El puente es como una diadema gigante que corona un estruendo de espumas fragantes. El calor, absurdamente tropical, se mezcla con las salpicaduras minúsculas que casi transforman el aire en una sustancia en la que los peces pueden nadar. La imponencia del paisaje provoca que se me inunden los ojos, y un picor interno ataca el interior de mi nariz, como si respirase pulgas, hormigas o cualquier otro bicho chiquito y con patas. Mas allá de las cataratas, un arcoíris que parece de mentira define su principio y su final en el agua, y yo dudo una vez más. Mis pies están al borde de la baranda, y temo. Temo la caída, temo su trayecto, temo sus emociones, y por encima de todo, temo su final.
Me imagino un salto armónico, pero algo en mi instinto me dice que en realidad será un despeñarse caótico, aturdido, con los sentidos bloqueados por el golpe de adrenalina. Ciento dieciséis metros en caída libre, no lo puedo ni pensar.
Decido.
Salto.
Y el mundo se vuelve esponjoso, nítido, brutal. Veo como mis pies se despegan de su apoyo de cemento, como el puente retrocede, se aleja.
La aceleración no parece aplicarse al salto. Las cascadas se abren ante mí, y puedo ver como la luz se descompone, fotón a fotón, en un arcoíris de fantasía. Puedo sentir cada uno de sus siete colores en la lengua y los dientes, y alcanzo a pensar en las leyendas, en los relatos que hablan del su final, y me doy cuenta que nunca, en realidad, consideré detenidamente su significado, su potencia onírica, su fuerza simbólica. Y me vienen a la cabeza duendes vestidos de verde con sombreros y tiradores, con narices rojas de vino tinto y manos regordetas, y entonces me doy cuenta de que son los enanitos de Blancanieves, que en su puta vida vieron un arcoíris.
El puente se aleja, y así son los puentes. Vivimos utilizando la metáfora de tenderlos para justificar que no, que no vamos a dar el primer paso para discutir un alejamiento, una ruptura, un dolor vincular. No sé tender puentes. No sé nada de puentes. No quiero saber nada de puentes. Quisiera simplemente poder acercarme a ella, preguntarle que nos pasó, por qué se nos derrumbó el puente.
Miro a los lados, y tengo la sensación de que los algodones de espuma de agua dulce caen a la misma velocidad que yo, que vamos paralelos, y son como nubecitas de formas caprichosas, como juguetes con destellos que hacen rebotar los rayos de sol contra mis ojos, como las formas caprichosas que colgaban sobre la cuna de mis hijos, custodiando sus sueños de bebé, sus llantos nocturnos, sus puños diminutos, sus uñas de papel, sus ojos sorprendidos, su apetito por el mundo. Quisiera haber hablado con mis hijos antes de saltar, decirles lo que tantas veces, por creer que ya lo saben, me quedó sin decirles. Un “te quiero” antes de que salgan de casa, un abrazo fuerte al irse a la cama, un consejo inútil que, desde la mirada paterna, es vital para el funcionamiento del mundo, para el orden de las cosas, para sentir que nos queremos. Un consejo que ellos escuchan con estoicismo, con esa soberbia que da la certeza ausente de la inmortalidad, y que después de los treinta años muta en pánico abstracto, en miedo a la muerte, o a no poder pagar el alquiler, o a no saber que mierda de sentido tiene el accidente de la vida, un capricho bobo de un dios inexistente, una casualidad imbécil proyectada por un loco.
La superficie del lago se acerca. Se ve como un muro verdeazulado, como una frontera material, imposible de pasar, como el anuncio inevitable de un dolor absoluto y total, un dolor sin tregua ni propósito, una agonía de mil demonios incendiándome la piel, la fractura simultánea de ciento cuarenta y tres de los doscientos seis huesos, la explosión del bazo, el destrozo de los pulmones, el silencio final.
Y veo, más allá de mis pies, el cielo. Sorprendentemente desprovisto de nubes, de un celeste inverosímil de tan celeste, absurdo de tan hermoso, interrumpido con elegancia por el vuelo errático y coordinado de mil pájaros pintados. Pienso, entonces, lo absurda que es la idea misma de la libertad, porque la mera existencia de otra persona, de un objeto, de la gravedad misma, la vuelve de golpe improbable, la apoteosis de la ingenuidad, un sueño imposible cargado de recetas de desastre.
Me preparo para el impacto.
Cierro los ojos.
Dolor.
Dolor que nace en los tobillos, se extiende por las piernas, en un crujido atroz que somete a las rodillas. Dolor que sube por el abdomen, que recorre las costillas de una en una, permitiéndome sentirlas, contarlas como si fueran la osamenta fosilizada de un dinosaurio quebrado.
El vértigo me sube a la cabeza, y entonces, justo entonces, la cuerda elástica que me ata los tobillos alcanza su tensión máxima, y siento la sangre invadir mi cabeza.
Reboto.

Federico Firpo Bodner, también conocido como Pilo, o Pilux, es, por definición y elección, Rioplatense de nacimiento. Nació en Montevideo, Uruguay, en marzo de 1973. A finales de 1974 su familia se instaló en Buenos Aires, donde residió hasta mayo del año 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Lector insaciable y escriba aficionado desde la niñez, el autor se declara seguidor incondicional de muchos autores. Por nombrar a algunos, citaremos, cómo no, a Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Paul Auster, Roberto Arlt, Felisberto Hernández, Macedonio Fernández, Manuel Puig, Mark Haddon, Eduardo Mendoza, Manuel Vázquez Montalbán, Raymond Carver, Truman Capote, Fedor Dostoievsky, Raymond Chandler, Patrick Rothfus, Brandon Sanderson y muchos, muchísimos otros y otras que en este momento se esconden en las trampas secretas de la memoria.
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