 1973. A finales de 1974 su familia se instaló en Buenos Aires, donde residió hasta mayo del año 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Lector insaciable y escriba aficionado desde la niñez, el autor se declara seguidor incondicional de muchos autores. Por nombrar a algunos, citaremos, cómo no, a Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Paul Auster, Roberto Arlt, Felisberto Hernández, Macedonio Fernández, Manuel Puig, Mark Haddon, Eduardo Mendoza, Manuel Vázquez Montalbán, Raymond Carver, Truman Capote, Fedor Dostoievsky, Raymond Chandler, Patrick Rothfus, Brandon Sanderson y muchos, muchísimos otros y otras que en este momento se esconden en las trampas secretas de la memoria.
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