
Federico Firpo Bodner (Montevideo, 1973) es un escritor argentino, nacido en Uruguay. Algo así como un Urutino, o tal vez Argenguayo, que vive en Barcelona desde el año del apocalipsis informático fallido: 2000. Lleva toda la vida leyendo con voracidad y escribiendo para entenderse: para ordenar el caos, para darle forma al desconcierto, para no perder del todo aquello que lo conmovió. Escribe no porque le guste o lo motive, sino porque no puede no escribir. Escribe porque las palabras sin decir se pudren en el corazón, porque no existe mejor forma de conjurar al dolor y exorcizar fantasmas. Escribe para vivir.
Se formó en los talleres de Hebe Solves, Mirta Botta, Diana Bellesi, Liliana Hecker y Alberto Laiseca, donde descubrió que escribir no era solamente sentarse a inventar historias, sino escuchar la propia voz hasta que deje de temblar. Publicó las novelas Matalobos (2010) y Álgebra Maldita (2025), los volúmenes de relatos y artículos Reflexiones de un aprendiz de brujo (2009 y 2010), y el libro de cuentos ¡Cállense, carajo! (2025), donde conviven el humor, la herida, lo extraño y lo profundamente humano. Además, es autor de la inédita Los murciélagos son bichos de pocas pulgas(1992), que permanecerá escondida para siempre porque lo único que puede ofrecer es ternura, pero en ningún caso literatura.
Como lector, va de García Márquez y Cortázar a Carver, Felisberto Hernández, Arlt o Vázquez Montalbán, pasando por María Elena Walsh, Úrsula Le Guin o Amélie Nothomb; como escritor, mezcla ironía, ternura y delirio con una honestidad que a veces le cuesta, pero que considera imprescindible. Sus textos suelen girar alrededor de vínculos, pérdidas, encuentros inesperados y esa mezcla de fragilidad y furia que sostiene a las personas cuando la vida se pone rara.
Además de escribir, Federico narra sus propios relatos en Trovador Solista, un podcast literario que nació casi como una confesión pública: la necesidad de leer en voz alta lo que más le importa. Para vivir, trabaja en tecnología, una profesión que convive —a veces en paz, a veces a los empujones— con su universo literario.
El resto está en sus textos: lo que ama, lo que le duele, lo que lo hace reír y lo que intenta reparar. Y aunque nunca sabe del todo qué encontrará un lector en sus páginas, sí sabe algo con certeza: si una palabra suya logra robar una sonrisa o una lágrima, entonces escribir tiene sentido.
Barcelona, 24 de Noviembre de 2025


