–Vos, el nuevo, ponete ahí. ¿Cómo te llamás?
–Pedro, pero me dicen el Robinjú. ¿Y usté, Jefe?
–Nepomuceno.
–Ah, Nepo.
–Nepo no, Nepomuceno.
–¿Ceno entonces?
–No. Nepomuceno.
–Es que es muy largo. No sé si me voy a acordar.
–Largo un carajo. Me llamo Nepomuceno y vos hacés lo que yo diga.
–Bueno, bueno, no se enoje.
–Cerrá el orto y ponete ahí, que me estás haciendo calentar.
El Robinjú, haciendo una mueca de ligero desagrado, se pone donde le indica el jefe. Mal sentado sobre un atado de heno que hay en la parte trasera de la F-100. Para colmo roja. No puede imaginarse algo más inapropiado para un atraco.
Don Nepomuceno, el jefe, se sube al volante. El Robinjú repasa la parroquia con la mirada. Son seis. El Loco Mario, que se desempeña como lugarteniente y copiloto. En la caja de la chata, las melenas al viento, van Julito, el Chino, el Araña Ramírez, Raulito y el Uruguayo.
La pick-up arranca con brusquedad, levantando polvo y sacudiendo al distinguido pasaje.
–¿Dónde vamos? –pregunta, bajito, el Robinjú al Araña.
–¿No te dijeron que cerrés el orto, papá?
El Robinjú, herido, baja la vista. Espera unos segundos y saca un atado de Jockey suaves, para ponerse uno en los labios. El Uruguayo levanta el índice izquierdo, porque además de uruguayo es zurdo. Por eso en Uruguay le dicen el Zurdo, y acá en Chivilcoy el Uruguayo.
–Vó, pibe, nada de faso. ¿Querés dar la cana o qué?
El Robinjú, como un perro apaleado, guarda los cigarros y busca alguna complicidad con la mirada. No encuentra ninguna.
Minutos después, la chata dobla por una carretera secundaria, de asfalto agrietado, flanqueada por cactus decorativos y bolas de pasto.
Con un frenazo indecente, la camioneta se detiene frente a un galpón enorme, cuya silueta de chapa y hormigón se recorta contra el atardecer celeste de la provincia de Buenos Aires. No se ve a nadie.
Nepomuceno baja de la cabina, y el Loco Mario hace lo propio. Rodean la chata y bajan la parte trasera.
–Tropa, antes de bajar. Todos a una. Abrimos, buscamos los paquetes azules, que pesan alrededor de diez kilos cada uno, los cargamos en la chata y nos vamos echando putas.
–¿Qué hay en los paquetes azules, don Nepo?
–Nepomuceno, te dije. Menos pregunta Dios y perdona. Si no querés que te vuele el ojete de un tiro, callate y hacé lo que te digo. Agarrá esa cizalla.
El Robinjú, cada vez más afectado, hace lo que le dicen. La cizalla tiene un mango de más de un metro de largo, y un pico oxidado y con mala pinta.
Se bajan todos.
El Robinjú, bajo la atenta mirada de don Nepomuceno, corta la cadena que mantiene cerrada la puerta corredera de doble hoja. Al decimosexto intento.
–Es que la cizalla está hecha mierda, don Nepomuceno.
–Dale, pendejo, dale, que no tengo toda la vida.
Finalmente, la puerta se abre, y todos pasan. El galpón es un invernadero gigante. Lleno de saludables plantas de Cannabis sativa.
–¡Ta que lo parió! –exclama el Robinjú–. ¡Esto es todo faso!
–Que cerrés el orto, te dije. ¡Busquen los paquetes!
El sol ya se está ocultando, y la penumbra no hace fácil la búsqueda. El galpón tiene fácilmente ocho mil metros cuadrados, repletos de estanterías, maceteros con plantas, herramientas de jardinería y dos o tres mesas desvencijadas.
Se separan.
A los pocos minutos, se escucha la voz del Raulito.
–¡Acá muchachos!
Se reagrupan. Hay una inmensa estantería repleta de paquetes azules, como había dicho don Nepomuceno. Rápidamente, arman una cadena humana y comienzan a apilarlos en la puerta de entrada, con intención de llevarlos a la chata.
Súbitamente, el silencio de la noche se resquebraja no por una, ni por dos, sino por un grupo de sirenas de policía.
–¡La yuta! –grita el Chino.
–¡Rápido, todos a la chata!
El Loco Mario, que sale primero, se sienta al volante y enciende el motor. Los demás, corren hacia la parte trasera. El Robinjú, que era el primero de la cadena, es el último en llegar. Cuando se acerca a la chata, don Nepomuceno, de pie junto a la puerta del copiloto, lo apunta con una pipa del nueve.
–Pendejo, vos te quedás a esperar a los botones, así no nos persiguen. Más te vale que cerrés el pico y que les des laburo, si no, te juro que te busco y te quemo a cuetazos.
Se miran fijamente. Por un momento, parece que el Robinjú hará caso, y las sirenas se hacen oír cada vez más cerca. Entonces, con una agilidad sorprendente, el Robinjú salta como una pantera, aferrándose a don Nepomuceno, que trastabilla, perdiendo el equilibrio y la nueve milímetros.
Se enredan en una pelea grotesca y trabajosa.
El Loco Mario, ansioso, grita:
–¡Perdón, Jefe! ¡Piramos!
La chata arranca, dejando atrás una nube de polvo en suspensión.
Los contendientes, agitados, se sueltan. Se miran. Gatean ambos, como bebés torpes, hacia la nueve, que cayó a un par de metros. Vuelven a agarrarse por las solapas, luchando con dificultad.
Cinco patrulleros frenan en semicírculo a su alrededor.
El cabo primero Menéndez, apodado el Sapo, es el primero en bajar, y los apunta con la reglamentaria.
–¡Quietos, hijueputas!
Los representantes de la ley se despliegan, y a los pocos minutos descubren la plantación y los fardos azules que quedaron sin cargar.
–A este lo conozco –dice el Sapo–. Es el Nepomuceno. Un groso de Chivilcoy. El otro es un perejil.
Los esposan y los suben al asiento trasero de una de las patrullas. Mientras el oficial al mando habla por la radio desde otro coche, los dejan solos.
–Estamos jodidos, don Nepu –dice el Robinjú.
–Nepomuceno, te dije, pendejo de mierda.
–¿Por qué es tan imbécil, Jefe? –pregunta el Robinjú.
Don Nepomuceno lo mira en silencio por espacio de treinta segundos.
–Mi mujer es peor –dice.
Se cagan de risa. Juntos.

Federico Firpo Bodner, también conocido como Pilo, o Pilux, es, por definición y elección, Rioplatense de nacimiento. Nació en Montevideo, Uruguay, en marzo de 1973. A finales de 1974 su familia se instaló en Buenos Aires, donde residió hasta mayo del año 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Lector insaciable y escriba aficionado desde la niñez, el autor se declara seguidor incondicional de muchos autores. Por nombrar a algunos, citaremos, cómo no, a Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Paul Auster, Roberto Arlt, Felisberto Hernández, Macedonio Fernández, Manuel Puig, Mark Haddon, Eduardo Mendoza, Manuel Vázquez Montalbán, Raymond Carver, Truman Capote, Fedor Dostoievsky, Raymond Chandler, Patrick Rothfus, Brandon Sanderson y muchos, muchísimos otros y otras que en este momento se esconden en las trampas secretas de la memoria.
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