Caminábamos de la mano, como siempre. Nos gustaba a los dos. Para mí, la sensación de sus deditos entre los míos era una evidencia física de la desmesura del amor que sentía.
Buenos Aires atardecía con una furia inusual, pintando en el cielo una sombra violácea sobre jirones de nubes de algodón pintado. Paseábamos por los caminitos del Parque Lezama, que entonces aún no tenía rejas, y los perros podían retozar sin correa ni bozal, y venían a saludar con la alegría desbordante que suelen ofrecer, la lengua afuera y los goterones de baba salpicando la primavera del cemento. Habíamos entrado al Parque por la esquina de Defensa y Brasil, por el costado del monumento a Don Pedro de Mendoza.
–Papá, quiero ir a ver la estatua de los hijos de la loba.
–Claro, mi amor. Se llamaban Rómulo y Remo.
–¿Y eran hermanos, como Esteban y yo?
–Sí. Eran hermanos.
–¿Y se peleaban?
–Sí, se peleaban.
Hicimos silencio. Me gustaba contar sus pasitos acelerados, a ritmo de síncopa, casi dos por cada uno de los míos. Casi. Yo creo que nos sincronizábamos cada cuatro de mis pasos, probablemente con siete de los suyos. Luego volvían a repicar en un punto indeterminado, en el tiempo que yo tardaba en mover un pie. Me gustaba también el olor de la primavera, que se volvía casi obsceno en los árboles reverdecidos, el del polen que flotaba en el aire, en el revoloteo ansioso de los insectos jodiéndonos la vida.
Llegamos frente a la estatua que representa a Rómulo y Remo siendo amamantados por la loba. Julián se acercó a tocarla. Porque sí, era todavía la época en la que los monumentos no estaban encerrados, y las personas podíamos acercarnos a acariciar las estatuas, a escuchar su quejido pétreo y antiguo. Emborronadas de musgo y hollín, asistían impávidas al comienzo de la perversión de nuestros días.
–Contame la historia, Papá.
–¿Qué historia, mi amor?
–La de los hijos de la loba.
–¿Otra vez?
–Sí, otra vez.
Contuve la respiración unos segundos. Cada vez que veníamos al parque le contaba la historia, y cada vez me prometía a mí mismo que leería sobre Rómulo y Remo, para poder contarle a mis hijos la historia real. Luego el trabajo, el supermercado y las minucias de la vida se llevaban por delante mis buenas intenciones, y me dejaban siempre en fuera de juego.
Pensé que, al final, él lo único que quería era un cuento narrado por mí. La verdad no era un factor.
Así que, una vez más, me lo inventé todo.
–Rómulo y Remo nacieron al pie de una montaña, en Italia, que todavía no era Italia.
–¿Una montaña grande?
–Enorme. En esa época era la montaña más alta del mundo, pero después, el monte Everest creció y la pasó, y por eso ya nadie se acuerda de nuestra montaña.
–¿Y cómo se llamaba la montaña, papá?
–Se llamaba el Macizo Kukaracha.
Julián rió con el nombre, y recuerdo que sentí un caminito de hormigas desde la boca del estómago al corazón.
–¿Y qué pasó entonces?
–Pasó que eran mellizos, y el parto duró siete días y siete noches. Lamentablemente, la mamá se murió en el nacimiento.
–¿Las mamás se pueden morir cuando nace un bebé?
–A veces sí. Pero cada vez menos, porque ahora hay médicos y hospitales.
–Menos mal que mamá no se murió.
–Menos mal– respondí, sonriendo.
–Dale, seguí.
–Bueno. Resulta que los bebés se quedaron solos, al pie del Macizo Kukaracha, llorando durante toda una noche. Tenían hambre y frío.
–Pobrecitos.
–Sí, pobrecitos.
–¿Y qué pasó?
–Vino una loba. Una loba blanca y gris, enorme y feroz. Grande como un león, y ágil como un chimpancé.
Julián abrió los dos ojazos, y la boca al mismo tiempo. Estaba fascinado.
–¿Y se los comió?
–No, no se los comió. Llegó, con sus ocho hijitos lobos, porque la loba acababa de ser mamá, y empezó a olfatear a los bebés, que lloraban, asustados. Entonces, la loba, usando sus poderosas patas, cavó una cuevita en la tierra, lo suficientemente grande para sus lobitos y para los dos bebés. Y de a uno, los fue metiendo, todos amontonados para que se dieran calor.
–¿Y los bebés seguían llorando, papá?
–No, los bebés dejaron de llorar en cuanto estuvieron arropados entre los lobitos. ¿Y sabés qué hizo entonces la loba?
–¿Qué hizo, papá?
–Los amamantó con su propia leche, junto con los lobitos.
–¿Y tuvieron que chupar la leche de las tetitas de la loba?
–Sí. Igual que hacen los bebés con las mamás.
