Es 31 de diciembre. El año es una anécdota, pero lo que es verdaderamente trascendental, lo que importa por sobre los guarismos y la numerología habitual de fin de año, lo que trasciende al encanto helado de los números redondos, es que Buenos Aires llueve en medio de un sopor difícilmente justificable. Escribo con un cigarrillo en los labios, y en el límite periférico de mi visión detecto que mi piel se abrillanta de un sudor perlado, espeso y desagradable; mientras, por mi ventana, da la sensación de que los peces podrían volar por el aire, que miles de millones de toneladas de hierro y cemento necesitan exhalar un suspiro volcánico, un rugido húmedo y caliente, casi mortal, para subvertir a la ciudad entera con su disconformidad, con sus conductores indolentes capaces de atropellar un carrito de bebé, con los pasos de peatones inútiles decorando la calzada como la sonrisa burlona y triste de un piano desdentado e inútil, con sus colas interminables, voces que se alzan en protesta por la espera, por el maltrato, por el clima, por el gobierno, por la oposición, por el precio de las arvejas, por lo que está bien y por lo que está mal.
Desde niño, desde antes de la barba, previo a los pelos en los huevos y a la pelusa en el ombligo, soy un amante de los números. Siempre me maravilló la exactitud, la verdad simple y transparente, aparentemente intrascendente, que se atisba cuando, por el solo hecho de sumar una cifra, tres nueves se vuelven tres ceros, a la derecha de un guarismo arbitrario. Sin embargo, este año no me llama la atención el número. Podría jugar con el quince, depurar las aristas de su exactitud, incluso hacer la primera escoba del milenio. Podría jugar con el catorce, ver una y otra vez como cambia a un número medio redondo, media treintena, y a partir de ahí establecer relaciones literarias de matemática dudosa, un álgebra de final de año, inexacta, rebuscada y con demasiados dígitos decimales, pero desde mi atalaya de hormigón veo como la tormenta arrecia y caigo en las trampas de siempre, los números se hacen letras, uno detrás de otro, y lo que me importa ya no es la aritmética del año, sino su contenido.
Y como este año no importan las cifras, el contenido se mide en carcajadas rotundas, en lágrimas de cocodrilo, en trámites interminables y en café de máquina. Se mide en abrazos, en despedidas y en reencuentros, en miradas torcidas por la distancia o derretidas por la proximidad.
Este año se mide por la mudanza, por haber vuelto a la Argentina después de casi quince años, arrastrando a mi mujer y a mis hijos a la arena sucia de mi pelea personal, el campo de batalla cifrado por el dolor continuo de tantos años de distancia, por la algarabía fugaz e instantánea del retorno, por el miedo animal de la vuelta, el fantasma fluorescente de la adaptación de mi familia al erial doloroso y fuerte de mi lugar de pertenencia, un hogar devastado y a la vez floreciente.
¿Y cómo se mide eso?
¿Cómo se hace un balance sin prostituir a los números, sin jugar con ellos?
Creo que no se puede.
Creo que no me importa demasiado.
La verdad más descarnada y dolorosa es que encontramos una Argentina herida, dividida y sangrante. Una Argentina en la que el contenido de las cosas importa mucho menos que su nombre, una Argentina que parece haber vuelto a la disyuntiva total entre Unitarios y Federales, en la que solamente se puede estar totalmente a favor o totalmente en contra, en la que la base reguladora de las relaciones entre los ciudadanos y las administraciones públicas es la hipocresía, y entre las personas y las empresas es el abuso de poder y la desconfianza. Encontramos una Argentina que se miente a sí misma, una Argentina que parece haber adoptado como propio el sistema de las cuentas de vidrio de colores y los espejitos.
Pero también encontramos otra Argentina. La que yo venía a buscar, la que extrañaba con toda el alma. La Argentina que es madre y amante, la que brinda con vasos rebosantes de espuma y te abre su corazón sin condiciones ni precios.
