La memoria es como un cajón de medias desordenado. Los pensamientos rojos se enredan con los verdes, mientras las líneas negras son mayoría, tapan los colores, desdibujan las texturas y confunden las formas. Y yo me desencajono, una vez, otra. Vuelvo a ser niño en la cocina de tu departamento de soltera, un pasillo minúsculo en el que, para salir al patio había que pasar frente a la furia calórica del horno, y para abrir el cajón de las cacerolas hacía falta ponerse de costado, porque abierto llegaba casi hasta la otra pared.
Se mezclan las tardes de verano, echándonos agua en la cabeza con una manguera de goma, azul y amarilla, que tenía la punta abierta en jirones olorosos a encierro, y apenas cumplía su función escupiendo un chorro insípido que le llevaba vida a las plantas.
Crecer es una tarea ingrata, una misión sin propósito, y la hice lo mejor que pude, abatiendo en el camino pensamientos oscuros, deshojando margaritas de tiempo, espiando cómo crecían las chicas, cómo parecían florecer, aunque detrás de las nuevas curvas se escondieran, a veces, tempestades íntimas.
Llegó la plaza del barrio, vestida de pobreza entre los columpios destrozados, las cadenas oxidadas, los restos de divertimentos extinguidos. Los porros con los amigos, escondidos detrás del murito, parapetados, refugiados contra esa pared que no sabía aislarnos del mundo exterior, de las caras de ojete de los adultos de turno, de los profesores peinados con gomina que ladraban reprimendas o tareas, de las patentes de los autos, dobladas bajo los dígitos punitorios de su propia identificación.
En ese camino no podía faltar el sexo. Llegó, pero llegó mal. Llegó sin saber nada de mujeres, sin saber cómo tocarlas ni como besarlas, como honrarlas ni como respetarlas, como seducirlas o cómo, cuándo tocaba, faltarles el respeto. Solo sabía que me gustaban mucho, que la visión de sus redondeces ocultas bajo la ropa despertaba en mí un instinto primario, un dolor grave, de sangre arremolinada y casi negra. Y era espectacular lo fácil que todos, ellas, yo, mis amigos, y el resto, confundíamos el sexo con el amor, el enamoramiento con el placer, el dolor con la ausencia, los sentimientos con los apetitos.
Después, no mucho después, una corbata me hacía de collar de ahorque, bajo el sol rabioso de febrero, en una oficina polvorienta perdida en el conurbano bonaerense. Mi primer automóvil, un Ford Taunus color diarrea claro, maltratado y con caja de cuarta, en el que llevar chicas al cine, los manoseos furtivos con la palanca de cambios en medio, algún que otro beso robado por la ventanilla. Los cafés, parados en la puerta del baño de la oficina, el tabaco amarilleando los dedos y los dientes, las charlas robadas a las horas de trabajo, las horas de trabajo robadas a la vida, la vida robada a quién sabe qué o quién, quién sabe dónde o cuando. El tiempo que no fue.
Tenías perros. Perros que se meaban encima de alegría cuando me veían llegar. Perros que saltaban y te ponían las patas en el pecho, que te masticaban las manos con amor de perro, sin lastimarte, para sentir tu piel, para mostrar los dientes, para reír con risa de perro, con ladridos, con jadeos, con baba colgando.
Las mudanzas. Nos desperdigamos como un cardumen de mojarritas asustadas. Algunos para acá y otros para allá. Yo, en particular, me fui para un allá que hoy, veinticinco años después, debería sentirse acá, pero se sigue sintiendo allá, y me doy cuenta de que ya no hay acá. No tengo acá. No me queda en el cuerpo ni en el alma la tarjeta de membresía de ningún club.
Vos te fuiste muy allá.
Nos hablamos poco. Casi nada.
Y entonces, los hijos llegaron y lo cambiaron todo. Le dieron un significado nuevo a todo lo que quedó sin decir, a los reproches nunca dichos, a los que sí nos dijimos, a las angustias perforadas en el pecho con una broca del doce, a los llantos inundados que nunca abandonaron los ojos, llenándome los lacrimales de agua salada en putrefacción. Pero los hijos trajeron la risa, la ternura, una clase de amor asimétrico e incondicional que, para mí, fue revelador. Aprendí que la única cosa que soy, y que con toda seguridad nunca voy a querer dejar de ser, es padre. Aprendí que llorar es una tibia cascada que el olvido deja caer por las mejillas. Aprendí que los hijos nunca son la razón de los desamores, de los problemas, de los enojos, de las decepciones. Al menos mientras son chiquitos. Después, de adultos, los sucesivos castigos, los sueños rotos, los brazos cansados, la larga hilera de fracasos disimulados con torpeza, los hacen caer del árbol.
Te fuiste a vivir mas allá de los médanos.
No supimos, no pudimos reencontrarnos.
Y hoy me sigo preguntando de cuánto de todo eso soy responsable, qué parte de la culpa es mía y qué parte es tuya, en qué cajón de qué cómoda de qué habitación en qué departamento de qué edificio en qué calle de qué barrio de qué ciudad, y en qué mierda de país me olvidé las medias de colores. En qué parte del camino me quedé solamente con esos calcetines negros y aburridos de ir a trabajar, de ser un señor, de no soñar, de no reír, de no vivir.
Me quedé en una ciudad que no era la mía.
Vos en un desierto que no era el tuyo.
Yo en un pueblo de gente que no sabe nada de mí.
Vos en un país de gente que no sabe nada de vos.
Y por si fuera poco, la muerte.

Federico Firpo Bodner, también conocido como Pilo, o Pilux, es, por definición y elección, Rioplatense de nacimiento. Nació en Montevideo, Uruguay, en marzo de 1973. A finales de 1974 su familia se instaló en Buenos Aires, donde residió hasta mayo del año 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Lector insaciable y escriba aficionado desde la niñez, el autor se declara seguidor incondicional de muchos autores. Por nombrar a algunos, citaremos, cómo no, a Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Paul Auster, Roberto Arlt, Felisberto Hernández, Macedonio Fernández, Manuel Puig, Mark Haddon, Eduardo Mendoza, Manuel Vázquez Montalbán, Raymond Carver, Truman Capote, Fedor Dostoievsky, Raymond Chandler, Patrick Rothfus, Brandon Sanderson y muchos, muchísimos otros y otras que en este momento se esconden en las trampas secretas de la memoria.
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