Debe ser cosa de Tinder, porque si no, no me lo explico. Ya sé que parece inverosímil, pero te doy mi palabra. Empezó hace tres años, cuando conocí a Roxana. Maestra primaria y fanática de las isoflavonas de soja. Nos conocimos una tarde de marzo, en la playa de Sitges. La brisa venía investida del olor del salitre, haciéndonos picar la nariz, mientras nos tomábamos un suizo en un bar con un ventanal enorme. Ella sonreía mucho. No tanto como vos, no me malinterpretes, pero sonreía mucho, y era una de esas sonrisas que te dan cosquillitas en la boca del estómago. Después de mucha charla, nos besamos en el paseo marítimo, junto a la puerta abierta del coche. Conduje de vuelta a casa saboreando el beso, que era una mezcla de hierbabuena y bizcocho húmedo. Me sentía feliz, y fue entonces, al mirarme en el espejo del ascensor, que noté que me había crecido un par de cuernos. No eran muy grandes, no, pero allí estaban, como dos abedules jóvenes echando raíces en mi frente.
Te imaginarás que no quise volver a verla.
En cambio Maite fue un caso completamente distinto. Hicimos match en pleno verano, y nos conocimos en la Rambla de Barcelona, junto a la fuente de Canaletes. Tenía los ojos especialmente separados, pero resultaba gracioso y hasta dulce. Parecía una acuarela de sí misma, pintada en tres cuartos de su propio perfil, con una media sonrisa que sugería que tenía una sorpresa siempre preparada. Fue una tarde festiva, en la que reímos, caminamos de la mano como dos adolescentes tontos, nos salpicamos con agua de las fuentes, bebimos granizado de limón y té frío, y nos besamos con pasión bajo los arcos de la Plaza Real. Y empezó una preciosa historia de amor. Era administrativa en la Caixa d’Enginyers, su día a día era aburridísimo y su carácter cerrado, pero lo compensaba con ánimo festivo. No era creativa ni tomaba la iniciativa en el amor, pero al menos decía a todo que sí, y le gustaba pasar horas desnudos y en silencio. Quizá por eso no me di cuenta hasta casi un mes después de empezar a vernos. Una tarde, me estaba duchando y advertí que la esponja se me trababa en las pantorrillas. Me estaban saliendo escamas desde los gemelos al tobillo, en la parte trasera. Eran escamas ríspidas y rígidas, de color acero. Evidentemente, no pude continuar viéndola a ella tampoco.
Me tomé entonces un descanso. La piel volvió a la normalidad total en pocos días. Había decidido interrumpir la voracidad apareadora, descansar del estrés de las primeras citas y guardar la líbido para mejores momentos.
Pero claro, un día cualquiera vas a cagar, y de aburrido volvés a abrir el chisme del demonio.
Entonces apareció Sabrina. Una chilena de acento rapidito y simpático. Nos caímos bien inmediatamente, pero había algo esquivo en su carácter. Un claroscuro de ánimo que iba y venía. Tenía días solares y tormentas aisladas. Tan pronto un terremoto la asaltaba en medio del supermercado, como una pasión indómita la consumía. Hacíamos el amor una tarde de diciembre, un poco escondidos bajo la ropa de cama, porque su piso era frío, cuando sentí desgarrarse el colchón bajo mis codos. No sé si me entendés. Yo estaba encima, y me apoyaba sobre los codos para no descargar sobre ella todo mi peso. El caso es que el rasguido de la tela, y el relleno del colchón desparramándose llamaron mi atención. Entonces vi que me habían salido púas enormes en los codos y hombros, como las de algunos artrópodos. Eran afiladas como estiletes, y peligrosas. Fue un cristo volver a ponerme la ropa, y una de mis mejores camisetas terminó toda tajeada.
Me echó a gritos de su casa, aunque eso no le impidió perseguirme para que le pagara el colchón.
El otoño pasado, nomás, conocí a Olga. Una dulzura de chica, la verdad. Ucraniana. Dos ojazos verdes y esa rudeza en el acento eslavo que a nosotros los latinos nos hace tanto daño. Nunca la olvidaré, entre otras cosas porque cocinaba con remolachas. A todo le ponía papa y remolacha, así que en pocas semanas terminé meando violeta, pero feliz de la vida. Tenía un carácter hogareño, generoso y malcriador, y una risa que explotaba a las dos de la tarde, jodiéndole la siesta a los vecinos y haciéndome vibrar el esternón, como un gorjeo de palomas que alborotan el tejado. Bajo su cuerpo te sentías arropado y protegido.
Con ella llegamos más lejos que con todas las anteriores, fueron más de dos meses de pasiones y promesas, hasta que un domingo cualquiera me levanté cubierto de un tiernísimo pelaje blanco, como un conejo de la suerte. Temiendo que los incisivos me crecieran hasta el mentón, la dejé, con el alma compungida y el cuerpo en rebeldía.
Y entonces llegaste vos, Cristina. Me llamó mucho la atención que te hubieras registrado en Tinder como Michel Focault. Podía haber sido Nietzsche, o Kafka. Incluso Rosa Luxemburgo, pero por alguna razón era Focault. Y ahora que lo pienso, quizá, de haber sido cualquiera de los otros, mi pregunta hubiera sido exactamente la misma: “¿Por qué Nietzsche y no Borges o Sartre?”. En realidad no importa, pero tenías los ojitos mirando al rincón de las telarañas, una sonrisa triste y hermosa, y una expresión inteligente en la cara.
El resto lo sabés, mi amor. Nos conocimos una noche de verano en aquel parking de Mataró, y terminamos cantando a los gritos en la madrugada de Lloret. Tus besos fueron bocaditos Marroc y alfajores de dulce de leche. Tus manos la travesura con uñas, y tu piel… no puedo hablar de tu piel.
Y es por eso, Cristina, que no me sorprende que haya pasado de nuevo. Pero esta vez quiero correr el riesgo, ver qué nos pasa, y probar, porque quizá –y sólo quizá– en unas cuantas semanas, estas alas crezcan lo suficiente para elevarnos a los dos.

Federico Firpo Bodner, también conocido como Pilo, o Pilux, es, por definición y elección, Rioplatense de nacimiento. Nació en Montevideo, Uruguay, en marzo de 1973. A finales de 1974 su familia se instaló en Buenos Aires, donde residió hasta mayo del año 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Lector insaciable y escriba aficionado desde la niñez, el autor se declara seguidor incondicional de muchos autores. Por nombrar a algunos, citaremos, cómo no, a Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Paul Auster, Roberto Arlt, Felisberto Hernández, Macedonio Fernández, Manuel Puig, Mark Haddon, Eduardo Mendoza, Manuel Vázquez Montalbán, Raymond Carver, Truman Capote, Fedor Dostoievsky, Raymond Chandler, Patrick Rothfus, Brandon Sanderson y muchos, muchísimos otros y otras que en este momento se esconden en las trampas secretas de la memoria.
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Gracias Dani 🥰