No supe que era feo hasta entrados los catorce aรฑos, que fue cuando me empezaron a gustar las chicas. Susy Pazos tenรญa diecisรฉis, los ojos verdes, un montรณn de pecas y cuerpo de mujer.
Despuรฉs de acecharla en el colegio durante semanas, que a esa edad cuentan como meses, agazapado tras las columnas del patio, en el recodo de las escaleras del edificio viejo, a la salida del baรฑo de mujeres โterritorio vedado a mi presenciaโ, o en el buffet, parapetado detrรกs de uno de jamรณn, queso y tomate, finalmente durante un recreo me armรฉ de valor y le cerrรฉ el paso, forzando el cara a cara.
Se notรณ en la expresiรณn de su rostro cuรกnto le costaba mirarme. Le dolรญa, casi, mi fealdad. Por eso y tras el rictus de asco que la venciรณ, en el รบltimo instante, en lugar del diรกlogo que cuidadosamente habรญa ensayado cien mil veces en mi mente, segรบn el cual yo la invitaba a un helado y ella, gustosamente, aceptaba, le soltรฉ un tรญmido โยฟTenรฉs hora?โ, al que ella respondiรณ tajantemente โยฟY vos quiรฉn sos? Rajรก de acรกโ.
Apaleado y completamente derrotado, dejรฉ pasar ocho aรฑos hasta mi siguiente intento. Esa vez, siendo yo ya un muchachรณn de metro ochenta y dos, caรญ en la cuenta de que llevaba aรฑos sin levantar la vista. Conocรญa todos los suelos, todas las alfombras y a todas las personas por sus rodillas, por las grietas de sus zapatos, por el color de los calcetines, y en verano, por las uรฑas pintadas de los pies asomando entre tiras de sandalias.
Habรญa conseguido trabajo en una escribanรญa, llevando y trayendo mensajes y papeles para el letrado Pereyra, quien, estoy seguro, me contratรณ a razรณn de una deuda moral con mi padre, casi sin entrevistarme y pensando que no durarรญa. Dos aรฑos despuรฉs, nunca habรญa logrado mantener una conversaciรณn completa con mi benefactor, y me limitaba a responder con monosรญlabos y a hacer inmediatamente cualquier cosa que se me pidiera.
Un dรญa, mรกs de dos aรฑos despuรฉs de venir dรญa tras dรญa a cumplir con diligencia, hice acopio de coraje y, al entrar, levantรฉ la cabeza, decidido, para sonreรญr y saludar a la seรฑorita Sabrina, de la recepciรณn, quien tiene al menos treinta y tres pares de zapatos y ocho de botas de diferentes colores.
Dicen que los ojos besan antes que los labios, y yo creo que la metรกfora vale tambiรฉn para la sonrisa. Cuando hicimos contacto visual, sonreรญ con los ojos, y creo que ella lo notรณ. Pude adivinar un imperceptible โnoโ insinuado con un leve movimiento de cabeza. No me hables. No me sonrรญas. No te me acerques. No pronuncies mi nombre.
Violentamente volvรญ a bajar la mirada, y reciรฉn entonces notรฉ que ese dรญa, Sabrina llevaba las botas rojas, mis preferidas.
Pasaron entonces otros sesenta y dos meses de la mรกs estricta virginidad, silencio y contricciรณn, hasta que volvรญ a animarme a hablar con una mujer.
Esta vez no fue planeado, ni alguien que me gustara desde hacรญa tiempo. Ni siquiera la conocรญa. O eso creo, porque en los lugares pรบblicos es difรญcil reconocer a las personas de las rodillas para abajo, a menos que repitan zapatos muy caracterรญsticos, o que lleven sandalias y tengan dedos reconocibles, las uรฑas sucias o juanetes a la vista.
Llevaba ella unos jeans rotos en la rodilla izquierda, y las clรกsicas Converse negras. En la mano derecha traรญa una bolsa del Coto, en la que se adivinaba la silueta de varias latas de cerveza. Yo bajaba la escalera del subte, en la estaciรณn Olleros, cuando ella, que iba atolondrada y con energรญa para encarar la subida, me llevรณ por delante.
Me fui de culo al suelo y la mirรฉ como un acto reflejo, sin intenciรณn de mirarla.
Se produjo contacto visual.
โPerdรณnโ dije, temblando. Ella explotรณ en una risa espontรกnea.
โยฟPerdรณn por quรฉ? Si te atropellรฉ yo.
Me tendiรณ la otra mano, la que no llevaba bolsa. Avergonzado, me aferrรฉ a ella y le permitรญ ayudarme a levantarme. En la torpeza del movimiento, nuestros ojos volvieron a contactar.
โPerdรณn.
โยฟPerdรณn por quรฉ? โvolviรณ a preguntar.
โPor mirarte.
Abriรณ los ojos, enormes, marrones y redondos, y entreabriรณ la boca, dibujando una mueca de asombro.
โยฟPor mirarme? ยฟY desde cuรกndo se pide perdรณn por eso?
โYo lo pido.
โยฟPor quรฉ?
โPorque soy muy feo.
Hubo unos segundos de silencio, y ella se volviรณ a reรญr. Fuerte. Con una carcajada. Me puso la mano en la mejilla y dijo:
โEs verdad que no sos ningรบn Adonis, pero no sos ni de lejos taaaaan feo como para tener que pedir perdรณn. Sacรกtelo de la cabeza, no seas gil, haceme caso.
Me dio dos palmaditas cariรฑosas en la mejilla, y esquivรกndome, continuรณ su camino por la escalera, llevรกndose la bolsa de cervezas y el trauma de mi vida.
Mirรฉ mi reflejo en el cristal de una valla publicitaria, con ojos frescos por primera vez en aรฑos.
Tenรญa razรณn. Soy feo.
Pero no es para tanto.

Federico Firpo Bodner, tambiรฉn conocido comoย Pilo, oย Pilux, es, por definiciรณn y elecciรณn, Rioplatense de nacimiento. Naciรณ en Montevideo, Uruguay, en marzo de 1973. A finales de 1974 su familia se instalรณ en Buenos Aires, donde residiรณ hasta mayo del aรฑo 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Lector insaciable y escriba aficionado desde la niรฑez, el autor se declara seguidor incondicional de muchos autores. Por nombrar a algunos, citaremos, cรณmo no, a Gabriel Garcรญa Mรกrquez, Julio Cortรกzar, Paul Auster, Roberto Arlt, Felisberto Hernรกndez, Macedonio Fernรกndez, Manuel Puig, Mark Haddon, Eduardo Mendoza, Manuel Vรกzquez Montalbรกn, Raymond Carver, Truman Capote, Fedor Dostoievsky, Raymond Chandler, Patrick Rothfus, Brandon Sanderson y muchos, muchรญsimos otros y otras que en este momento se esconden en las trampas secretas de la memoria.
Descubre mรกs desde Federico Firpo Bodner
Suscrรญbete y recibe las รบltimas entradas en tu correo electrรณnico.



Jajaj… la historia de mi vida, pero sin el metro ochenta y dos!
Nah, ustรฉ es bastante mejor parecido! ๐