Fue una tarde de julio, de esas en las que un verano rabioso te hace arrepentirte de haber venido a vivir a Barcelona. La ciudad respiraba pesada, exhalando el tufo a pis y turismo marca de la casa, que ofende desde la nariz a la garganta.
Nada sugerรญa que fuese a ser un dรญa diferente a los demรกs. La Via Laietana estaba, como es habitual, desbordada de personajes exรณticos que, sin ningรบn exotismo, se empujaban unos a otros, convencidos de su derecho divino a pasar primero.
Como todos los martes, me dirigรญa yo al taller de Escritura Medieval Aplicada, que como el lector sabrรก, se constituye en piedra angular de todo buen hacer con las letras y el verbo. En camino, y sin venir a cuento de nada, una rebeliรณn de espuma me atacรณ brutalmente desde mis propios intestinos. Me detuve en seco, provocando una reacciรณn en cascada de chinos, รกrabes y rusos chocรกndose entre ellos e insultando en lenguas bรกrbaras, mientras apelaba yo a toda mi concentraciรณn y mi capacidad fรญsica para evitar cagarme encima.
Controlada la emergencia, y con la integridad de mi ropa interior momentรกneamente a salvo, respirรฉ hondo y levantรฉ la vista. A unos setenta metros, cruzando la avenida, se veรญa la serpiente y el cรกliz que marcan, desde el glorioso medioevo, la ubicaciรณn de las farmacias, boticas, droguerรญas y centros de expediciรณn de pรณcimas milagrosas. Me presionรฉ el bajo vientre para comprobar integridad de esfรญnteres, y decidรญ acercarme a comprar un antidiarreico, que no por ser de mal gusto y antiestรฉticos son menos eficaces.
Una vez recuperado mi dominio ventral, alcancรฉ la puerta de la farmacia. Los autobuses contribuรญan generosamente al bochorno hรบmedo de las tres de la tarde, disputรกndole a los taxis la primera lรญnea desde la acera. Me disponรญa a entrar a la botica, pero tuve que detenerme en seco, porque a veces, cuando uno va con prisa, las puertas automรกticas no se abren a tiempo. Cuando la doble hoja de vidrio se hubo desplazado, sentรญ un toque en los pies. Era una aspiradora robot, de esas a las que llaman Roomba, que aprovechando el descuido, se lanzaba rauda a aspirar vรญa Laietana. Sonreรญ, atolondrado, y me disponรญa a agacharme para recogerla, cuando el artefacto me hizo un quiebre de cadera veloz, esquivรณ mi pie izquierdo, y se lanzรณ como un rayo hacia la Barceloneta. Durante un instante, los ojos desorbitados del farmacรฉutico se clavaron en los mรญos. Habรญa toda una declaraciรณn de guerra en ellos: o rescatas la Roomba o acabaremos mal. Hice un gesto tranquilizador con la mano, y salรญ disparado en pos del artilugio, que habรญa ganado ya unos doce o quince metros de ventaja, e iba esquivando viejas y turistas como si no hubiera un maรฑana.
Al empezar la persecuciรณn, tuve la extraรฑa sensaciรณn de que el bicho del demonio aceleraba a la par que yo, intentando evitar la captura. Acelerรฉ, poniรฉndome a un trote corto y atlรฉtico, mientras sentรญa el sudor empapando mi camiseta de El dรญa del Tentรกculo, y me preguntaba por quรฉ razรณn la gente no era capaz de conectar dos datos tan sencillos como el de un hombre corriendo y una aspiradora escapando, y en lugar de atraparla por mรญ, le abrรญan paso.