Se rió. Se rió como se ríen los niños, sembrando en mi pecho una punzada aguda, mezcla de felicidad y vértigo. No hacía ni media hora que lo tenía en brazos. En media hora más sería un adolescente sin tiempo para escuchar las tonterías de su padre.
–¿Y qué más?
–Entonces la loba los cuidó como si fueran sus propios hijos. Les enseñó a compartir con los lobitos, a jugar, a correr, a cazar y a comer. Muchos años más tarde, se convirtieron en dos hombres fuertes y justos. Fue entonces cuando llegaron a una zona poblada por ogros y leones y elefantes que peleaban todo el tiempo entre ellos.
–¿Y lucharon?
–Sí, lucharon. Derrotaron a todas las bestias del lugar, y decidieron fundar una ciudad a la que llamaron Roma, donde la loba murió de ancianita, en paz. Y transformaron esa ciudad en la capital del imperio más grande que jamás había conocido el mundo.
Charlamos un rato más. Me inventé la historia de la ogra gigante que alimentó dos ciervos con sus propios mocos, y una hormiga que llevaba noticias desde Roma a la Galia.
Nos sentamos a descansar en un banco, y me llamó la atención una piedra negra, lisa y plana, que tenía un brillo opaco. Sin saber del todo para qué, la recogí. Lo miré a los ojos, y puse entre mis manos las suyas, pequeñas y suaves, con la piedra en el centro. Mientras le cerraba suavemente el puño alrededor de la piedra, lo miré seriamente a los ojos:
–Julián, quiero que guardes esta piedra como si fuera un tesoro.
–¿Por qué, papá?
–Porque a partir de hoy es nuestro talismán secreto. En ella vamos a atesorar todo lo que nos queremos, y el recuerdo de esta tarde juntos. Y un día, cuando yo sea viejito, me la vas a dar vos a mí, de hijo a padre, como un regalo único y especial.
–Sí, papá.
Lo vi guardar la piedra en el bolsillo. Volvimos a casa.
Pensé en esa tarde muchas veces a lo largo de los años. Solía preguntarle a Julián por la piedra. Él sacudía lentamente la cabeza y me respondía que la había perdido. Siempre nos reíamos, y pronto se transformó en uno de esos rituales padre-hijo que se repiten sin más sentido que la repetición misma.
Por eso hoy, cuando sostuve por primera vez a mi nieto en brazos, y Julián sacó del bolsillo la piedra, y sin decir nada, pero con una chispa de lágrima en un ojo, la dejó deslizarse en mi mano libre, no pude evitar una emoción profunda y desconocida.
Entendí, entrando en la última etapa de mi vida, que la trascendencia de algunos actos no se mide por los objetos, ni por las palabras, ni por la espectacularidad de los lugares, ni por lo épico del momento, sino simplemente por la cantidad de amor que uno pone en lo que hace.
Mi nieto, por cierto, se llama Remo, y una piedra negra custodia y protege la cabecera de su cuna.

Federico Firpo Bodner, también conocido como Pilo, o Pilux, es, por definición y elección, Rioplatense de nacimiento. Nació en Montevideo, Uruguay, en marzo de 1973. A finales de 1974 su familia se instaló en Buenos Aires, donde residió hasta mayo del año 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Lector insaciable y escriba aficionado desde la niñez, el autor se declara seguidor incondicional de muchos autores. Por nombrar a algunos, citaremos, cómo no, a Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Paul Auster, Roberto Arlt, Felisberto Hernández, Macedonio Fernández, Manuel Puig, Mark Haddon, Eduardo Mendoza, Manuel Vázquez Montalbán, Raymond Carver, Truman Capote, Fedor Dostoievsky, Raymond Chandler, Patrick Rothfus, Brandon Sanderson y muchos, muchísimos otros y otras que en este momento se esconden en las trampas secretas de la memoria.
Descubre más desde Federico Firpo Bodner
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.



Será por el vino blanco con hielo que me acompaña ahora bebido al estilo romano con hielo , quizá por el calor de julio o a lo mejor porque mi nieto Leo tiene solo meses y mi hijo Died 41 años al cual le contaba historias como tu cuando tenía 5 , pero lo que acabas de escribir me ha hecho llorar, y llorar con los dos ojos que es inequívoco de conmoción y no de entrada de mosquito en uno solo…. y eso convierte este racimo de palabras tuyo en el escrito más tierno que he leído. Gracias de todo corazón!!!!….aunque de todas formas vais a perder mañana el partido de la final y el enésimo mito argentino dejará de existir y rios de lágrimas de los argentinos- españoles y de algún otro catalán vendido a Messi, cubrirán las calles de dolor y llanto. Condoliance in advance.
Gracias por tus palabras Alfredo. Me emocionan.
Abrazo enorme y suerte mañana!! 😊😊😊