Encontramos una Argentina en la que los viejos amigos siguen ahí, dispuestos a todo en nombre de lo que fuimos, preparados para todo en nombre de lo que podemos ser, una Argentina en la que el mate todavía circula de mano en mano en una ronda interminable, y en esa ronda hay también amigos nuevos, que están dispuestos a todo, que abren el corazón y los brazos para recibirnos. Encontramos una Argentina en la que los hermanos se apretujan en el banquito de madera para hacernos un lugar, en la que la cena familiar continúa, a pesar de las ausencias, en una mesa felizmente ampliada con un montón de niños, con amor renovado y con frescura nueva.
Encontramos, también, y aunque parezca absurdo, una España distinta, revalorizada en la distancia, en la que quedaron muchos amores, amigos, hermanos, tíos y primos que saben decirnos desde lejos que nos tienen presentes, que no basta un océano para diluir tantos abrazos, tantas cenas, tantas tardes de plaza y meriendas refugiadas del sol inclemente de junio bajo los árboles esqueléticos de Santa Coloma de Cervelló.
Y mientras escribo esto, me doy cuenta de que no necesitaba decir nada en particular, más que contar, para quien quiera oírlo, que este año me despedí de una España a la que, aunque a veces me cueste mucho, también amo profundamente, y me reencontré con la Argentina de la que me fui, la que es a la vez ingrata y maravillosa, nostálgica y locuaz, pero sobre todo amante y juguetona, dulce y amarga como su mate eterno, violenta y voraz, pero sensible y generosa.
Estoy feliz de estar acá, de ver que rápidamente mis hijos se hicieron un lugarcito, crearon una guarida donde también tienen amigos, música y cerveza de mantequilla, amores nuevos y nostalgias propias, miedos genuinos y un amor subyacente que los arropa y los recibe, una y otra vez, como a argentinos de pleno derecho, como a uno más en la ronda.
Y me faltaba un reencuentro más. Mío y personal. Me faltaba regresar al refugio de plástico y aluminio de mi teclado. El tic-tac rítmico con que las palabras, una detrás de otra vuelven a aparecer en mi pantalla. Me faltaba hacer un tajo en mi pecho y servir mi corazón en un plato, para ofrecérselo a mis amigos, los de acá y los de allá, y sobre todo para masticármelo entero, volver a ponerlo en su lugar, y prometerme en silencio que el dos mil quince será el año en que, con exactitud y números redondos, vuelva a escribir, para mí, para ustedes, para mi mujer, para mis hijos, y en especial para la Gran Puta Madre que lo parió, para nadie y porque sí, porque después de este año tan intenso, me merezco recuperar el espacio en el que puedo gritar, llorar y putear sin ninguna vergüenza, con la frente alta y el pecho desgarrado, con los amores a flor de piel, la sangre y los labios dispuestos a recibirlo todo, y una esperanza renacida, una vez más, tontamente, de la espectacularidad vacía y sin significado, de la frontera fantasma y precisa de los números redondos.
Feliz año nuevo para todos.
En especial para mi mujer, Gloria
Y para mis hijos, Pablo y Daniel
Que pasan el año nuevo lejos de mis huesos, en España
Pero más cerca de mi corazón y mi alma que nunca
Pilux.
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Federico Firpo Bodner, también conocido como Pilo, o Pilux, es, por definición y elección, Rioplatense de nacimiento. Nació en Montevideo, Uruguay, en marzo de 1973. A finales de 1974 su familia se instaló en Buenos Aires, donde residió hasta mayo del año 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Lector insaciable y escriba aficionado desde la niñez, el autor se declara seguidor incondicional de muchos autores. Por nombrar a algunos, citaremos, cómo no, a Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Paul Auster, Roberto Arlt, Felisberto Hernández, Macedonio Fernández, Manuel Puig, Mark Haddon, Eduardo Mendoza, Manuel Vázquez Montalbán, Raymond Carver, Truman Capote, Fedor Dostoievsky, Raymond Chandler, Patrick Rothfus, Brandon Sanderson y muchos, muchísimos otros y otras que en este momento se esconden en las trampas secretas de la memoria.
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Tu papá sabedor de tu don como escritor y tu calidad humana, me conectó con tu blog. Gracias a los dos.