En un momento de la trepidante cacerรญa, un seรฑor con peluca se detuvo en seco, llevรกndose la mano al flequillo que se le desordenaba por el viento ocasionado por el Bus Turรญstic, sorprendiendo a mi enemiga en un renuncio a su velocidad. La joven aspiradora, no obstante, haciendo gala de una sorprendente agilidad, virรณ a la derecha, precipitรกndose a la calzada. Desesperado, bajรฉ tambiรฉn al infierno de asfalto. El bicho se habรญa metido debajo de un taxi, y tardรฉ una fracciรณn de segundo mรกs de lo debido en darme cuenta de que habรญa emergido por el otro lado, cruzรกndose delante de un motorista distraรญdo. El conductor, asustado por la presencia de la aspiradora, hizo una maniobra poco feliz, causando una colisiรณn mรบltiple entre un autobรบs, dos taxis, seis ciclistas y la propia motocicleta.
Aprovechando la confusiรณn del accidente, sobre el que entendรญ yo que no tenรญa responsabilidad alguna, retomรฉ la persecuciรณn. Divisรฉ a mi presa, cincuenta metros abajo, doblando por una callejuela de la que desconozco el nombre, pero en la que sรฉ que hay un pub irlandรฉs en el que los camareros no suelen ser amables, sobre todo por la noche.
Casi sin aire, me precipitรฉ por la cortada, recordando que iba a dar, tambiรฉn, a la parte trasera de los muros de la Catedral. Girรฉ en la esquina, y allรญ estaba.
Una mujer de cuarenta y tantos, que paseaba a su propia Roomba, las acariciaba mientras ambas daban vueltas sobre sรญ mismas, aspirรกndose la cola una a la otra.
โยฟEs suya? โme preguntรณ, ruborizada.
โSรญ. No โexpliquรฉ, intentando recuperar el alientoโ. La farmacia. La puerta. El accidente.
Ella, mรกs ruborizada aรบn por mi rubor, se agachรณ grรกcilmente, la alzรณ en brazos y le acariciรณ suavemente el compartimento de los residuos.
โAquรญ la tienes.
Con la Roomba grรกcilmente recostada en sus brazos, se me acercรณ, ofreciรฉndomela. Me quedรฉ alelado, mirรกndola a los ojos, intentando aislar su mirada del ruidito de las ruedas girando en falso.
โCuidado, se va a escapar la tuya โadvertรญ.
Ella sonriรณ. La otra Roomba se frotaba contra su tobillo, regalona.
โNo te preocupes, la mรญa estรก bien enseรฑada.
Se volviรณ a ruborizar.
Caminamos juntos hacia la farmacia, llevando a las dos Roombas, mansas y obedientes, esquivando los restos del accidente mรบltiple y sonriรฉndonos entre miraditas y gestos de aprecio.
Nos despedimos sin mรกs, pero alcancรฉ a preguntarle si siempre paseaba a la suya por esta zona.
Por eso desde ese dรญa, todas las tardes salgo a pasear a mi nueva Roomba, a la que llamรฉ Lucrecia, con la esperanza de volver a encontrarnos, y de que su rubor y el mรญo no nos impidan, esta vez, intercambiarnos los telรฉfonos.

Federico Firpo Bodner, tambiรฉn conocido comoย Pilo, oย Pilux, es, por definiciรณn y elecciรณn, Rioplatense de nacimiento. Naciรณ en Montevideo, Uruguay, en marzo de 1973. A finales de 1974 su familia se instalรณ en Buenos Aires, donde residiรณ hasta mayo del aรฑo 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Lector insaciable y escriba aficionado desde la niรฑez, el autor se declara seguidor incondicional de muchos autores. Por nombrar a algunos, citaremos, cรณmo no, a Gabriel Garcรญa Mรกrquez, Julio Cortรกzar, Paul Auster, Roberto Arlt, Felisberto Hernรกndez, Macedonio Fernรกndez, Manuel Puig, Mark Haddon, Eduardo Mendoza, Manuel Vรกzquez Montalbรกn, Raymond Carver, Truman Capote, Fedor Dostoievsky, Raymond Chandler, Patrick Rothfus, Brandon Sanderson y muchos, muchรญsimos otros y otras que en este momento se esconden en las trampas secretas de la memoria.
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ยกQuรฉ gran desordenador de flequillos es el Bus Turรญstic!
Lo he sufrido en primera persona ๐