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Por primera vez en muchos años, mi amor, acudo a nuestra cita epistolar anual sin saber qué decir, desorientado por completo y casi sin palabras. Por primera vez, siento la tentación de soltarte un “Feliz cumpleaños” acompañado de una declaración de amor, y evitar así desgranar mis pensamientos.

Y creo, mi amor, que se debe a que esta es una cita nuestra, privada, compartida desde tus cinco o seis años, en la que siempre, siempre, se cuela la honestidad. Entra con un velo de silencio y se sienta a la mesa sin necesidad de ser invitada. Y la honestidad, mi amor, es a veces peligrosa. Sobre todo para quienes, como yo, llegan a un momento de su vida en el que tienen que empezar a reconocer frente a sí mismos que sus hijos son ya hombres, que van dejando de ser imprescindibles, y que, como consecuencia o implicación directa de todo eso, inevitablemente, empiezan a hacerse viejos.

Eliminemos subterfugios: retomo la primera persona.

Empiezo a hacerme viejo, mi amor.

No es terrible, ni trágico, ni siquiera malo. Es solamente cierto, una consecuencia de la vida. Y no pasa nada, simplemente es en estos momentos en los que piso la pelota y levanto la vista, cuando tomo conciencia, cuando entiendo o trato de entender lo que está pasando.

Y lo que está pasando, mi amor, es que vos te estás haciendo hombre, y yo tengo que aprender a ceder terreno, a dejarte paso, a permitir que te pruebes, que decidas, que elijas, que experimentes. Yo tengo que aprender a dejar de cuidarte tanto, para, en su lugar, cuidarte mejor.

Y no es sencillo, mi amor, porque yo me transformé en padre durante lo mejor de mi juventud, en plenitud física y mental. Me hice padre cuando podía vencer a todos tus demonios con una sola mano, cuando el mundo entero era el patio trasero de la fortaleza desde la que custodiaba tu sueño de bebé, tus primeros pasos, el aliento helado de tus infantiles miedos nocturnos, el eco de tus pasitos en el pasillo cargando con el león de peluche y media cebolla cruda.

Y entonces, mi amor, tuvo lugar el privilegio de acompañarte, de verte crecer, de protegerte durante ese camino. Y estaba tan maravillado viéndote conquistar el mundo -a vos y a tu hermano- que no me di del todo cuenta de cómo poco a poco mis brazos perdían algo de fuerza, mi cintura ganaba volumen, mis ojos se atrincheraban detrás de un par de gafas, y paulatinamente empezaba a tener mucho, pero mucho más cuidado al entrar y salir de la bañera.

Pero se supone, mi amor, que esta carta anual es un corte transversal, un momento en el que intento plasmar cómo te veo, qué pienso de vos, qué creo. Se supone que una vez por año intento dejarte un mensaje trascendente, para que cuando sea el momento, los descubras, los sufras, te los apropies o los dejes ir, como las palabras casi sin sentido que son.

Y si tengo que entrar al trapo en eso, mi amor, si tengo que decirte lo que pienso sobre la persona que sos, sobre el hombre en el que te estás convirtiendo, si es absolutamente necesario para preservar el espíritu de este momento y la trascendencia vital de estas cartas, entonces me ruborizo por dentro, se me contrae el pecho y me cuesta empezar.

Y voy a empezar por algo que en estas cartas hago poco, porque en general cuando me siento solo frente a mí mismo y mi hoja de papel, para hablarte de vos, el orgullo que siento como padre y como hombre, y el amor que te tengo me nublan la vista, y casi nunca soy capaz de hablarte de las cosas que me gustaría que fuesen distintas. Siempre tengo tantos motivos para celebrarte como ser humano y como mi hijo, que algunas pequeñas sombras no parecen ni siquiera dignas de mención. Y a todo esto se suma algo, mi amor, que es muy difícil de explicar: los seres humanos parecemos tener una necesidad desesperada de identificar cosas como buenas o malas, pero yo, con la edad, cada vez me convenzo más de que nada es bueno o malo per se, sino que lo que es bueno para vos puede ser malo para tu vecino, o que simplemente se trata de un orden de magnitud. Por ejemplo, la humildad es en principio una característica que casi todo el mundo considera buena, pero yo creo, mi amor, que si una persona es humilde hasta el punto en el que eso le impide defender sus méritos y reivindicar sus virtudes, entonces es claramente perjudicial.

Y en tu caso, mi amor, a veces me preocupa que tu enorme confianza en vos mismo -sin duda un rasgo de tu personalidad que es tremendamente positivo, que te va a ayudar a abrirte paso-, te impida pensar introspectivamente y reconsiderar tus certezas y la forma en la que medís la fuerza de tu brazo. Creo que la certeza es muy necesaria en la juventud, porque es cuando la vida exige que tomes decisiones para siempre, y hace falta hacerlo con pasión y decisión. Y tu autoconfianza, tu certeza, mi amor, es una de tus mayores fortalezas. Solamente te pido, hijo, que me permitas, desde el sillón frente a la chimenea que tenemos los padres en la vida de los hijos, advertirte que sos demasiado fuerte en ese aspecto, y que corrés el riesgo de dejar escapar algunos detalles, de perderte algunas razones, de tener la frente tan alta que tus ojos no alcancen a ver a algunas personas aunque estén frente a vos. No pasa nada, mi amor, porque a veces agaches la cabeza para escuchar el canto de los pájaros, para ver bien todo lo que hay entre tus pies y el horizonte, y para permitir que voces más tímidas ocupen el silencio.

Releo lo que te escribo y son, indudablemente, las palabras de un hombre que está saliendo de la juventud para un hombre que está entrando en ella. Y está bien que así sea, porque así es el juego de la vida.

Para ir cerrando, trato de pensarte hace un año con respecto a hoy, y se me llenan los ojos de lágrimas y el pecho de orgullo.

En este último año, mi amor, además de las cosas que uno espera de un hijo -que sea una buena persona, que sea feliz, que ame, que ría, que juegue, que esté bien preparado para la vida-, en las que una vez más superaste mis expectativas, me deslumbraste nuevamente con el desarrollo exponencial de tu inteligencia abstracta. Este año, mi amor, consolidaste tu transición de joven padawan a maestro Jedi, dejaste de ser un aprendiz para ser un igual, y quisiera conocer las palabras suficientes para contarte mi asombro, mi orgullo, mi inmenso respeto por el hombre que entre vos, mamá y yo, estamos ya terminando de fabricar.

Quisiera poder abrir mi pecho para que echaras un vistazo a mis emociones, y destapar mi cráneo para mostrarte la actividad sináptica de mi cerebro cuando hablamos. Quisiera ser capaz, mi amor, de decirte de hombre a hombre cuánto te adoro, cuánto te admiro, y cuánto me desborda el orgullo que siento por vos.

Quisiera, mi amor, ser transparente para vos.

Pero te pido, mi amor, que entiendas que, así como la llegada de tu juventud se produce inevitablemente cuando comienza la partida de la mía, esa misma partida abre para mí un universo nuevo de reflexiones y una comprensión del mundo y de la vida muy distintos, y en ese escenario es cuando, lentamente, comienzo a entender y aceptar todas las cosas de las que no soy ni seré nunca capaz, y no pasa nada, pero es por eso, hijo, que todas esas frases comienzan sencillamente con un quisiera en lugar de traducirse en verdades absolutas.

Termino ya, hijo, y permitime que lo haga, esta vez, en lugar de con una conclusión inteligente y astuta, con un chiste privado: ¡Felices 10000 años!

Te adora
Papá
24 de Junio de 2020
En la ciudad de los prodigios

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